Carmen Cabrera es directora y profesora en la Escuela de Danza Carmen Cabrera, ubicada en Maspalomas (Gran Canaria). Su academia es uno de los mayores referentes en el mundo de la danza dentro y fuera del Archipiélago. El pasado 7 de febrero de 2026, su equipo clasificó 61 coreografías en la competición Dance Unit para su final mundial. Esta tendrá lugar en Innsbruck (Austria), en el próximo mes de mayo. Además, cinco de las piezas presentadas en el certamen fueron seleccionadas para ser representadas en la gala final del mundial.
La academia tiene más de 30 años de trayectoria, ¿cómo ha evolucionado la enseñanza en todo este tiempo? «La metodología se ha distanciado de esa idea de que la danza es una disciplina muy dura, de esa representación de docente de mano dura. Gracias a estudios de psicología y pedagogía, ahora hay otras vías. Lo que antes era exigencia plena, ahora podemos llegar al mismo fin de una manera más didáctica. También un cambio grande es que antes no se trabajaba con edades de 3 a 5 años y hace muchos años que estamos trabajando esa etapa . Hemos visto que, cuando antes tenías que tener 6 años para empezar la danza clásica, por ejemplo, ahora entre los 3 y 5 años ya hay una predisposición y atención buenas para dar los primeros pasos en este mundo».
«Eso es la maravilla de este trabajo, que todo lo que imagines lo puedes crear»
La Escuela de Danza Carmen Cabrera es uno de los referentes más importantes en el sur de Gran Canaria, ¿qué supone para usted como directora ese título? «Ahora mismo sé que somos una escuela referente por este largo camino que tenemos y que estamos haciendo, pero la verdad es que este título suena un poquito fuerte para mí. No me acostumbro. Vamos casi tan rápido, el volumen de trabajo es tan grande y tenemos tantas ganas de hacer el trabajo bien hecho. Eso nos absorbe tanto que, al mirar atrás, nos hemos dado cuenta de que sí que somos una escuela referente y que ha pasado muchísimo alumnado por aquí. Alumnado que seguimos viendo, que tiene inquietudes artísticas, que en gran parte ha sacado una carrera. Eso nos enorgullece mucho. La verdad es que estoy muy agradecida».
¿Qué cree que diferencia a su academia de otras? «La versatilidad que tenemos. No nos hemos centrado únicamente en la danza clásica y en la danza urbana, sino que hemos abierto un abanico. Tomamos referencia, por ejemplo, de la danza de competición en Estados Unidos. Incluso Iván Gangura, nuestro profesor de competición, ha recibido formación allí. Entonces, yo pienso que nuestras referencias son de allí y, al haberlas traído aquí, eso ha marcado la diferencia. Hay familias que han tenido que mudarse, me piden un sitio que tenga nuestras características y no he sabido decirles. Incluso contactan con nosotros familias de Las Palmas, de Telde… de otros sitios que por la distancia no pueden venir. Tenemos un sello diferente».
¿Qué proceso creativo y de trabajo hay detrás de todo este éxito? «Tiene mucho que ver con quien se dedica a pintar, que se inspira en todo su entorno; pues nosotros igual. El proceso creativo está en cualquier cosa: el aire, el mar, el simple goteo del agua, un reloj, un sonido. Estamos continuamente creando en nuestro cerebro, y yo creo que no podemos incluso con ese volumen tan grande de ideas. Es difícil aplicarlas a todos los proyectos que queremos tener. Pero esa es la maravilla de este trabajo, que todo lo que tú imagines lo puedas crear. Queda muchísimo por hacer y muchísimas ideas que aportar. Además, hemos pensado que ese proceso creativo también existe en nuestro alumnado; entonces se les propone presentar sus propias coreografías en un proyecto que se llama Jóvenes Promesas de la Danza».
«La disciplina de la danza es casi perfecta»
¿Cómo gestionan sus estudiantes y cómo gestiona usted la presión que hay detrás de una disciplina tan exigente como la danza? «Va por diferentes etapas, más o menos te diría que dos. En un principio, de los seis hasta los doce años. Ahí son muy absorbentes, una etapa maravillosa y bajo presión se lo toman con más frescura. Sí que les afecta, por ejemplo, cuando las cosas no van tan bien, pero entonces ahí hay que aplicar más pedagogía, no más mando directo. Luego está la otra etapa: en la pre-adolescencia y adolescencia. Ahí ya son más grandes y el trabajo es más duro. El trato en la enseñanza es más directo, no hay tanta pedagogía, sino que es más mando directo. Entonces ahí sí que se llegan a frustrar. Aparte, en estas dos etapas, siguen estudiando, tienen tareas, amistades, poco tiempo libre. Por eso con 15 o 16 años ya se cuestionan si seguir o no seguir. Eso condiciona muchísimo».
Más allá de las victorias, ¿qué valores intenta transmitir la academia? «Siempre le digo a mi equipo que, aunque seamos una academia de danza, hay mucho más detrás. Esa disciplina de toda la vida. Somos un equipo educativo primero y luego docentes de baile. Por encima de las clases siempre está la educación, las normas y las rutinas. La disciplina de la danza es casi tan perfecta, que exalumnas que ya son madres me han dicho que les ha servido para mucho. Creo que no dejamos nada atrás. Los valores que les inculcamos aquí, creo que les sirven para todo en la vida, tanto en el trabajo, como en su vida social o familiar. Por ejemplo, si alguna niña rechaza venir con el pelo impecable, algo hay detrás. Alguna disciplina que debemos implementar».










