Ahora más que nunca

Opinión

Después de la abultada derrota de hoy en el Clásico (0-3), los blancos se posicionan a 14 puntos (con un partido menos) de su enemigo íntimo, el Fútbol Club Barcelona. Yo, madridista de pro, apagué la tele, me enzarcé en un par de debates wasaperos sobre las causas de tal debacle y, como amante del escribir, decidí ponerme delante del ordenador como bálsamo para mis heridas futboleras. Necesitaba contar qué significa y ha significado el Real Madrid para mí. Porque ahora más que nunca hay que tenerlo claro.

Mi madridismo no es de cuna, pero nació a temprana edad, concretamente a los cinco años. La causa, aún me la pregunto o no la recuerdo. A lo mejor, tuvo influencia la pasión vikinga que tenía el hermano de mi mejor amigo por aquel entonces, pero prefiero pensar que fue fruto de una casualidad.

Mi afición hacia el conjunto madrileño fue dando sus primeros pasos y, ¡vaya qué primeros!, ya que en la temporada 2001-2002 el Madrid de Del Bosque se alzaba con la novena Champions League. Sí la de la volea espectacular de Zidane al Bayer Leverkusen. Qué mejor manera de empezar esta pasión que, a día de hoy, genera en mí todo tipo de emociones (que se lo cuenten a mi madre).

El madridista de la clase


Disfruté la época de los galácticos con ilusión. Tanta estrella sobre el campo: Beckham, Ronaldo, Zidane, Raúl, Figo, Roberto Carlos, Casillas… Pero mis ojos y mi admiración plena estaban sobre un futbolista: Raúl González Blanco. ¡Oh capitán, mi capitán!

Por aquel entonces, estaba en primero de Primaria y era el centenario del club. A raíz de ello, el afamado tenor Plácido Domingo compuso un himno conmemorativo. Durante una actividad de clase, la profesora nos pidió que nos levantaramos del asiento y cantaramos una canción que nos gustara. Yo, como no podía ser de otra forma, aclaré la voz y, con orgullo, entoné en modo ópera la pieza de Plácido Domingo: «Hala Madrid, Hala Madrid, campo de estrellas donde crecí..». Había quedado marcado de por vida, el madridista de la clase. ¡Y encima la profesora colchonera! Pues bien, por si fuera poco, ese mismo año pude palpar el madridismo en primera persona y cumplir un sueño. Visitar ese campo de estrellas del que hablaba el artista, el Santiago Bernabéu.

Corría el año 2003 y era mi primer viaje fuera de las Islas. Todo por el Madrid. Pobre de mi madre (nada futbolera) que tuvo que acompañarme a cumplir mi capricho. Todo el viaje fue inolvidable, pero cuando subí las escaleras del estadio todo pasó a segundo plano. Petrificado y apoyado en una baradilla me quedé observando el coliseo con el que tanto había fantaseado. Allí estaba con la boca abierta y sin hacer movimientos, mientras mi madre me gritaba: «¡Jorge, Jorge!, ¿te gusta?». Tras recuperarme del shock, respondí: «¡Increíble!».

Desde ese entonces mi corazón se tiñó aún más de blanco. Tanto es así, que fue el principal motivo por el que sufrí en el colegio y en los primeros años de mi existencia. Esos fines de semana en los que el Madrid perdía eran duros. A veces lloraba, otras no me apetecía cenar y, para más inri, tocaba al día siguiente cole. Horrible. Tenía que soportar a mis compañeros chinchándome y eso lo detestaba, aunque a veces iba de gallito con la equipación. Era un precio que tenía que pagar.

Cumpliendo sueños


A ello no ayudó al zafarrancho que se montó en el club tras los Galácticos. Tres años sin títulos, un baile continuo de entrenadores y la dimisión de Florentino Pérez. Durante esa época tormentosa pude cumplir otro sueño, el cual era ver jugar al Madrid en vivo. La suerte del sorteo copero emparejó al Tenerife, por ese entonces en Segunda División, con mi amado equipo. Tenía que ir sí o sí, y así fue. Pero como suelen hacer muchos conjuntos en Copa, los blancos, que vistieron de negro ese día, llegaron al Heliodoro llenos de suplentes. Vamos que no pude ver a mi ídolo Raúl. Aún así, siempre guardaré el recuerdo de un golazo de Solari de falta que clasificó a los de la capital (1-2). Si se preguntan con cuál de los dos iba, creo que está claro.

Con Ramón Calderón en la presidencia, el Madrid enderezó el rumbo deportivo con dos títulos ligueros, pero el Barcelona de Rijkaard seguía intratable y reinaba en Europa con un fútbol envidiable. Fueron años duros para el madridismo y para mí también, aunque esas dos ligas las viví con mucha intensidad. A pesar de ello, pude volver al Bernabéu a ver un encuentro de Liga frente al Murcia, y esta vez con Raúl sobre el verde. Fue un enfrentamiento con pocos goles, pero ganó el Madrid y yo así era feliz. Gol de Sneijder por cierto. La gran remontada de la Liga de Capello o el pasillo del Barcelona al Real Madrid de Schuster, fueron otros dos orgasmos para mis sentidos.

Llegaba la era Pep para los culés. Tiempos difíciles. A pesar de las manitas, los 2 a 6 y demás humillaciones, visité por tercera vez el coliseo merengue en 2009. Esta vez con el Tete en Primera y viajando con una peña tinerfeñista. Vestía de blanquiazul, pero en el fondo tenía claro quién quería que ganara. Y mis deseos se cumplieron. Todavía me acuerdo cómo me perdí en ese inmenso estadio al ir a comprar una Coca Cola.

Tiempos difíciles


Ese fue el último año vestido de blanco de mi ídolo Raúl. Tengo guardado en la memoria su acto de despedida y cómo, sin querer, caían lágrimas de mis ojos. ¿De quién me compro yo ahora la camiseta?, me preguntaba. Aún así, siempre me quedará el consuelo de poder verlo a escasos metros anotando en el duelo liguero en el Heliodoro. Un festín blanco de goles que gocé en silencio.

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Como comenté, probablemente, haya sido la etapa más compleja, pero pasó y con ella llegó la de Mourinho. Volvimos a ser competitivos, ganamos una copa al eterno rival y se alzó la Liga con un récord de puntos. Fue bonito mientras duró, ya que el ambiente incendiario que creó el portugués desembocó en desastre y división. Tocaba sufrir de nuevo y, mientras, la Décima no llegaba.

Fueron años en los que mi casa tuvo que sufrir más que nunca mis gritos y mi pasión futbolística frente a la tele. «Jorge algún día te da un ataque, te voy a apagar el televisor», «¿ hoy juega el Madrid ?, ayy noo», «Jorge control», son solo algunas de las frases que, a día de hoy, me sigue diciendo mi familia cuando me siento a ver a mi equipo. Gajes del oficio.

«No tenía suerte en el amor ni en el juego como quien dice, pero mi Madrid triunfaba y eso me valía»


Y llegamos a estos cinco últimos años. Una época dorada: 3 Champions, 1 Liga, 2 Copas del Rey, 3 Mundialitos de Clubes, 1 Supercopa de España y 3 Supercopas de Europa. Todo un festín de entorchados.

En su primera temporada, Ancelotti logró el anhelo del madridismo: la Décima. Ya mi memoria apenas recordaba esa novena, así que deseaba volver a ver al Madrid conquistando la Champions League. Para mi desgracia, el mismo día de la final tuve mi graduación. Tuve que tirar de móvil y disimular para que nadie notara que hacía caso omiso al acto. Jugaba el Madrid y lo primero es lo primero (algo que también decía a mi exnovia cuando quería quedar y los vikingos disputaban un choque). La ceremonia avanzaba y los merengues perdían, encima contra el Atlético de Madrid. De las gradas derrepente, e interrumpiendo el evento, se oyó un grito de gol. Tocaba averiguar si era de los blancos. Y efectivamente, había nacido la leyenda de Ramos y el minuto 93. El desenlace, ya todos lo sabemos.

El exceso de mano izquierda mató a Carlo y llegó Benítez. Una vieja gloria en los banquillos que se estrelló con todo el equipo. Tocaba arreglar el desaguisado y Tito Floren tocó el corazón y añoranza del madridismo designando como técnico a Zinedine Zidane. El mago francés, el de las ruletas y controles exquisitos que admiré cuando era niño por la tele.

«Hasta el final vamos Real»


Zizou dio la vuelta a la tortilla, hizo temblar al Barça en Liga y se apuntó la undécima Copa de Europa contra el Atleti. Esta vez sí pude disfrutar de la final y de una tanda de penaltis, la cual viví tapándome con un cojín como si de una película de terror se tratase. Al final, Cristiano Ronaldo resolvió y la fiesta se apoderó de la habitación que compartía con varios amigos, para desgracia de los vecinos.

Pero estos tiempos tan felices se prolongaron al año siguiente. Doblete de Champions y Liga. Yo no tenía suerte en el amor ni en el juego, como se dice, pero mi Madrid triunfaba y eso me valía.

La nueva temporada daba comienzo con más éxitos y, por ende, alegrías para un servidor. Supercopa de Europa, baño y masaje al Barcelona en la Supercopa de España… Todo invitaba a dibujar un escenario victorioso. Se hablaba de la mejor plantilla de la historia, de paseo por Europa y en el campeonato liguero, etc. Pero hoy, solo unos meses después, la realidad es otra. Quizás el futuro de los blancos no esté del todo claro, pero yo, después de haber hecho un recorrido por todos mis recuerdos madridistas, sé que, ahora más que nunca, «hasta el final vamos Real».

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