¿Dónde están las feminazis?

Opinión

Ella creció en la cuna de la violencia y de ahí que nunca le resultara demasiado extraña. Mirar las noticias sin pesteañar era la confirmación de que se había insensibilizado. Irse al otro hemisferio iba a suponer un cambio que nunca llegó, pues todos esos verbos que veía en la televisión de Latinoamérica se repetían en Europa  y sus sujetos agentes también eran hombres que  violan, mutilan, disparan, matan a las sujetos pacientes que -también- eran mujeres. Pero, ¿no que aquí las cosas estaban más avanzadas? ¿Dónde está la seguridad que prometían mis expectativas?, se preguntaba.

Ahora, lejos del lugar en el que creció, se ha dado cuenta de que da igual la distancia y el punto del globo terráqueo en el que esté, no hay ningún lugar seguro en el que ser del género femenino.

En este punto es común plantearse «¿qué es ser mujer?», «¿por qué somos victimizadas por serlo?» o peor «¿por qué somos asesinadas por serlo?». Y no hablo de las que mueren a manos de sus parejas, en su casa, de las que son violentadas por su tío, padre o incluso hermano. Hablo del asesinato de nuestra dignidad como seres vivientes, como humanas, como personas: cuando cobramos menos, cuando no recibimos mérito por nuestro trabajo, cuando quedarnos embarazadas supone perder el puesto que tanto costó conseguir; pero también de cuando no quedarnos embarazadas nos hace menos mujeres, cuando no llevar falda nos hace menos mujeres y llevar pantalón también.

El miedo patriarcal


La dignidad nos la roban en la vulnerabilidad de la noche y en la lucidez del día. ¿No creen que es casualidad que nos hayamos puesto todas de acuerdo? ¿Que seamos una inmensa mayoría la que admite, entredientes muchas veces, haber pasado situaciones así? ¿Y qué me dicen de las cifras, de los San Fermines? De Nagore, de la Chica de Pamplona, de Diana…»¡No tienes por qué tenerme miedo! ¡no voy a hacerte nada!» suelen decirnos ellos. Y tienen razón. Pero el problema es que pueden hacernos, por mucho que yo no quiera, por mucho que haya gente a mi alrededor. El machismo no le teme a las miradas ajenas que siempre se muestran impasibles. Puedes tocarme descaradamente porque nadie hará nada. He visto a la policía decirle a las chicas que se alejen de los hombres antes de advertirles a ellos no tocar a las mujeres.

He visto a las nuestras acostumbradas a algo a lo que no deberíamos estarlo: evitar grupos de chicos, estar bailando y esquivar las manos que quieren invadir nuestro espacio, sentir asco ante todas esas frases que enuncian avisando de «lo que nos harían». Lo he visto. Y lo he vivido. Y he sido yo una de las habituadas a ese hábito tan nefasto que se llama cultura de la violación y nos lo siguen negando en la cara sentenciando: «exageras». Ahí también nos están matando.

¿Y dónde están las feminazis, Paco? Esas a las que aludes cuando dices que eres tú al que oprimen. ¿Y dónde están las feminazis que dan palizas a los hombres, si ni siquiera los maltratadores son contenidos por la fuerza de la justicia? ¿Y dónde están las feminazis, si el terrorismo machista sigue presente y yo, insegura?

Por eso cada vez que salgo, da igual si sola o en grupo, cada vez que vuelvo, da igual si a plena luz del sol o con el cielo encapotado, después de hacer la compra, de estudiar o de los carnavales; salgo con el miedo disfrazado y vuelvo vestida de suerte. Aun siendo de esas personas que no creen en ella. Suerte de que esta vez no me tocó a mí, pero con la conciencia intranquila pensando que fue a alguien que quiero, que conozco o que, simplemente, existe. Y por el mero hecho de existir y ser mujer, le pasó.

 

 

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