Lo artificial no es solo la inteligencia – Periodismo ULL
Nuestro cerebro está sometido a miles y miles de informaciones que nos llegan a diario. Foto: PULL

Lo artificial no es solo la inteligencia

Opinión

Hace poco que descubrí cómo crecen las langostas marinas. Resulta que, para poder aumentar su tamaño, deben abandonar su caparazón inicial y, en consecuencia, quedar desnudas ante cualquier adversidad hasta que les crezca uno nuevo más grande. Es decir, tienen que dejar lo conocido y cómodo para poder llegar a un mejor estado, con más libertad. Así pues, no he podido evitar relacionar este proceso con los humanos, orientándolo hacia un enfoque más psicológico (y tecnológico).

Vivimos en una era en la que preferimos pasar un buen y largo rato haciendo scroll en nuestras redes sociales antes que salir a pasear, jugar con nuestras mascotas, leer un libro o cualquier otra actividad que suponga mucha realidad. La dopamina (la hormona del placer) que genera ver contenido en estas plataformas es artificial, pero también es rápida y fácil, que justamente se trata de lo que más gusta a la sociedad actual. La dopamina real es más difícil y más lenta, y, además, dejar el scroll no es tan fácil. Su mismo creador, Aza Raskin, se arrepiente de haberlo creado, pues es consciente de su peligro adictivo y ni siquiera sabe hasta dónde puede llegar.

«El tiempo es más caro que el dinero»

Nos encanta, sobre todo a las personas de Tenerife, quejarnos de que perdemos muchísimo tiempo en los largos atascos que se forman en las principales carreteras de la Isla, pero luego pasar una hora mirando el móvil es algo normal. Hay que empezar a entender que en nuestro día a día no solo pagamos con dinero: el tiempo es más caro. Tenemos muchísimos más gastos diarios de minutos que de euros, así que conviene hacer un plan de finanzas y establecer una serie de cantidades para una acción u otra en función de su valor.

Es verdad que las redes tienen cosas buenas. Si hacemos la famosa lista de pros y contras, encontramos como ventajas que nos conectan entre países, nos informan y nos ayudan a encontrar más personas parecidas a nosotros. Sin embargo, si nos vamos a los inconvenientes, comenzamos tumbando cada ventaja con la globalización de culturas y homogenización del gusto, la difusión de desinformación y bulos, y el avance hacia un individualismo cada vez más generalizado. A esto podemos sumarle la droga de la felicidad falsa ya mencionada, la adicción y la pérdida de contacto con la realidad. En definitiva, en vista de que la lista de desventajas puede seguir multiplicándose, le daremos la victoria.

Las redes nos atrapan durante cantidades de tiempo de las que no somos conscientes. Foto: PULL

El problema principal radica en que lo queremos todo sin esfuerzo. Y en que nos lo dan en exceso. Es muy placentero que el algoritmo nos enseñe todo y que la información nos llegue de manera instantánea, aunque esa sencillez conlleva darle permiso para diseñarnos. Todas las noticias, los memes, los TikToks… nos llegan siguiendo un sesgo determinado, y no somos capaces de reflexionar porque todo entra en nuestras creencias y esquemas mentales, ya que vienen de manera repentina, y tenemos el cerebro predispuesto en una especie de modo standby.

Pero, aunque dejar de consumir tanto contenido atractivo y adictivo sea complicado, no es imposible. Deberíamos de aprender de las langostas y salir de nuestro caparazón pequeño y confortable de satisfacción inmediata. Y repito: no es sencillo. Lo más seguro es que, tanto quienes lean estas palabras como yo misma, cogeremos el móvil tras un rato y tendremos una buena ración de dopamina artificial hasta que recordar este texto (o no). ¿Quién nos puede culpar? Está diseñado para eso, y abandonarlo es difícil. Sin embargo, hay un planteamiento más importante: si no lo dejamos ahora, ¿olvidaremos la felicidad plena y nos haremos dependientes de la artificial? Mejor empezar a plantearse salir del caparazón.

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