Dentro de las artes oscuras que denominamos política, existe una dinámica recurrente que trasciende etiquetas, colores o resultados electorales. Se trata de una suerte de profecía autocumplida que toda organización, llegado el momento, parece condenada a cumplir: un proceso de cierre y opacidad que termina por diluir las aportaciones de la militancia. Bajo la vieja consigna de «la revolución devora a sus hijos» se agrupa este fenómeno contrario a la democracia interna: la ley de hierro de las oligarquías.
No haría falta que Robert Michels reinterpretara su teoría del poder para reconocer la acción de esa mano invisible, una que señala a rojos y cuñados por igual. Se trata de una tradición que esta arraigada en las estructuras sociales, se vivió en la Noche de los Cuchillos Largos, con las purgas de Adolf Hitler a la línea strasserista del partido nazi; y de maneras menos violentas, se percibe en la actualidad: hace unos años, desde la cúpula de Podemos en el Palacio Vistalegre y hoy en VOX, con sus cuatro jinetes del apocalipsis: Julio Ariza, la familia Méndez-Monasterio, Buxadé y Santi quienes vuelven a reflejar dinámicas de centralización del poder.
A fecha de publicación de este artículo, no son pocas las encuestas apuntan a una caída en la intención de voto de la formación verde, cada vez más condicionada a aceptar acuerdos autonómicos con el PP. La estrategia tiene una intencionalidad clara, cerrar filas y asegurar posiciones de poder institucional a través de las consejerías autonómicas, en un intento de contener el complot en forma de congreso extraordinario, que se vive con altos cargos expulsados de la formación.
Más allá de que este controvertido movimiento mediático pueda asegurar cierta estabilidad a corto plazo, persisten las dudas sobre la cohesión interna, ¿Qué sucederá desde dentro ante este nuevo clima de desconfianza? El cese de Antelo, líder de Vox en Murcia, refleja esta situación, al haberse falsificado presuntamente su firma para refrendar su salida. Lejos de poder entenderse como un caso aislado, viene precedido de eventos similares como la ruptura con el lobby conservador Hazte Oir, o figuras clave como Macarena Olona, Espinosa de los Monteros, Ortega Smith, Vidal-Quadras, Carla Toscano o Ignacio Ansaldo.
«Si no construimos un presente que ilusione a la juventud, que no extrañe percibir añoranzas del pasado»
El partido es hoy presa de todas las contradicciones internas que enfrentan al Vox histórico con el Vox oficialista, con corrientes imposibles de reconciliar; un supuesto ideario de tendencia liberal que, desde su sindicato Solidaridad, promueve el control obrero de las empresas, o un discurso nacionalista con dependencia de actores extranjeros: llámelo exilio iraní, el MBH Bank de Hungría o Israel a través de ACOM. Estas disputas no son fruto del pluralismo dentro de la formación, sino más bien, una proyección de la incapacidad de definir un proyecto político coherente para su electorado.
No es descartable que VOX termine compartiendo destino político con otras formaciones que emergieron con fuerza y acabaron diluyéndose, como Podemos. Las últimas informaciones delatan los vicios internos que rigen la administración interna del partido: purgas mal ejecutadas, candidatos autonómicos con planes dictados desde Madrid, sobresueldos de sus cargos, básicamente la ‘España madruga’ solamente si es por medio del nepotismo.
Sin embargo un eventual retroceso de Vox no supone un nuevo pendulazo a la izquierda, ni la desaparición del espectro nacional-populista que llevó a la irrupción de Vox en el panorama institucional. Existe una razón de fondo que mantiene con vida a nuevas organizaciones que llaman a impugnar los cimientos del establishment de todo el viejo continente. Se trata del descontento de generaciones que, al percibir que vivirán peor que quiénes les precedieron, responden con ambiciones de otras épocas; al final de cuentas resulta comprensible, si no construimos un presente que ilusione a la juventud, que no extrañe percibir añoranzas del pasado.
Nuevamente se repite un ciclo conocido: la inacción o incapacidad de los actores tradicionales genera malestar en la población, esto da alas a nuevos movimientos que desafían a la política tradicional (llámelo UPyD, Ciudadanos, Podemos o como quiera), estas nuevas alternativas o colapsan o encuentran problemas para aplicar las recetas que prometieron antes de ascender, lo que hace que la cadena se repita. Mientras este sistema se erosiona, se allana el terreno para el surgimiento de formaciones que cuestionan el sistema democrático. Que no extrañe ver este desplazamiento de la ventana de Overton de aquí a los próximos años en el panorama europeo.
A medio siglo de entrada a la transición, parece que en España seguimos esperando la vuelta de un espíritu noventayochista. En un momento en el que el descrédito de las instituciones crece al paso de los meses, aumenta la disposición de una parte de la ciudadanía a aceptar respuestas radicales frente a los vicios de nuestro sistema. Para quienes no encontramos respaldo en el panorama institucional, es tiempo de dejar de añorar una «Revolución desde Arriba» como la que promovía Maura. Ahora más que nunca resulta necesario organizarnos desde la esfera pública ajena del estado y recordar que, los cambios estructurales, no se alcanzan desde poltronas con decorados chachis y aplausos de oligarcas.










