Cada vez es más difícil saber qué significa comer sano. Lo que antes parecía evidente, como comerse una fruta, ahora viene acompañado de dudas; que si tiene mucho azúcar, que si engorda, que si no es tan buena como parece. Y todo esto no nace de la ciencia, sino del ruido constante en redes sociales. Vivimos rodeados de vídeos, tips rápidos y opiniones que se presentan como verdades absolutas. En cuestión de segundos, cualquiera puede posicionarse como profesionales en nutrición sin formación ni responsabilidad. El problema no es solo la cantidad de información, sino la falta de criterio con la que se consume.
Hoy en día, una persona puede ver en la misma tarde que el pan es malo, luego que es imprescindible, después que hay que eliminarlo por completo y, por último, que depende del tipo. Este bombardeo genera confusión, desconfianza y, en muchos casos, una relación poco sana con la comida.
«Alimentos básicos y naturales, como la fruta, están siendo cuestionados por argumentos simplistas sacados de contexto»
Se ha perdido el sentido común. Alimentos básicos y naturales, como la fruta, están siendo cuestionados por argumentos simplistas sacados de contexto. Reducir un alimento solo a su contenido en azúcar sin tener en cuenta su valor nutricional completo es una forma peligrosa de desinformar.
Además, esta tendencia no es inocente. Muchas veces, detrás de estos discursos hay intereses: vender productos, dietas milagro o ganar visibilidad. Cuanto más alarmista es el mensaje, más se comparte. Y así, la desinformación se viraliza más rápido que cualquier recomendación basada en evidencia.
El resultado es una sociedad cada vez más confundida, que duda de lo básico y que, en lugar de acercarse a una alimentación equilibrada, se aleja de ella por miedo o saturación.
Quizá el verdadero problema no es la comida, sino a quién estamos escuchando. No todo el mundo es nutricionista, aunque tenga miles de fieles.










