María Teresa Navas (Madrid, 1949), conocida como Mayte, es el vivo retrato de una generación que creció entre el silencio y la resistencia. Hija de la posguerra, su infancia estuvo marcada por la dualidad de una familia dividida: una rama republicana y de izquierdas por parte de padre, y una monárquica y de derechas por parte de madre. Creció bajo el nacionalcatolicismo, cantando el Cara al Sol y rezando en colegios de monjas parroquiales, donde su espíritu rebelde ya empezaba a chocar con la rigidez del régimen.
Su compromiso político se forjo en la clandestinidad desde los dieciséis años, corriendo delante de los grises, una institución de carácter militarizado encargada de mantener el orden público, la vigilancia y la represión de la disidencia contra el régimen, y distribuyendo propaganda prohibida. Vivió en primera persona la Transición, el miedo a los grupos de ultraderecha y la esperanza del triunfo socialista en 1982. Hoy, desde el Archipiélago, y tras treinta años apartada de la política de forma activa, Mayte observa con preocupación el presente, defendiendo que la memoria histórica es el único antídoto contra el retroceso de las libertades.
Teniendo en cuenta que nació a finales de los cuarenta, ¿qué se contaba o callaba en su casa sobre la Guerra Civil? «Había cosas que se mandaban callar. O sea, por ejemplo, la palabra Rusia… Rusia se decía bajito porque era la militancia comunista Por parte de mi padre, lo que había era mucho dolor y mucha rabia. A él le quedaba un año para terminar ingeniería y le obligaban a hacerse de la Falange para volver a la universidad. Mi padre dijo que no… y tuvo que trabajar en todo lo que le salía menos en lo suyo».
¿Cómo recuerda la educación bajo el nacionalcatolicismo? «Entrabas por la mañana al colegio… las niñas a un lado y los niños en el otro. Te encontrabas una formación, el profesorado y dos curas. Con la bandera de España, la del pajarraco. Empezabas a cantar el Cara al Sol. Todo el mundo de mi edad se sabe la letra… Cantabas el Cara al Sol y automáticamente, con el brazo en alto, tenías que decir: ‘¡Viva Franco! ¡Arriba España!’ Y luego a rezar tres Avemarías, un Padrenuestro y a clase».
«El cine estaba caliente y la gente tenía frío»
En cuanto a la cultura de ocio, ¿qué era lo que se consumía en el Madrid de los años cincuenta y sesenta? «La cultura que había era la del cine, porque era muy barato, el cine estaba caliente y la gente tenía frío. Podías ver tres películas seguidas en sesión continua. En Semana Santa ponían El beso de Judas y muchas de romanos donde los malos eran los romanos y los santos los apóstoles. También estaban las del Oeste y las españolas, donde todas bailaban flamenco y no había más que Andalucía en España. Esa era la cultura: poca».
Mencionó que su padre le traía «libros prohibidos». ¿Cómo descubrió a otras obras que no se enseñaban en la escuela? «A vuestra edad yo descubrí, aunque parezca mentira, a García Lorca. En este país no se enseñaba; aquí te hablaban de Rubén Darío, de Bécquer o de Manuel Machado. Mi padre viajaba mucho y se hizo con una maleta de doble fondo; era muy amigo del dueño de una editorial en Barcelona y me traía libros prohibidos. Así descubrí yo un mundo cultural que desconocía».
«Mi padre, cuando empecé a destacar, me decía: ‘Habla bajito, hija’»
¿Cómo fue ese momento a los dieciséis años en el que decidió «sacar los pies del tiesto»? «Empecé con dieciséis años, que es cuando ya me saqué los pies del tiesto totalmente porque me empecé a juntar con grupos que éramos una amalgama: había monárquicos que no querían a Franco, demócratas afines al cristianísimo y gente que empezaba en Comisiones Obreras. Mi padre, cuando yo ya empecé a destacar, me decía: ‘Habla bajito, hija’. Ese era el miedo que había en las casas. Mucho miedo».
Cuéntenos sobre su inicio en la política clandestina. ¿Cómo era repartir propaganda en esa época? «Salíamos a repartir propaganda, la tirábamos por las calles y huíamos por piernas a las tantas de la mañana. A un amigo mío, Ramón, le cogieron. No llevaba carné y eso era un delito. Le dieron tal paliza que le partieron el brazo. En los calabozos, empezó a gritar que le dieran una aspirina por el dolor y un gris le dijo: ‘¿Dónde te duele? Acércate’. Cuando el chico puso la mano, el policía la pisó con la bota de montar. Hubo que cortarle el brazo por aquí. Le destrozaron su carrera. Esa era la España de Franco en los años setenta».
«A los gays no se les permitía ni por mucho ni por poco»
Mencionó hace un rato que tenía amistades homosexuales a los que no volvió a ver. ¿Cómo recuerda la represión de la comunidad en aquella época? «Era una represión total y absoluta. Yo he visto sacar a un hombre de una cafetería en la Gran Vía solo por intentar acercarse a otro en la barra; se lo llevaron de inmediato. Madrid estaba tomado por la policía. A los gays no se les permitía ni por mucho ni por poco; era vejatorio. Incluso a las parejas heterosexuales nos querían detener por ir por el Retiro cogidos del hombro, porque todo el mundo se creía con mando en plaza para detenerte según lo malo que fuera el guardia».
¿Era peor la situación para las mujeres lesbianas? «Lo de las lesbianas era punto y aparte. Era muchísimo peor. Estaba prohibido todo. Si ya a los hombres los perseguían, a ellas, por el hecho de ser mujeres, la represión era doble».
«Las personas que ignoran su pasado están obligadas a repetirlo»
¿Qué opina cuando hoy escucha a jóvenes decir que hace falta alguien como Franco? «Pues que es una lástima que no hubieran nacido en mi época y que no hubieran visto por sí mismos.Las personas que ignoran su pasado están obligadas a repetirlo. La historia no está tapada, lo que pasa es que la gente es ignorante… Yo ahora tengo terror por mis nietas. En esta casa tú eres lo que tu cuerpo y tu mente te pida que seas».
Para terminar, ¿hay algo que quiere ver cumplido antes de pasar el testigo a la siguiente generación? «Que las libertades reales se cumplan. Que la ley funcione. Y que la auténtica democracia exista».










