Detrás de una imagen cuidada, a menudo solo hay una necesidad de validación. Foto: PULL

¿Alter ego o romperse en silencio?

Opinión

Ayer tuve una competición de atletismo. Cuando faltaban unos minutos para que empezara la carrera, me puse muy nerviosa. Miré a las otras concursantes y parecían seguras de sí mismas. En ese momento, me vino a la mente la célebre frase de la cantante Rihanna «fake it until you make it», que en español significa fíngelo hasta que lo logres. Sin embargo, me pregunté «¿Por qué tendría que esconder lo que siento?» Quizás no se trate de eliminar los miedos, sino de correr con ellos sin dejar que te frenen. Ahí fue donde me di cuenta de que la pista  era solo un reflejo de lo que ocurre a diario en nuestra sociedad.

Precisamente, en la última década hay un término que se popularizó en las redes sociales: el alter ego. Consiste en crearse un personaje o una segunda identidad que se puede usar para ganar confianza o vencer temores. Por ejemplo, las artistas Beyoncé y Tate McRae compartieron públicamente que utilizan una segunda personalidad para canalizar su arte y no sentir tanto estrés a la hora de subirse en un escenario.

Por otro lado, muchas personas se esconden detrás de una fachada caracterizada por maquillaje, pelo teñido, tatuajes o una personalidad extrovertida. También, exhiben sus bienes materiales, como coches, casas, ropa… En algunos casos, son conductas que responden a la necesidad de obtener aprobación social o atención.  Sin embargo, este empeño por aparentar una vida idílica solo tapa de forma superficial una realidad mucho más compleja.

«Las apariencias ocultan más de lo que muestran»

Seguidamente, esta búsqueda de validación se puede apreciar en las redes sociales, caracterizadas por la sobreexposición. Muchos individuos comparten lo que sienten, piensan y lo que hacen a diario, usándolo como un escudo protector donde controlan qué parte de su vulnerabilidad enseñan al mundo.

Asimismo, esta desconexión con la realidad acaba afectando las relaciones con nuestro entorno. Cuando nos acostumbramos a vivir con una máscara, nuestra familia y amistades interactúan con el personaje, no con la persona. Esto hace que se sienta sola, aunque físicamente no lo esté, porque percibe que no conecta con nadie y que no es comprendida por quienes la rodean.

Tener un alter ego deja de ser sano cuando quien lo adopta se olvida de su identidad real fuera de ese rol o lo usa para disimular problemas psicológicos o carencias emocionales. A la larga, omitir los sentimientos y los miedos hace que se vuelvan más grandes, hasta que un día ya no se pueden disimular y quien lo experimenta acaba con una fuerte carga emocional. Por ello, usar una segunda personalidad debe ser un recurso puntual que contribuya al desarrollo personal y no un refugio permanente.

En conclusión, los seres humanos no somos seres perfectos, sentimos y tenemos debilidades. Asimismo, debemos apoyarnos y respetarnos, porque no es fácil mostrarse al desnudo ante una sociedad que prima la perfección antes que la autenticidad. No debemos tener miedo de pedir ayuda ni de reconocer que no siempre podemos con todo por nuestra cuenta. Quizás el verdadero campeonato no sea ganar superando a quienes nos rodean, sino teniendo el valor de ser fiel a nuestra forma de ser.

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