Diario digital del alumnado de Ciencias de la Comunicación
ISSN: 2530-9323

20 Jul 2026

Opinión

Nuestra facilidad para ofendernos

Desde hace un tiempo, acentuado aún más con mi ingreso en la universidad, me sorprende que cada vez parezca que haya que ser mucho más cauteloso a la hora de formular consideraciones por si estas pueden resultar ofensivas. Entiendo que la lógica nos une a la mayoría. Sabemos diferenciar cuando un mensaje ha sido emitido con la clara intención de ofensa, cuando sin ánimo de perjudicar ninguna conciencia, cuando el único afán, lícito, es el de establecer una comunicación jocosa, distendida, entre iguales.

Las redes sociales vienen a convertir el universo individual de cada uno en una exposición sesgada de lo privado hacia un mundo en el que cada vez se es menos selectivo a la hora de compartir contenidos. Vinieron para globalizar la comunicación, para liberalizarla, para acercarnos más los unos a los otros.

Nuevas políticas vienen a implantar modelos de sociedad mucho más integradores, más exigentes a la hora de reclamar lo que entendemos como derechos adquiridos por el simple hecho de nacer y vivir. Sin embargo, a la par, nos vamos separando cada vez más. La conformación de grupos con afinidades políticas, semejanzas en la libre elección sexual, amantes de los animales y un sinfin de analogías que podemos encontrar y sentir hacia nuestros iguales, no vienen a transformar la sociedad en un todo unitario, con ansias de compromiso global y colaboración. Antes bien, genera pequeños entes grupales, cada vez más cerrados y menos dispuestos a albergar dentro de ellos a los que puedan pensar, opinar y sentir de manera diferente.

¿Dependen nuestras dudas hacia la libertad de expresión según quién se sienta ofendido?


La base de todo ello puede quedar reducida al desprecio generalizado que se siente hacia uno de los principios fundamentales exigibles a la hora de convivir en sociedad: el respeto. Valor desgraciadamente a la baja en cuanto ingrediente fundamental de nuestra formación esencial en la convivencia. El desprecio también hacia algo tan intrínsicamente humano como es el amor. El amor visto como la compasión positiva y altruista que deberían inspirarnos la inmensa mayoría de los pensamientos ajenos.

Podemos no compartirlos, pero deberíamos respetarlos siempre que estos no vayan contra la naturaleza humana. Porque, además, detrás de toda intolerancia hacia los demás viene la formación de una opinión contaminada por corrientes políticas, sociales, económicas… Por lo tanto, ¿ nuestra irascible capacidad de sentirnos ofendidos no estará estrechamente vinculada también a la falta de libertad del otro a expresarse? ¿Dependen nuestras dudas hacia la libertad de expresión según quién se sienta ofendido?

 

 

 

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Andrea Castellini
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