Keila Jerez Reyes es la directora de la murga Las Marchilongas. Empezó mucho antes de nacer con el ritmo en las venas, ya que su madre fue directora de murga y el gen traspasó de generación. Lleva quince años al frente de la organización y eso dice mucho de ella, hoy nos cuenta varias incógnitas que mucha gente no conoce y otras vivencias acerca de su hobby y la forma que ella tiene de vivirlo y desvivirse. Su paso por las murgas infantiles, luchas internas en el mundillo y el concepto de lo que es ser una marchilonga.
¿Cuándo surge la murga? «En 1987 había solamente una murga femenina en el Carnaval en ese momento, nosotras fuimos la primera lagunera. Todo empezó con un grupo de chicas en la plaza de Taco, que estaban allí con los niños pequeños, y hablaban de una murga de chicos que se llamaba Taconudos. Ellos en principio iban a ser una comparsa, pero se preguntaron: ¿por qué no hacemos una murga si esos chicos hicieron una? Empezaron a buscar nombres marchosos y salió Marchilonga».
¿Cómo se fue desarrollando? «Los primeros años empezaron haciendo de todo para recaudar dinero: tartas para niños, fiestas infantiles, un montón de cosas. Cuando se fueron a inscribir, no las dejaron por dos motivos: por ser laguneras y por ser mujeres. Cuando empezamos era un mundo súper machista. No las querían, pero insistieron tanto que al final las dejaron y participaron en el Carnaval. De ahí viene el dicho «tienes más fe que las Marchilongas». ¿No sé si lo has escuchado?».
No, no lo había escuchado. «Pues eso es porque nadie daba un duro por la murga. Todo el mundo apostaba por los chicos, pero de las chicas decían: ‘van a salir un año y no van a salir más’. Después de 39 años seguimos aquí y solo hemos descansado dos años. Mi madre, Teresa Reyes, la fundó con su grupo de amigas. El primer año pasaron a la final y a los chicos los descalificaron porque no tenían orden ni cabeza».
«Cuando empezamos era un mundo súper machista»
¿Qué es lo más duro de dirigir? «Tienes que tener paciencia y yo la tengo corta. Es lo que hay. Son muchas cosas. A mí me gustan las murgas desde pequeña, de antes de nacer. A los 3 años ya estaba en una murga infantil, en Las Bambas. Los últimos tres años me tocó de directora, ya que asumías el cargo por antigüedad. Me tocaba el año anterior, pero mi madre no me dejó».
¿Y eso por qué? «Ella estuvo once años como directora de Marchilongas y sabía lo que era eso. Es muy duro, estás tú sola delante de la murga pendiente de la percusión, las voces, los movimientos, de que no nos vayamos de tiempo, las entradas, los cortes… de todo».
¿Y a nivel personal que te ha enseñado ser directora? «A nivel personal, lo que me han enseñado los años es que mucha gente se acerca a ti por ser directora, no por querer conocer a tu persona, y al revés. Es complicado. Por eso mi madre no quería que fuera directora con 14 años. Como no se consiguió a nadie, al año siguiente me volvió a tocar. Le propusieron esto a mi madre, ella dijo que no quería, pero yo dije que sí. Terminé mis tres años ahí y pasé a la murga adulta».
¿Y cómo fue ese salto a dirigir la murga adulta? «Estuve mis dos primeros años de componente. La directora no quería seguir, buscaron, no encontraron y me llamaron. Miré a mi madre y le dije: Mamá, ¿tú qué piensas?, Yo no quiero» me dijo y acepté por llevar la contraria. Sinceramente lo pienso y si volviera para atrás, no lo cogía ni loca».
¿No? ¿Enserio? «Sé que la situación de cada persona es diferente, pero llevo 15 años y estoy cansada. Mando a callar y no se callan, ¡peor que en clase! Hago un descanso para fumar y tienes que llamarlas veinte veces: ¡Pa’ dentro, pa’ dentro! Es igual que en clase, pero con mujeres adultas».
¿Cuánta gente son actualmente? «Somos poquitas: 48 mujeres».
¿Eso es poco? «¡Hay murgas con hasta 100 componentes! Si quieres que me quede calva, méteme cien mujeres aquí dentro. Nosotras dividimos el trabajo e intento quitarme todo lo que puedo de encima; delego todo lo posible y más. Mucha gente espera a ver qué dice Keila, pero a mí me da lo mismo, todo lo que sea sumar y mejorar, bienvenido sea.
¿Delegas porque no te queda de otra no? Al final, ser directora te carga de más cosas de las que debería. Las redes sociales las llevaba la mayoría del tiempo la dirección, pero entre tantas cosas no nos daba la vida, no lo haces de la manera que se necesita. Así que creamos un grupo de cuatro personas, les dimos carta blanca y les dijimos: suban lo que quieran. Luego hay dos chicas que se encargan de la presentación. Grise es mi mano derecha y Bea, mi mano izquierda. Bueno, yo no tengo manos, yo estoy delante para marcar el un, dos, tres, las letras y la percusión».
¿Todas las letras las hacen ustedes? «No, pero este año nos propusimos hacer los cuatro temas nosotras».
¿Qué es lo que te lleva adelante para seguir? «Sigo de directora no porque no me guste. Soy una psicópata. Tenemos una actuación, pido el vídeo y no lo miro para ver si salió bien. Seguro que salió bien, pero lo miro, lo miro y lo miro buscando el fallo. No la veo para disfrutarla, busco el fallo para llegar al local y mejorarlo. Eso me ha pasado siempre, en la fila y como directora. Estar delante está guay, pero es demasiada responsabilidad».
¿Has tenido a alguien que consideres capaz para llevar la murga pero te haya dicho que no? «Sí, claro. Yo veo potencial en Grise, mi mano izquierda, pero es tímida. Si yo un día falto a una presentación se pone ella, pero no presenta. Tiene que hablar mi madre desde la fila, que tiene la experiencia pero no quiere porque dice que está mayor. Pero yo pongo a Grise obligada para marcar el corte y mi madre presenta. Normalmente esas dos cosas las hago yo, pero en una actuación yo también quiero disfrutar».
«Cada murga tiene su identidad»
¿De qué temas tratan en la murga? Hay gente que dice que ya solo se habla de política… «Se habla de política, pero también de sanidad, de La Palma, de críticas sociales del día a día. Este año hicimos un tema feminista».
Al igual que hay gente que piensa que los raperos deberían ser de izquierdas, ¿crees que las murgas también? ¿En qué espectro político se sitúa la tuya? «No me voy a mojar ahí. Ja, ja, ja… Hace diez años hubiera tirado pa’ lante. Cada murga es como cada artista, cada una tiene su identidad».
¿No te mojas por respeto a las compañeras? «Es que una cosa es lo que yo pienso y otra lo que piensa la murga. Yo tengo 48 personas (ponle 50) donde puedo tener a una de ultraizquierda y a una de ultraderecha».
¿Una ultraderechista cantando de feminismo es compatible? «No lo sé. No sé si todo el mundo estaba de acuerdo con el tema feminista, pero nos sentamos delante de la murga a explicarlo. No había ni una sola mentira en esa letra, y si tienen la oportunidad de escucharlo, escúchenlo jajajaja. La gente es muy ignorante, te lo digo así: se piensan que feminismo es machismo o hembrismo. El feminismo es la lucha por la igualdad. Lo que criticamos es que un hombre no va caminando mirando hacia atrás a las 12 de la noche por si viene alguien; una mujer sí».
«Hay muchas murgas que no cantan lo que realmente piensan porque temen a la crítica»
¿Cómo se puntúan a las murgas en los concursos? «Este año solo hubo una murga femenina en la final, mereciéndolo más. El jurado que ponen no tiene idea de lo que es una murga. Deberían contratar a gente que sepa o darles un curso sobre la evolución que han tenido las murgas desde los años 80 y 90 hasta el día de hoy. Hay murgas de crítica y murgas de humor. A mí el humor no me gusta, me parece súper complicado hacer reír a la gente.
¿Y en el tema machismo como está la organización? El machismo, en su mayoría, viene por parte de las propias mujeres. Hay gente en Twitter que pone: ‘Oh, va a cantar una murga femenina, me voy al baño’. A nosotras nos tienen tildadas de barriada. ¿Y si somos de barriada qué pasa? ¿Tú eres de Las Mimosas o qué? Ninguna murga había cantado un tema de feminismo como el nuestro, hay cosas muy delicadas y otros compañeros les llamó la atención que nosotras tocáramos esos temas complicados».
¿Crees que hay murgas que no se pronuncian porque quieren mantener su estatus? «Hay muchas murgas que no cantan lo que realmente piensan porque temen a la crítica que puedan recibir por parte de la sociedad. Muchas cantan lo que la gente quiere escuchar. Yo soy una kamikaze, a mí me da igual si la piscina está llena o vacía. Si a mí me gusta algo, no me quedo con las ganas de cantarlo. Y a las chicas no les queda otra que aguantarme».
¿Hay chicas que se han echado para atrás por tener que cantar cierto tema? «No, nunca. Piensa que he tenido chicas periodistas a las que les hemos hecho una canción criticando a su propio medio, y han seguido adelante. Tienes que pensar que estás actuando. Lo que sí es verdad es que una vez una compañera me viene diciéndome que no puede subirse a un escenario a cantar eso porque va a repercutirle en su trabajo y la van a despedir, le dije que no hay problema. ¡Pero cambia de trabajo, mi amor, que esto es una murga!».










