Es fundador y presidente de la Asociación Cultural Patrimonio Sur. Foto: D. Sanz

Daniel González: «Defender la cultura canaria es un compromiso colectivo»

Cultura / Ocio

Daniel González es un apasionado de la cultura tradicional canaria y las raíces isleñas. Dedica gran parte de su tiempo a estudiar, aprender y divulgar distintos aspectos del patrimonio cultural. Forma parte de la Escuela de Defensa Personal de Palo y Mano Oramas-Alayón, de la Escuela de Juego del Palo de Granadilla de Abona, de la Asociación Cultural Patrimonio Sur y del colectivo Yo Silbo. A través de estas entidades participa en proyectos de investigación, recuperación, enseñanza y difusión de diversas manifestaciones de la cultura tradicional canaria, como el juego del palo, el lenguaje silbado, las cabañuelas, el lenguaje buciado, entre otras. Su principal objetivo es conservar y transmitir los conocimientos recogidos para que no se pierda la memoria del pueblo.

¿De dónde nace su inspiración para dedicarse con tanta intensidad a la cultura y a las tradiciones? «En gran medida, de sentirme huérfano de mi propia cultura tradicional. Pertenezco a una saga familiar de luchadores de lucha canaria con una importante trayectoria, pero no descubrí esa parte de mi historia hasta después de los treinta años. La emigración y las dificultades que vivieron mis abuelos en mi familia hicieron que esa memoria familiar se perdiera. Con el paso de los años he tenido la oportunidad de conocer a numerosos maestros y depositarios de los saberes tradicionales de nuestra tierra. Personas que han dedicado una vida entera a conservar y transmitir conocimientos heredados, muchas de ellas sin el reconocimiento que merecían, son mi verdadera inspiración».

¿Y la motivación? «Mi motivación es contribuir, aunque sea modestamente, a que los conocimientos que me han transmitido puedan conservarse durante el mayor tiempo posible. Siento la responsabilidad de ayudar a que esa memoria no desaparezca y de tender puentes entre quienes recibieron estos saberes y quienes aún están por venir».

¿Quiénes han sido las personas que más le han marcado o más sabiduría le han transmitido? «Con apenas 12 años, me marcó profundamente el maestro don Antonio Cabrera. Nos enseñó a conocer, valorar y sentir la cultura canaria, descubriéndonos la importancia de la naturaleza que nos rodeaba y de los saberes que formaban parte de nuestro entorno. Aquellas enseñanzas sembraron una semilla que, con el paso de los años, me llevó a encontrar a otro gran maestro tradicional en el sur de la isla: don Eduardo Oramas Alayón. También me han marcado profundamente otros sabios de nuestra tierra, como don Horacio Dorta y sus conocimientos sobre las cabañuelas; Gabriel Rancel y su filosofía campesina; don Salvador ‘El Cabrero’; don Óscar Hernández García, cabrero de La Escalona; don Antonio Díaz y tantas otras personas. Soy trocitos de todos ellos. Cada uno ha dejado una huella en mi forma de pensar, de sentir y de entender la cultura y la vida. Y por supuesto, sin olvidar nunca a mis padres, que son quienes verdaderamente me han formado como persona».

«Don Eduardo fue un antes y un después en mi vida»


¿Qué ha supuesto la figura del maestro don Eduardo Oramas en su desarrollo personal? «Lo fue todo para mí: padre, abuelo, amigo, maestro y, sobre todo, un espejo en el que mirarme el resto de mi vida. A su lado profundicé en la defensa personal de palo y mano, el lenguaje buciado, los juegos de inteligencia canarios y muchos otros conocimientos tradicionales. Pero, por encima de todo, aprendí una filosofía de vida y una manera diferente de entender el mundo y a las personas. Comprendí que los conocimientos heredados de nuestros antepasados tienen un valor incalculable y que merece la pena luchar para mantenerlos vivos. Sin embargo, también aprendí una realidad paradójica. Cuando las nuevas generaciones no valoran aquello que se les intenta transmitir, no muestran respeto o se burlan, convierten ese legado en algo vulnerable. En esos casos, don Eduardo solía defender que hay saberes que merecen descansar con quien los guarda antes que verlos ridiculizados o despreciados, porque no son simples curiosidades del pasado, sino auténticas reliquias culturales que representan la memoria y la dignidad».

Don Eduardo y Daniel González en 2018. Foto: Pepe Sanz

¿Existe interés entre las nuevas generaciones por la etnografía y las tradiciones? «Cada día veo a más jóvenes interesados en aprender y conocer mejor nuestras tradiciones. Gran parte de ello se debe a la labor de docentes cuyo compromiso es ejemplar, que les acercan unos conocimientos que, en muchas ocasiones, serían muy difíciles de adquirir sin la guía de alguien que los haya recibido. También veo a padres y madres que, con esfuerzo y dedicación, acompañan a sus hijos e hijas a aquellos lugares donde todavía se preserva y se transmite la cultura tradicional: la alfarería, el juego del palo, el silbo, la música folclórica y muchas otras manifestaciones de nuestro patrimonio cultural. Aunque todavía representan una minoría, estas personas demuestran que existe interés por nuestras raíces y por mantener vivo el legado recibido. Son una ventana abierta a la esperanza».

«Mientras haya personas dispuestas a conocer, practicar y transmitir, nuestra cultura seguirá latiendo»


¿Es un reto difícil transmitir y conservar las tradiciones? «El reto es no morir en el intento. Cada día veo a personas mayores a las que no consigo llegar a tiempo. Se nos van como el agua entre los dedos, llevándose consigo conocimientos, experiencias y recuerdos que desaparecen para siempre sin que podamos hacer mucho por evitarlo. Es una realidad que me duele y me preocupa profundamente. Sin embargo, también he aprendido que hay que saber convivir con esa sensación. Con pesar, sí, pero sin perder el ánimo. El camino para conservar nuestra memoria colectiva es largo y, muchas veces, complejo. Por eso intento afrontarlo con optimismo, valorando cada aprendizaje, cada conversación y cada persona que comparte un fragmento de su saber». 

De las tradiciones que divulga, ¿alguna corre el riesgo de desaparecer? «De las tradiciones que yo conozco, las que corren un mayor riesgo de caer en el olvido son el lenguaje buciado articulado, las cabañuelas y la defensa personal de palo y mano Oramas-Alayón. En el caso del lenguaje buciado articulado, actualmente solo somos dos personas quienes lo practicamos, lo que hace que su continuidad sea extremadamente frágil. Las cabañuelas, por su parte, permanecen gracias al interés y esfuerzo de unos pocos entusiastas, pero también dependen de un hilo muy fino para seguir vivas. La defensa personal de palo y mano Oramas-Alayón se encuentra todavía en una fase muy temprana de recuperación y difusión. Está a la espera de que surja un nuevo relevo generacional que garantice su continuidad».

Demostración de la defensa personal de palo y mano Oramas-Alayón. Foto: D. Sanz

«Cuando una sociedad valora su patrimonio, las instituciones terminan viéndose obligadas a responder a esa demanda»


¿Qué se debe hacer en Canarias para fortalecer la cultura popular? «Es necesario crear centros de interpretación, espacios donde se concentren los saberes populares y donde cualquier familia pueda acudir para conocer y aprender, en un mismo lugar, las diferentes manifestaciones de nuestro patrimonio cultural. Desde hace años contamos con un proyecto de Centro de Interpretación de la Cultura Canaria que hemos presentado en varios ayuntamientos. Sin embargo, hasta hoy, la propuesta continúa pasando de mesa en mesa entre responsables políticos de distintos colores, sin que llegue a materializarse. La sensación es que, por ahora, no se considera una prioridad o no existe una voluntad suficiente para llevarla a cabo».

¿Qué papel juegan las instituciones? «Son el reflejo del pueblo al que representan. Una sociedad que no respeta su cultura, su territorio, su identidad, la educación o la calidad de su sanidad difícilmente puede esperar que las instituciones lo hagan por él. Si renunciamos a la responsabilidad de poner en valor todo aquello que nos define, corremos el riesgo de convertirnos en meras marionetas, en lugar de una ciudadanía con capacidad para influir. Las instituciones gestionan recursos públicos y administran presupuestos, pero corresponde a la sociedad exigir que esos recursos se destinen allí donde realmente son necesarios. Si el pueblo no demanda determinadas prioridades, difícilmente estas ocuparán un lugar destacado en la acción pública».

¿Existe alguna dificultad que impida acercar la cultura a la población? «Sí, lamentablemente, nuestra cultura se encuentra hoy muy fragmentada. Quien desea aprender alguna de estas manifestaciones suele verse obligado a recorrer muchos kilómetros para encontrar a las personas, escuelas o colectivos que todavía las conservan y las transmiten. Esta dispersión dificulta el acceso al conocimiento y limita las posibilidades de que nuevas generaciones se acerquen a él».

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