El elenco de Cauproges durante la representación de Un día habrá una isla en el Auditorio de Adeje, bajo la dirección de Juan José Alfonso. Foto: A. Habas

Poesía canaria en tiempos de guerra

Cultura / Ocio

El pasado viernes, 24 de abril, a las 20.00 horas, el Auditorio de Adeje se convirtió en el mar. Pero no en uno cualquiera, sino en un mar trágico y azul en su totalidad, como el de los versos de Pedro García Cabrera. Un día habrá una isla fue representada anoche por la compañía Cauproges. La obra cobró vida, convirtiendo el oleaje en palabras, en un poema que ya no solo se escucha, sino que también se vive. La puesta en escena contó con las interpretaciones de Bárbara Espejo, Niria Ró, María Salazar, Norberto Trujillo y Jorge Yumar, bajo la dirección de Juan José Afonso.

Desde el inicio de la obra, quienes asistieron se trasportaron al núcleo de una tormenta. El sonido del agua envolvía la sala, mientras las telas azules, que interpretaban el feroz oleaje, devoraban los cuerpos de los ahogados, ‘los olvidados’. Quienes fueron borrados de la historia, víctimas de la represión tras la Guerra Civil española. Entre estas olas emerge también una figura varada en la orilla: es Pedro García Cabrera, a quien el mar le concede la oportunidad de contar su historia. 

Comienza la primera escena. Entonces alguien lo llama: “Pedro, despierta”. Aparece asustado, como si regresara de la muerte, ni él mismo recuerda qué fue lo que ocurrió. Está en los acantilados, en la orilla de un muelle que hace de frontera. El mar se convierte entonces en un personaje que guía la historia y le susurra: “Bienvenido a casa, Pedro”.

Pero García Cabrera no está solo en esa orilla, sino que aparecen otros nombres, otras voces, como Julio, que murió ahogado en el puerto de Santa Cruz. También aparece Domingo López Torres, poeta tinerfeño de La Vanguardia, amigo y compañero de su misma generación, cuya trayectoria quedó frustrada  tras ser detenido durante la Guerra Civil y asesinado en 1937, arrojado al mar desde un barco prisión. Así se advierte que “la mar está llena de poetas”, llena de quienes no volvieron, de vidas reales que acabaron por la violencia.

Unas voces en este instante se entrelazan y suenan al unísono. El mar le advierte a Pedro que no queda tiempo, y todo desemboca en una certeza: ya ha llegado la guerra. Hasta que, al final  la oscuridad, le da espacio a la esperanza, cuando por fin se proclama la República. El poeta comienza a agitar la bandera simbólica de la nueva España sobre el escenario, un mundo que apenas empieza a soñar. Una escena llena de alegría y entusiasmo. Sin embargo, la ilusión dura muy poco con la llegada de nacionalistas y con ellos, la devastación.

El segundo acto se vuelve devastador. El elenco se arrastra sobre el escenario, derrotado. Han sido encerrados. “¿Qué día es hoy?”, pregunta alguien. Pedro responde con certeza: “Hoy es 19 de agosto”. “¿Y cómo lo sabes?”, le preguntan. “Porque hoy es mi cumpleaños”, afirma, aunque lo vive en lo que denomina una prisión flotante.

«El tiempo, en este campo de concentración, parece haberse detenido”


La pregunta se repite: “¿Qué día es hoy?”. Nadie lo sabe. Parece que los días no avanzan. A continuación, las escenas reflejan el trabajo forzado y la explotación, atravesadas por el miedo y el calor. Las heridas no son solo físicas, aunque también lo son: cuerpos heridos, olor a gasolina, piernas quemadas y la amenaza de posibles amputaciones. Sin embargo, Pedro sobrevive, aunque no sale ileso. El mar vuelve a aparecer, es un personaje más que insiste e intenta persuadirlo, ofreciéndole el descanso como posible fin del dolor.

La vida del poeta estuvo marcada por la represión. Su casa en Tacoronte fue registrada, su padre fue detenido por ser profesor y por ejercer aquello que más le apasionaba, la enseñanza. Su madre vivió con la anticipación constante de la pérdida. A ello se suman cinco años de cárcel. Sin embargo, algo en él lo empuja a resistir. En medio de las grietas, se repite una pregunta a lo largo de toda la obra: “Pedro, ¿sigues escribiendo?”, como un símbolo de resistencia. La pregunta se repite una y otra vez hasta que al final, él responde: “¿Acaso la alondra deja de cantar?”. La obra quiere mostrar cómo la escritura se presenta como un acto que, para el poeta, no puede detenerse. Ni en contextos de represión, miedo o guerra. La imagen de la alondra refuerza la idea de que la poesía, como su canto, persiste sin importar las circunstancias, convirtiéndose así en una forma de resistencia.

«Ahí fuera es todo antifaz oscuro»


La obra recuerda de forma constante la fragilidad de un mundo en el que puedan caber los poetas. En las escenas finales resuena en la memoria de Pedro García Cabrera, en especial su niñez en La Gomera, donde escuchaba el canto de las mujeres de Vallehermoso. Ese recuerdo aparece como una imagen que se va apagando, atravesada por  la guerra, los alzados, los hospitales y los cuerpos marcados por la violencia.

Todo parece empujar hacia un final cerrado, inevitable. Y es ahí donde la obra deja algo más que una historia: la sensación  de  haber atravesado la vida del poeta y que con toda certeza, a pesar de la represión, la resistencia siempre permaneció viva.

Porque al final, la obra vuelve al inicio. Y deja constancia, una idea que no desaparece: “Un día habrá una isla que no sea silencio amordazado».

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