Representación teatralizada de la hibristofilia. Foto: M. González

Solo tiene ojos para mí

Opinión

La mayoría de personas, entre las que me incluyo, siente un escalofrío instintivo ante la mirada de un ser hostil. Sin embargo, existe un rincón oscuro de la psicología donde ese escalofrío no es de terror, sino de excitación. La correspondencia de las cárceles no solo guarda expedientes judiciales, también miles de cartas de amor. Casos mediáticos como Ted Bundy o Richard Ramirez demostraron un fenómeno que desafía la lógica de todo ser humano: existen mujeres que se sienten irremediablemente atraídas por hombres que han cometido actos atroces.

El término al que hacemos referencia es la hibristofilia, es fundamental entender que no estamos ante un plot de novela romántica, sino una parafilia cuya fijación está en el victimario. Nace de la idea de que esa mano que tanto daño le hizo a alguien, a mí me acariciará y tratará con mimo.

«Sentir atracción por la crueldad no es un rasgo de personalidad como cualquier otro, es un camino hacia la autodestrucción»

Es necesario abandonar la romantización que el true crime o la literatura proyectan sobre estos casos. La hibristofilia no es una elección que como sociedad debamos respetar, es una señal de alerta que requiere intervención profesional. Como grupo debemos llamar las cosas por su nombre. Sentir atracción por la crueldad no es un rasgo de personalidad como cualquier otro, es un camino hacia la autodestrucción.

No podemos juzgar, ni pretendo, a quien tiene la brújula del afecto averiada por traumas, carencias o distorsiones que no eligió sufrir. Mi postura no es de condena, sino de firme apoyo hacia su sanación. Criminalizarlas solo las empuja más hondo al aislamiento, apoyarlas implica reconocer que merecen una vida en la que el amor no sea sinónimo de peligro, ni la validación personal dependa de la mirada de nadie.

El verdadero acto de justicia para estas mujeres no es el rechazo, ni el linchamiento colectivo propio del que rechaza algo sin conocimiento, sino el acceso a una salud mental digna. Porque admitir que no es sano es el primer paso para decirles que no están solas y que hay una salida fuera de esa prisión.

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