Entre los peores pecados de una sociedad se encuentra arrebatarle a alguien la oportunidad de crecer y desarrollarse. Foto: PULL

La población infantil, víctima de su propia raza

Opinión

Entre bombas y misiles están quienes no comprenden nada. Quienes son incapaces de concebir al ser humano como un ser egoísta por naturaleza. Quienes sueñan con volar, con tener un superpoder o con ser cantante. Fantasean, sin temor a que un día cualquiera todo pase a ser una pesadilla para la que mamá y papá no tendrán solución. Y es que existen situaciones en las que ni las personas adultas son capaces de explicar qué pasa. Tampoco de prometer un final feliz como el de las películas de dibujos animados.

La población infantil probablemente se sitúe como la verdadera víctima de la crueldad humana. En un contexto de guerra, casi por inercia, se tiende a hacer una clara distinción entre culpables e inocentes. Atacantes y atacadas. Pero, ¿qué pasa con los niños y niñas? Apenas han vivido lo suficiente como para saber que, por desgracia, la vida es injusta. De manera escasa habrán escuchado la palabra guerra, como para imaginar que ahora son el centro de una.  No saben lo que es el bien, no imaginan que exista el mal, hasta que llegan personas con un uniforme y un carácter imponente a invadir el país al que llamaban hogar, porque hasta entonces era seguro.

Según las cifras que presenta Save The Children, cuatrocientos menores han muerto o han sido heridos durante el conflicto de Ucrania, y cerca de cinco millones han dejado su país. Quizás, impacta más decir que «una persona menor ucraniana se ha convertido en refugiada casi cada segundo desde el comienzo de la guerra», afirma Unicef.  Por ello, durante el conflicto, la ONU ha solicitado de manera desesperada medidas que garanticen  la protección de la infancia.

«Según Save The Children, cuatrocientos menores han muerto o han sido heridos durante el conflicto de Ucrania»

Según un estudio del Grupo Interinstitucional de Coordinación la Trata de Personas, el 28 % de las víctimas de trata son menores. En un conflicto bélico, infinidad de traficantes aprovechan el miedo y desconcierto de la población para alimentar de manera inhumana la explotación infantil.  Y, a pesar de todo, sin ningún tipo de explicación lógica, siguen escaseando las medidas para proteger a cada menor que escapa.

Supongo que no hace falta nombrar que para cualquier persona toda opción es mejor que morir, aunque la retirada sea igual de peligrosa que permanecer en el lugar de los hechos. Solo así encuentro una explicación para que existan menores que huyan sin compañía en busca de un destino incierto que nadie les asegura que llegará.

Recuerdo el caso de Hassan, un niño de once años que tras recorrer más de mil kilómetros llegó a Eslovaquia con una pequeña mochila y el número de teléfono de su familia apuntado en la mano. Hassan consiguió salvarse, pero ignoramos que durante el proceso tuvo que aventurarse a subir en un tren en el que debió encontrarse a millones de personas extrañas. ¿Qué hubiese pasado si por el camino una de esas personas hubiera dañado al pequeño?

Cambiar el cole y el parque por trenes que se supone que te salvarán la vida, dejar no solo los juguetes atrás y sustituir la lectura de los cuentos antes de dormir por el ruido de explosivos es una condena para la población infantil que solo entiende de diversión y bondad.

Y es que imagino que es un tanto utópico pensar en un mundo donde no haya inocentes que pasen a ser víctimas por culpa del odio. Pero sí sostengo que entre los peores pecados de una sociedad se encuentra arrebatarle a alguien la oportunidad de crecer y desarrollarse. Además de no proteger el derecho que tienen de poder ser en paz.

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