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«El futuro es vegano porque nuestra alimentación no es sostenible»

Sociedad

“No como animales” es el lema que acompaña a Alberto Peláez en las carreras en las que participa. Desde niño ha vinculado su vida al deporte, convirtiéndolo en su forma de conectar con la naturaleza. Entre algunas de las actividades que ha practicado se encuentran el ciclismo por carretera y montaña, el triatlón o el duatlón, y los últimos siete años los ha centrado en realizar carreras de larga distancia por montaña. Uno de los retos a los que el deportista se ha enfrentado data de 2015, cuando atravesó los Pirineos desde el Mediterráneo hasta el Cantábrico. Un recorrido de 600 kilómetros y 15 000 metros de desnivel. Tras un viaje a China, el deportista decidió cambiar sus hábitos alimenticios y abandonar el consumo de productos de origen animal. De esta forma, ha roto con algunos mitos que recaen sobre el veganismo y que afirman que esta dieta afecta directamente a la salud.

Al tener un recorrido deportivo de alto nivel, su activismo rompe con un mito sobre el veganismo: la supuesta necesidad de comer productos de origen animal para poder estar sano. ¿Cómo le afectaron estas ideas? «Yo siempre he sido deportista, y cuando decidí, por cuestiones éticas y de respeto a los animales, hacerme vegano, todos me preguntaban que de dónde sacaba las proteínas, me decían que me iba a faltar energía, hierro o que me bajaría el rendimiento. Yo llegué a creerme, en parte, los mitos. Como era una motivación ética no me importó, y seguí con la alimentación vegana. Mi sorpresa fue que mi rendimiento no solo era igual, sino que empezaba a ser mejor. Eso se tradujo en el resultado. Empecé a obtener más victorias y mejores puestos en las carreras. Entonces, empecé a decirle a la gente lo que a mí me habría gustado que me dijeran antes: se puede hacer deporte de alto rendimiento, llevar una vida sana y estar feliz con una alimentación libre de productos derivados de animal».

«Mi sorpresa fue que mi rendimiento no solo era igual, sino que empezaba a ser mejor»


¿En qué momento decidió ser vegano? «Yo siempre me he considerado defensor de los animales. Siempre he estado en contra de la tauromaquia o de la caza, pero luego hacía cosas que no eran coherentes conmigo mismo: participar en su explotación de animales. Durante un viaje en China, estaba caminando por un sitio rural y había frutas, verduras, especias… Al pasar a la zona de los animales, a diferencia de Occidente, no había un muro en los mataderos. Vimos cómo los conejos estaban en jaulas a presión, unos vivos y otros muertos, asfixiándose, había patos metidos en un saco ahogándose y los peces casi sin agua boqueando. Nos dio mucha pena, pero como teníamos tan interiorizado que eran animales de comer, miramos a otro lado bajo la excusa de que habían nacido para eso. Seguimos caminando y vimos cachorros de perro preciosos. Al cogerlos nos chocó que temblaban, porque suelen ser muy sociables. Miré hacia atrás y me di cuenta de que en una jaula como la que habían conejos vivos y muertos, ahora tenía perros».

¿Cómo reaccionó? «No estamos acostumbrados a ver eso. Mi primera reacción fue intentar pararlo, quería llevármelos a todos. Empecé a hablar con el hombre y se rió de nosotros porque estábamos intentando salvar a unos animales que para ellos son comida. Es lo mismo que si alguien quiere salvar aquí a un cerdo que está en una granja y el paisano le dice que lo va a vender para hacer filetes. La sensación fue de impotencia. No podía hacer nada para salvarlos. Esa noche cuando nos pusieron cerdo para cenar, yo pensé que era hipócrita. Pedimos otra cosa y al llegar a España empecé a ver cosas y vídeos que no había querido ver. Me di cuenta de que es la norma, no son casos aislados. Yo no voy a pagar para que alguien haga algo que yo no puedo hacer. Si yo no soy capaz de cortar el cuello a un animal, no voy a pagar a alguien por una hamburguesa para que lo haga por mí».

¿Se encontró con dificultades en su día a día para poder desarrollar con normalidad esta dieta? «La mayor dificultad es a nivel social. Cuando convives con tus amigos, compañeros de trabajo, tu familia, restaurantes, hoteles. Te ven un poco como el bicho raro. Creo que España está un poco atrás en ese aspecto. En Alemania eso ya no pasa. Llevas toda la vida comiendo unos productos que has relacionado con una buena alimentación y cambiar de repente es un choque. Es fácil, pero como cualquier hábito cuesta al principio. Cuando ves todo lo que implica, dices, «me importa muy poco mi comodidad». Prefiero acostumbrarme a otros sabores, porque en el otro lado de la balanza está comerme un filete muy sencillo, pero cortar el cuello a un animal. Es una motivación tan fuerte que supera todas las dificultades que se puedan tener».

«La ganadería industrial es una de las más contaminantes»


¿Cree que existe una falta de sensibilización y de información sobre qué es el veganismo y los motivos que lo mueven? «Hay mucho desconocimiento. Una parte es desconocimiento voluntario. Por ejemplo, no quiero ver ese vídeo, no me fastidies la cena. Yo sé que hay mucha gente a la que le gustan los animales que no quieren ver esas imágenes porque les haría tanto daño que tendrían que cambiar hábitos en su vida, y a las personas nos cuesta mucho cambiar. Luego hay médicos profesionales que se actualizan y otros que se quedan con los conocimientos que tienen de cuando estudiaron y te dicen que no es sano. Otros estudios sí lo definen como saludable. Además, desde siempre, lo que dice el médico va a misa. Si una persona con bata blanca, que da mucha autoridad, te dice que te van a faltar proteínas, te lo vas a creer. Sin embargo, hay población hindú que es vegana desde siempre y no tiene ningún problema».

¿Considera que la falta de información se relaciona con un desinterés por parte de las empresas? «Hay una industria muy fuerte que mueve mucho dinero. En un anuncio no nos muestran cómo a una vaca la preñan constantemente, le quitan a su ternero y cuando ya la han preñado hasta la saciedad la llevan a un matadero en una grúa. Nos enseñan a una vaca que ríe. Hay muchos lobbies que trabajan para que se vea solo lo que interesa. El sistema de alimentación que llevamos no es ético ni sostenible. La ganadería industrial es una de las más contaminantes. Para producir un kilo de carne, hacen falta 16 000 litros de agua. Eso es lo que usa una persona para ducharse durante un año. Sin embargo, un kilo de verdura tiene una media de producción de 300 litros. A veces te dicen: “Si todo el mundo fuera vegano no habría tierra para plantar tanta soja”, pero si miras datos de fuentes oficiales, el 99 % de la soja mundial se utiliza para dar de comer al ganado. Es llamativo que, para concienciarnos sobre el medio ambiente, no nos informen sobre lo que conlleva comer carne».

«No voy a condenar a un animal a estar encerrado toda su vida porque un humano quiera verlo»


Existen otros productos, a parte de los alimentos, que también contienen elementos de origen animal como por ejemplo algunos perfumes. ¿Usted también controla su consumo de este tipo de artículos? «Lo coherente es rechazar esos productos. Yo para usar una pasta de dientes no quiero que la hayan probado en los ojos de un conejo, quiero que la hayan probado en un cultivo de bacterias y que me digan que es sana. Tampoco quiero que le den detergente a un perro para saber el nivel de toxicidad que tiene. Cuando vas al supermercado te fijas en si tiene el símbolo, un conejito, que garantiza que no está testado en animales. También con la ropa. En vez de comprar cuero, compramos sintético que es más barato y es igual de bueno. Lo mismo con las plumas. Cogen a una oca, le arrancan las plumas y cuando están despellejadas y les vuelven a salir, se las siguen arrancando. Yo he ido a zoológicos también, con desconocimiento, pero si quiero ver a un delfín pago a un barco para que me lleve al mar. No voy a condenar a un animal a estar encerrado toda su vida porque un humano quiera verlo».

¿Cómo valora las corrientes alternativas como el consumo responsable frente al no consumo? «Es un tema complicado. Siempre hay que valorar todos los pasos hacia delante que se den. Es cierto que hay causas con las que no se pueden dar los términos medios. No se puede ser un poco machista, ni un poco xenófobo. Con el especismo, la discriminación por especie, pasa igual. Por ejemplo, las cerdas pasan su vida en jaulas de gestación, a presión, comiendo por un lado y pariendo por el otro. No se pueden dar ni la vuelta. Hay animalistas que abogan por trasladarles a jaulas más grandes, pero hay abolicionistas que no están de acuerdo. Yo soy abolicionista, al igual que lo soy con la esclavitud, con el sexismo y el clasismo, quiero abolir las discriminaciones, pero no voy a protestar por una mejora que reduzca el dolor de los animales. No sé qué es lo mejor, solo creo que la solución es que la gente se conciencie y que se vea que los animales con los que tenemos empatía sienten el mismo dolor que un animal que nos comemos».

«Para producir un kilogramo de carne, hacen falta 16 000 litros de agua»


En 2016, Arrecife se declaró ciudad veg-friendly tras un acuerdo firmado entre la Asociación Lanzarote Vegana por los Animales y el Concejal de Turismo. ¿Cree que es una decisión más orientada a obtener beneficio turístico que a acoger una oferta que satisfaga la diversidad de hábitos de consumo? «Considero que, si algo beneficia a todas las partes, siempre es bueno. Este acuerdo aún no ha concluido. Queríamos plantear el proyecto de forma que fuese positivo para todo el mundo. Primero con los animales, porque es una forma de visibilizar y de que la gente pueda seguir este tipo de alimentación; los ciudadanos de Lanzarote, porque tendrían una oferta extra, más saludable y más sana, no solo para los veganos; el turismo, porque los turistas veganos lo que harán es consultar sitios donde puedan comer; también interesa a la política, porque da una imagen al exterior más respetuosa con el medio ambiente».

¿Crees que el futuro es vegano? «Estoy seguro de que el futuro es vegano. No porque todos experimentemos un cambio de conciencia, sino porque el consumo de carne como es hoy en día es insostenible. En 2050 vamos a ser 9 mil millones de habitantes. Si todos asumen nuestros hábitos de consumo, no hay Amazonas suficiente para alimentar al ganado. Muchos empresarios están invirtiendo dinero en carne limpia, que es carne vegetal, y en producir carne in vitro, con células madre, pero sin utilizar animales para ningún proceso. Lo hacen porque hay un mercado muy potente. Va a ser más pronto de lo que creemos. Según datos de la FAO, en 2050 no habrá peces para pescar. Aunque los animales no nos importen, habrá que buscar alternativas. También, según esta organización, matamos cada año 60 mil millones de animales. Si en el planeta ahora hay 7 mil millones de habitantes, aproximadamente matamos a 10 animales por persona».

¿Cuáles son sus proyectos de futuro tanto en su activismo como en el ámbito deportivo? «Queremos consolidar el Arrecife Veg-friendly, seguir haciendo charlas, carreras deportivas, y nos gustaría exportar el proyecto  de la capital a toda la isla: Lanzarote Veg-friendly, sería la primera isla del mundo».

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