El libro ha dejado de ser, en muchos casos, el refugio principal de la comunidad lectora para convertirse en un mero producto de objetivo comercial. El sector literario ha caído en las garras de las nuevas dinámicas del mercado y se ha olvidado de su objetivo principal. El resultado es muy notable: costes muy altos, tiradas pensadas para su compra masiva y, en demasiadas ocasiones, contenidos de muy poca calidad teniendo en cuenta su precio.
Basta con pasearse por una librería para darse cuenta del incremento de los precios. Obras que se presentan como exclusivas se siguen reeditando constantemente, haciendo que lo de especial pierda el sentido. Además, muchos de estos ejemplares llegan a alcanzar los treinta euros. Aunque no solo ocurre en este tipo de formatos, un volumen de tapa blanda que antes costaba dieciséis ahora ronda los veinte. Solo hay que ver el ejemplo de En el nombre del viento. Tengo una edición de hace un par de años en la que el precio era de diez euros con noventa y cinco. Ahora esa misma versión de bolsillo cuesta catorce.
La lectura es una necesidad y debería ser más accesible, pero, lejos de eso, solo se ha conseguido encarecer. Parece que ya no importa lo que hay dentro de las páginas: se ha priorizado lo estético sobre lo textual. Han convertido una actividad enriquecedora y lucrativa en una mera pieza de colección.
«El ejemplar pierde su valor cultural y se convierte en objeto de consumo»
Las editoriales apuestan por la apariencia, tiradas con cantos pintados y cubiertas vistosas que se anuncian en redes sociales acompañadas del hashtag Booktok como el mejor título de todos los tiempos y que luego resulta ser una historia poco memorable con una traducción deficiente. Irónicamente, estos mismos productos son los que luego se venden como premium.
Ante esta situación, entre los precios desorbitados y las publicaciones que ya no valen la pena, parte del público opta por alternativas digitales, muchas veces fuera de lo legal. La comunidad lectora recurre a descargas electrónicas piratas en respuesta a esta cuestión económica, lo que también pone en peligro al mundo editorial. Al final, cuando el costo aumenta y el contenido no mejora, el sistema pierde su credibilidad.
La industria editorial se enfrenta así a un gran dilema. Puede seguir explotando el consumo rápido o replantearse recuperar su valor cultural. Leer es un derecho fundamental. Si empezamos a convertirlo en un privilegio, estaremos fallando como sociedad.










