La narrativa de Walsh nos obliga a mirar donde nadie quiere mirar. Foto: PULL

Purpurina sobre cicatrices

Opinión

Acabo de terminar una de las sagas de libros mas duras que he podido leer nunca. Es la primera vez que se me revuelve el estómago leyendo, la primera vez que un libro me hace sentir incómoda por ser testigo de algo que, probablemente, viola la privacidad de quienes protagonizan la obra, la primera vez que ser espectadora me convierte en víctima, y al mismo tiempo, en cómplice. Estoy hablando de Los chicos de Tommen de Chloe Walsh.

Para quienes no la conozcan, la premisa parece el estándar de cualquier romance deportivo: en una Irlanda lluviosa, la estrella de rugby Johnny Kavanagh y la tímida Shannon Lynch cruzan sus caminos entre acoso escolar y traumas familiares. A medida que avanza la saga vamos conociendo la historia de los personajes secundarios, a cada cual más traumática y amarga.

Aunque suene a cliché adolescente nos sorprende con una narrativa que describe al detalle el dolor humano. No la recomendéis a menores de 18 años. Muchos la describirán como explícita, pero yo me inclino por llamarla cruda.

Es el último volumen el que me ha hecho tener que parar para respirar entre capítulos. Sigue la historia de Lizzie Young, una joven que sufre de trastorno bipolar. Además, se enfrenta en la travesía del duelo por suicidio, cáncer y por si fuera poco, abusos sexuales sistemáticos desde que tenía cinco años, bajo el pretexto de que la están curando.

Evidentemente hay romance, uno muy bueno por cierto, aunque no lo suficiente para distraerme de los capítulos donde se cuelan en su cuarto y detallan cosas que marearían a cualquiera con un mínimo de empatía.

«¿En qué momento se vende esto como sport romance

¿Cómo es posible que la industria literaria no regule la venta de este tipo de libros? Sobre todo a la hora de venderlos como un género que esconde entre equipación de rugby temas tan sensibles. Al etiquetarlo así, no solo se engaña, sino que se corre el riesgo de banalizar las cicatrices de Lizzie o Shannon, convirtiendo su dolor en un simple giro de guion para una historia de amor.

Yo los empecé por una recomendación, sin saber donde me estaba metiendo, y los terminé por la necesidad casi física de saber si había un final feliz después de todo el daño.

De cualquier modo, no voy a negar que el romance no enganche. De hecho, de otro modo no funcionaría la trama. Ya que más de una persona la habría abandonado por la crueldad descrita sin darnos una tregua con escenas que demuestran que el amor puede que no te cure, puede que no te borre los traumas o que ni siquiera tape las heridas, pero nos recuerda que se puede respirar profundo sin ahogarte en pesadillas. Casi me hacen olvidar las náuseas, casi.

Pese a todo, si os recomiendo esta saga (la historia real que se oculta entre las estanterías de juvenil) es porque se lleva una parte de ti. Más allá de haber sido metida en ese mundo en contra de mi voluntad por la falta de conocimiento sobre su verdadera trama, creo que ha cambiado algo en mí. Se ha hecho un hueco, a arañazos, en esa pequeña parte del alma donde se almacenan todas las cosas que nos marcan.

Walsh nos da es una lección de supervivencia: el amor no sana, acompaña. Es el único abrigo en una realidad que la industria editorial se empeña en empaquetar con purpurina.

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