Tras el caso de La Manada el ministro de Justicia propuso revisar la tipificación de los delitos de abuso y agresión sexual en el código penal. Foto: PULL

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Opinión

La madrugada del 7 de julio de 2016, durante las fiestas de San Fermín, una joven de 18 años fue violada por un grupo llamado La Manada. Ella decidió denunciar sin saber que supondría un antes y un después, no solo en su vida sino también en la historia de España. El caso se volvió mediático y en las calles comenzó una lucha sobre los términos abuso sexual y violación jamás vistos, terminando con miles de personas saliendo a protestar a la calle. Se rememora lo ocurrido gracias a la película documental de Netflix No estás sola: la lucha contra La Manada, que se estrenó el 1 de marzo.

La película documental narra lo ocurrido en base a audios extraídos textualmente de declaraciones judiciales, entrevistas y cartas. No solo los testimonios de audios son interpretados por actrices o actores para preservar el anonimato sino que a las víctimas sobrevivientes se les da un nombre falso. Lucía explica en el documental que llega a Pamplona con un compañero, el amigo se va al coche a descansar y entonces relata «me senté en un banco y había un chico que me dijo: ¿Estás sola?». Todo comenzó ahí.

Pero La Manada no era la primera vez que mordía. A través de la búsqueda en los dispositivos que se le había confiscado a los acusado descubrieron un vídeo de otra posible víctima de abuso. Paloma estaba inconsciente cuando abusaron de ella y, aún así, sabía que algo le había ocurrido. Tenía claro que no estaba loca y sus sospechas se aclararon cuando el agente le envió un fotograma para corroborar que era ella. Ahora a los acusados se les sumó la denuncia del caso de Pozoblanco.

«Sentí que iba a sufrir solo por ser mujer. Yo no quería sufrir»

Yo tenía doce años cuando el caso de La Manada se hizo mediático. Estaba en esa etapa de la vida en donde empiezas a descubrirte a ti y lo que significa ser mujer. Fue muy fácil empatizar con Lucía porque ella era yo y yo era ella. Aunque yo no tuviera su edad o hubiera ido nunca a las fiestas de San Fermín, las dos éramos mujeres y, por tanto, yo podría haber sido ella. Y, como un balde de agua fría, comencé a comprender que con el género venía muchas otras cosas que cuidar para no perecer. No debía salir sola, de noche, con minifalda, hablar con chicos extraños o emborracharme, todas precauciones por mi bienestar o, más bien, supervivencia. Sentí que iba a sufrir solo por ser mujer. Yo no quería sufrir.

Después comenzó el primer juicio de La Manada. Y terminó con las fotos de un detective privado que enseñaban que las víctimas no tenían derecho a rehacer su vida y el voto particular de un juez que dictaba que era, según sale en el documental, «sexo entre extraños en un ambiente de jolgorio». El sufrimiento de Lucía era el chiste de la Justicia pero la diferencia de otras veces fue que no nos quedamos quietas. Miles de mujeres, entre miles de personas, salimos a la calle a gritar que estábamos con Lucía, que nosotras sí le creíamos. En ese momento comprendí que no debía bajar la cabeza ante una realidad apabullante solo porque siempre había sido así. Decidí que yo no iba a sufrir.

«Porque si gritamos tendrán que oírnos. No dejemos de aullar»

En la unión estaba la fortaleza. Lucía no estaba sola, Paloma no estaba sola y ninguna de nosotras lo estaría porque siempre habrá una mujer escuchando, cuando estuviera preparada para hablar,  a otra. Junto al #YoSítecreo y al #MeToo se sumó el #Cuéntalo y millones de mujeres publicaron los abusos a los que habían sobrevivido. Ya no nos callábamos. Y si teníamos que gritar para ser escuchadas gritaríamos, quemaríamos cada huella de nuestro paso para no ser olvidadas.

23 meses después de los hechos se recurrió al Tribunal Supremo. La última instancia del poder judicial dictó sentencia: era violación. Lucía por fin tuvo descanso después del calvario. La Manada también fue condenada a 18 míseros meses de cárcel por el abuso sexual del caso de Pozoblanco. Paloma aprendió a vivir con ello y volvió a tener una vida estable. La vida continúa. Ese día se nubló un poquito menos y se sonrió un poquito más. Un paso hacia la ansiada justicia. No hemos terminado, seguimos caminando por todas pero con el rayo de esperanza que la compañía de cada una de nosotras nos brinda. Porque si gritamos tendrán que oírnos. No dejemos de aullar.

 

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