Filter vs Reality

Opinión

Snapchat consiguió en 2011 grandes cuotas de fama gracias a los millones de personas que hicieron uso de los filtros de realidad aumentada de la aplicación. Sus cifras inspiraron a otras plataformas digitales. Este es el caso de Instagram. La red social incorporó, en 2016, las stories, fotografías y vídeos cortos que se eliminan 24 horas después de su publicación. Con posterioridad, fueron introduciendo los filtros. Hoy en día son imprescindibles. Así, lo que comenzó siendo un entretenimiento, acabó convirtiéndose en un canon estético.

El uso de las redes sociales se ha convertido en una forma de socializar. Muchas personas admiten que al subir contenido a sus perfiles, la pregunta de «¿gustará?», toma relevancia. Si la respuesta es «no» o después de publicarla percibimos que no está siendo bien recibida, tenemos la tendencia a eliminarla.

El auge de los filtros ha provocado que su uso sea algo normal y más que habitual para muchas personas. Suavizar la piel, eliminar manchas, ojeras o imperfecciones, obtener labios voluminosos u ojos maquillados sin el mínimo esfuerzo.  Muestra una supuesta versión mejorada. Una imagen irreal y que promueve incesantemente este canon de belleza tan peligroso.

Según una encuesta realizada por la Sociedad Española de Cirugía Plástica y Estética, más de un 10 % de los pacientes acuden a consulta con un selfie como referencia para la operación. Esto transforma en inevitable pensar que las personas construyen un pensamiento nocivo de su apariencia física real. Manejar este tipo de pensamientos no resulta sencillo en un mundo donde, sobre todo las mujeres, son oprimidas a través de los cánones de belleza.

El protagonismo de estos filtros afecta a la autoestima y agudiza las inseguridades. La comparación constante entre el yo real y el yo retocado puede provocar un trastorno dismórfico corporal en el que, quien lo sufra, no se identifica con su imagen real sino con la retocada. Pudiendo desembocar en un síndrome dismorfofóbico en el cual la persona siente un gran temor u obsesión por no poder estar a la altura de la imagen digital.

Las connotaciones negativas los convierte en un instrumento maligno. Si se realizara un consumo responsable y con total conocimiento de lo que podría conllevar no existiría tanta controversia. Así como otras aplicaciones donde puedes cambiar el color de tu pelo, poner tu cara a un muñeco bailarín o la aplicación que te permite envejecer tu rostro, las cuales no han creado mayor problema por su uso.

Ante las notorias consecuencias que dejan en la población, algunos países han limitado su utilización en algunos aspectos. Reino Unido prohibió, este mismo año, el empleo de los filtros a los influencers que se dedican a publicitar productos cosméticos en Instagram y  que puedan resultar engañosos. Según la Advertising Standars Authority (ASA), el organismo de autocontrol publicitario británico,  los filtros resultan ser peligrosos para la autoestima de los jóvenes.

«La construcción de una identidad comprada distorsiona la realidad»

Sasha Pallari, influencer y modelo estadounidense, lanzó en su día una campaña de sensibilización con el objetivo de parar el engaño de muchas marcas a su audiencia. Con ella se esperaba obtener tres resultados: la aplicación de estándares publicitarios en redes, la eliminación de aquellos filtros que cambian el rostro y además, sigue el utopismo de ver «más piel real» en Instagram. Toda la movilización se realizo  bajo el hashtag #filterdrop a través del cual la gente subía su foto sin filtro a las redes.

La construcción de una identidad comprada distorsiona la realidad. Debemos ser de una forma determinada para encajar en la sociedad o en ciertos estereotipos sociales. Las comunidades digitales venden una falsa positividad de la vida de las personas. Tener una personalidad depende del número de likes de una foto. 

Nada va  cambiar si no provocamos el cambio. Es hora de hacer de las redes sociales un espacio libre, diverso y constructivo que permita a las personas expresarse y no ocultarse detrás de una pantalla por el qué dirán. Basta de mirar por nuestro propio ombligo, Instagram. Basta de lucrarse con el sufrimiento que estos filtros generan. Desde la plataforma conocen estos sucesos y los dejan pasar, hasta que las críticas se les echan encima. Entonces, y no exactamente por el bienestar de las personas, decide intervenir.

Basta de idealizar un prototipo de cuerpo en las comunidades digitales y basta de sexualizar los cuerpos, tanto femeninos como masculinos, porque lo que importa eres tú. Aprendamos a valorar quienes somos por encima de lo que supuestamente debemos ser. 

 

 

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