Los medios de comunicación son los canales idóneos para obtener información. Foto: PULL

Los dos pecados capitales del periodismo

Opinión

El periodismo de muchos países del mundo ha tenido que trabajar durante estos primeros meses del año en un acontecimiento que ha desplazado todo lo demás a un segundo plano, y que sin duda alguna pasará a la historia. La COVID-19 llegó para transformar nuestras vidas de una manera radical, y es que para encontrar una situación similar —a niveles de incertidumbre, confinamiento de la población y crisis económica—, quizás nos tendríamos que trasladar hasta la II Guerra Mundial (hace más de 70 años).

Es de recibo comenzar así, pues esta situación tan compleja merece establecer un contexto sobre el que elaborar una crítica (hecha de manera totalmente constructiva). La forma en la que han actuado los medios de comunicación durante la pandemia podría dar para el contenido de una tesis doctoral, pues existe mucho material para analizar. Lejos de elaborar un estudio de esa extensión y profundidad, sí se pueden dar unas pequeñas pinceladas (interesa, más concretamente, el comportamiento en los meses de febrero y marzo) sobre la relación muy común que existe entre dos de los pecados capitales y el periodismo —que se ha evidenciado aún más en esta crisis—.

Uno de ellos es la pereza, definido por la RAE como «flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos». Expertos y científicos de todas las partes del mundo avisaron, y solo ciertos periodistas escucharon e informaron —es el caso del programa que presenta Iker Jiménez, por ejemplo—. La mayoría prefirió no contradecir el punto de vista gubernamental: se limitaron a reproducir el argumentario tranquilizador hasta que la situación se volvió insostenible, allá por la segunda semana de marzo.

«Cuando se mira hacia atrás en el tiempo se observa que no era tan difícil conocer la gravedad del asunto»

Cuando se mira hacia atrás en el tiempo se observa que no era tan difícil conocer la gravedad del asunto, sobre todo desde los días finales del mes de febrero, cuando el virus ya golpeaba a Italia y el país se preparaba para el confinamiento que vendría más adelante. Había información y era ya bastante cercana, pero fue la pereza (quizás por no querer contrastar más fuentes que la oficial) quien ganó durante ese periodo.

La segunda es la soberbia, para la que también citaré su definición en la RAE: «Sentimiento de superioridad frente a los demás que provoca un trato distante o despreciativo». Este, que podría considerarse como más grave, también ha estado presente (además de forma muy destacada) durante estos meses. Sirve como ejemplo el trato vejatorio que recibieron los (pocos) medios de comunicación y periodistas que alertaron: justamente por parte de un gran sector del gremio que le restaba importancia al tema.

El final es conocido por todos, y el tiempo dio la razón a esos pocos que avisaron de la magnitud del problema —ejemplos de buena labor periodística—. Lo que no deja de ser curioso es que la soberbia también aparece más adelante, pues salvo algún caso excepcional la mayoría de los que se equivocaron en su opinión sobre la COVID-19 no se han disculpado. Ya no solo frente a sus compañeros de profesión, sino lo que es más importante, a la sociedad por haberle transmitido una información incorrecta.

El periodismo no posee la verdad absoluta sobre todas las cosas, y la audiencia, como no podía ser de otra manera, puede comprender que otro ser humano se pueda equivocar en algún momento. Pero cuando no rectificar se convierte en un hábito, y no se le pide disculpas ante quienes te debes —como un servicio público que es—, poco a poco ese tan famoso contrato fiduciario se va rompiendo hasta perder cualquier atisbo de credibilidad por parte de tu audiencia. En esos momentos comprenderán la importancia de la honestidad.

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