Gabriel es un enamorado del paisaje de Punta de la Rasca. Foto: D. Sanz

Gabriel Rancel: «Tendremos poetas que no hablen sino del cemento»

Cultura / Ocio

«Las huellas de nuestra gente desaparecen»

Gabriel Rancel González es uno de los últimos poetas populares de Canarias. Su pasado jornalero y su amor por la naturaleza lo convierten en una persona sensible, que siente la necesidad de expresar al mundo sus pensamientos. Sus poemas están muy arraigados a la vida cotidiana de la gente campesina y al paisaje del sur de la isla de Tenerife, en especial de Punta de la Rasca. Su percepción humana y optimista de la sociedad inspira a las nuevas generaciones a afrontar el futuro con determinación y amor.

Gabriel es una figura clave para la etnografía de la isla. Su compromiso con la defensa de la identidad canaria y sus aportaciones a la cultura popular han sido reconocidos con múltiples homenajes y distinciones, entre las que destaca el Premio Gánigo 2024. Su obra literaria está formada por la publicación de seis poemarios: Un canto a Punta Rasca y Los Bebederos del ayer (2000), Poesías y cuentos desde Punta de la Rasca (2003), Que triste canta el canario entre cemento y asfalto. Espacio protegido de Rasca (2003), Filosofar campesino (2007), A mi gente campesina (2014) y Adiós huellas de mi gente (2025).

«Yo no sabía nada de poesía»


Comenzó a trabajar en la finca de Los Bebederos a la temprana edad de catorce años, aunque en aquel entonces ya había quien le decía que empezaba tarde. Se empleaba en los cultivos del tomate y la platanera como ayudante de Ramón García, quien sabía versos del poeta gomero José Hernández Negrín. Cuando Ramón le recitó uno de los poemas a Gabriel, este se quedó maravillado: «Me pareció tan bonito aquello», asegura. Así fue como despertó su pasión por este género literario.

Cuenta que mientras estaba en Los Bebederos no pensaba en poesía: «El trabajo no te deja pensar, era muy duro, de sol a sol». Una vez retirado de la finca, se mudó al barrio aronero de El Fraile y fue entonces, en un ambiente de paz y armonía cuando recordó los poemas que Ramón recitaba. Gabriel se inspiró en sus vivencias personales y en las del resto del colectivo jornalero para empezar a escribir a los 45 años sus primeros poemas, «me acordé de todo lo que vivimos en el campo, cómo era la vida», afirma Rancel.

El poeta decidió abordar un tema tabú para visibilizar las penurias del campesinado. Puso voz a este colectivo maltratado durante mucho tiempo, que sufrió condiciones laborales inhumanas y a día de hoy impensables. Cuenta cómo en ese entonces las diferencias entre ricos y pobres eran abismales: «Te pensabas que nacías para ser esclavo, así era el ser pobre». Gabriel afirma que «no quedaba otra que trabajar duro y callar». Con el tiempo se dio cuenta de que aquellas situaciones no eran justas y volcó sus sentimientos y emociones sobre el papel. «Somos seres humanos», recalca el escritor.

«La conexión con la naturaleza me marcó»


Es hijo de una larga generación de cabreros y desde siempre ha vivido muy conectado con la naturaleza. Según el poeta, esta es la clave que más ha repercutido en su manera de pensar y ver la vida. La figura de su tío, Salvador González Alayón, conocido como ‘don Salvador el cabrero’, también fue determinante: «Pa dónde iba él, iba yo; me dio mucha positividad».

Gabriel se muestra como un gran amante de las cabras, las colmenas de abejas y la flora. Apunta que el crecer de las plantas y el cariño de los animales lo han hecho sensible. Insiste que lo que rodea a las personas es lo que influye y marca a cada ser, por ello, no puede evitar mostrar su preocupación ante una juventud cada día más aislada de la naturaleza, «crecen en cemento y no van a adorar sino al cemento», dice Rancel.

Además, observa entre las nuevas generaciones un pasotismo generalizado a la hora de sentir y defender la identidad y la cultura del archipiélago. Aunque en ocasiones reconoce estar desmotivado, no se da por vencido e insiste: «A la juventud hay que darle ilusión, si matas la esperanza, lo matas todo». Cree que el orgullo de ser de un lugar se está perdiendo y que, en el caso de Canarias, una de las principales razones es la gran falta de implicación de los gobiernos. El escritor dice: «Para sentirte hoy de aquí, tienes que sentirte bien en tu territorio y ver que las instituciones hacen algo por la tierra».

«La riqueza está en la diferencia»


Todo aquel que haya leído su obra conocerá su espíritu acogedor y diverso. Es un apasionado de la variedad cultural de los pueblos y fiel defensor de los derechos humanos. Afirma que todas las personas son personas, a secas, y que no hay que discriminar ni generalizar por el color de la piel, la raza o la religión. «El racismo es altamente peligroso», sostiene el poeta. Esta forma de entender la convivencia se ve reflejada en varios poemas de su última publicación, como La paz nuestra bandera, Todos somos de aquí o Ni el color ni la cuna.

Dentro de sus múltiples preocupaciones por el mundo actual, presta especial atención al avance de los discursos de odio: «Fomentar que la gente tenga miedo al otro da votos», dice el escritor. Asegura que las personas que ven a la inmigración como algo terrible no son malas personas, sino que las han asustado: «Eso es a lo que tenemos que tener miedo, miedo a que metan miedo». Insiste en que el odio llega antes de pensar. «Después de la lucha por dejar atrás su tierra y su familia para salir adelante, se encuentran con gente que les culpabiliza injustamente de muchas cosas, y eso es lo peor que se le puede decir a un ser humano», explica.

«Adiós huellas de mi gente»


El último poemario, Adiós huellas de mi gente, fue publicado en julio de 2025. En él, Gabriel Rancel inicia un viaje al pasado agrícola, una transición hacia el presente urbano y una mirada a un futuro incierto. Como todas sus obras, es un homenaje al sur de Tenerife y a su gente.

El autor comenta que no siempre se ha dado relevancia a las cosas de aquí: «Cuando íbamos al norte nos miraban como los magos del sur, se pensaban que no teníamos cultura. Yo me sentía mal». Destaca que todo cambió gracias a las aportaciones de los investigadores Fernando Sabaté Bel y Manuel Lorenzo Perera: «Lo nuestro era importante y parecía lo último. Ellos le dieron importancia a nuestra forma de vivir».

Este libro nace porque todo desaparece: «El recuerdo de los antepasados, la etnografía e incluso los topónimos. Se nos está yendo todo y nadie hace nada, adiós huellas de mi gente», manifiesta el poeta.