Diario digital del alumnado de Ciencias de la Comunicación
ISSN: 2530-9323

22 Jul 2026

Opinión

‘No me mudo ni borracho’, ¿no, Quevedo?

Detrás de cada estudiante que se va hay mucho más que maletas y ropa. Foto: PULL

Hacer las maletas para irse de casa debería ser una decisión voluntaria, pero en muchas ocasiones acaba siendo casi una obligación. Cuando nos toca elegir el camino hacia el futuro, nos replanteamos si queremos seguir estudiando o no. En caso de seguir la vía académica, cualquier persona querría escoger esos estudios que le convertirían en lo que tanto sueña y que le acabarían sacando, supuestamente, las castañas del fuego el día de mañana. Hasta ahí bien, pero, ¿y si la formación que te gusta está a miles de kilómetros de donde resides?

Estudiar no es solo cuestión de hincar codos, también puede depender de tu bolsillo. Hay personas privilegiadas que tienen la suerte de vivir cerca del centro de estudios. Sin embargo, hay otras que tienen que mudarse si quieren estudiar lo que les apasiona. Esto implica buscar alojamiento, si es que lo encuentran; pagar un alquiler, si es que pueden permitírselo; comprar material escolar, asumir el gasto del transporte diario o pagar los billetes de ida y vuelta para visitar a sus familias.

Aunque es verdad que existen becas y ayudas que sirven de apoyo, la realidad es que casi nunca alcanzan para cubrir todos los gastos de vivir fuera. A esto se suma que, en muchas ocasiones, estas cuantías llegan con meses de retraso y obliga a las familias a adelantar un dinero que no tienen. Es una lista de gastos fijos que determina quienes avanzan hacia las aulas y quienes se quedan atrás por la falta de recursos.

Emanciparse a una temprana edad no es fácil para nadie, y menos cuando no te queda de otra si quieres progresar. La distancia física no se calcula solo en kilómetros, sino también en el vacío psicológico que sientes al dejar atrás tu casa, a tu gente de siempre y tus costumbres. Tener que marcharte porque los estudios que quieres no se imparten cerca te obliga a madurar rápido. De la noche a la mañana, la persona se ve sola en una ciudad desconocida, gestionando la morriña como buenamente puede mientras aprende a llevar una casa, a cocinar y a centrarse en las clases sin el apoyo diario de su familia, lo que puede llevar al abandono de los estudios

«La educación tendría que abrir puertas, no cerrarlas»

Detrás de cada estudiante que se va hay mucho más que maletas y ropa. Hay despedidas en aeropuertos, habitaciones que se quedan vacías y mesas que se acostumbran a un plato menos. También hay miedo. Miedo a llegar a un lugar extraño, a no encajar, a equivocarse o a descubrir que perseguir un sueño cuesta más de lo que se imaginaba. Y aun así, muchas personas asumen el reto debido a que no quieren que el lugar en el que nacieron determine hasta dónde pueden llegar.

El problema es que no todo el mundo tiene esa oportunidad. Hay jóvenes con muchas capacidades y ganas que descartan sus metas porque en sus casas no se puede permitir el precio de vivir fuera. No se trata de falta de compromiso, se trata de números. De cuentas que no salen a fin de mes y de presupuestos que no aguantan sumar cientos de euros más cada mes. Es injusto que el acceso a la formación dependa del poder adquisitivo, pues la educación tendría que abrir puertas, no cerrarlas.

Nadie debería verse presionado a abandonar sus raíces para acceder a unos estudios superiores. Y, si es inevitable, al menos habría que garantizar que nadie renuncie a sus metas por falta de dinero. El talento está repartido por todas partes, pero las oportunidades, por desgracia, todavía no.

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Andrea Castellini
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