Quienes emigramos solemos buscar algo que nos devuelva una sensación de hogar. A veces es un plato típico, una canción o un acento. Para mí, esa sensación la encontré en Tenerife. De todos los lugares donde he vivido tras salir de Venezuela, esta isla ha sido la que más me ha recordado a Caracas. No lo digo solo por la cantidad de gente de allá que vive aquí —que sin duda influye—, sino por una mezcla de factores que hacen que mi identidad venezolana se sienta cómoda, entendida y, sobre todo, respetada.
Crecí en Caracas, aunque nací en Tenerife. Mi familia es mayormente venezolana y mi infancia fue muy feliz: llena de afecto, tradiciones y comidas que mezclaban lo mejor de los dos mundos. Recuerdo cómo mi padre cocinaba conejo en salmorejo, una receta canaria poco común en Venezuela pero que formaba parte de nuestra mesa. Sin embargo, como tantas otras familias tuvimos que marcharnos cuando la situación del país se volvió insostenible. Desde entonces emigrar ha sido parte de mi vida.
Viví en Madrid, en Miami y ahora en Tenerife. En cada lugar aprendí algo nuevo, pero también noté las diferencias: el trato, la forma de hablar, la conexión con la gente. En Madrid, siendo adolescente experimenté por primera vez lo que es sentirte fuera de lugar. En Miami, todo era más diverso, pero no sentía esa cercanía propia de Venezuela. Había más distancia, más individualismo, incluso entre la comunidad latina.
«Aquí puedo decir chévere o pana sin necesidad de explicarlo»
Tenerife, en cambio tiene algo especial. Tal vez sea el clima tan parecido al de Caracas o esa forma relajada y directa de hablar. Quizás sea porque hay tantas personas de Venezuela que te cruzas con una en cada esquina y de repente sientes que volviste sin haber tomado un avión. Puede que sea todo eso junto. Pero lo cierto es que aquí fue donde me sentí más yo.
Lo curioso es que no todo el mundo lo nota. Muchas veces, quienes vienen de ciudades más grandes ven a Tenerife como un lugar pequeño, incluso como un retroceso. De hecho, eso pensaba mi padre y mi madre cuando vivieron aquí en los años dos mil. Pero la Isla ha cambiado y también lo ha hecho mi forma de verla. Hoy, si me preguntan cuál de los sitios donde he vivido se parece más a Caracas respondo sin dudar: este.
No estoy diciendo que Tenerife sea Venezuela. Pero sí que tiene algo que otras ciudades no me ofrecieron: la posibilidad de mantener mi identidad sin sentirme fuera de lugar. Aquí puedo hablar como hablo, decir chévere o pana sin necesidad de explicarlo. Aquí hice amistades con quienes también llevan Venezuela en la voz y en la memoria. Aquí me reencontré con una parte de mí que creía haber dejado atrás.
Por eso Tenerife es, para quienes venimos de Caracas, un lugar donde no hay que dejar de ser para poder pertenecer. Y esa es una de las cosas más valiosas que puede ofrecer un lugar a alguien que emigra.










