El médico Anthony Carballo trabaja en Diversas coordinando un proyecto de salud sexual. Foto: PULL

«Las personas LGTBIQ+ debemos sentir el orgullo todo el año»

Sociedad

Anthony Juan Carballo Díaz es médico graduado por la ULL. A sus 25 años, trabaja en Diversas coordinando el proyecto Espacio Cero, un servicio de salud sexual y detección precoz de VIH, sífilis y hepatitis C. Esta entidad nace en 2015 para ofrecer servicios sanitarios, acompañamiento y educación en relación a la comunidad LGTBIQ+ en Tenerife, sobre todo en el Norte. Además, Diversas participa en reivindicaciones y trabajo institucional, y forma parte de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB). Hoy, Día del Orgullo, Carballo expone su punto de vista respecto a la celebración, la violencia del lenguaje y las realidades del colectivo.

¿La celebración del Orgullo está mercantilizada? «Sí. Las empresas, desde los bancos hasta las tiendas de ropa, utilizan al colectivo y lo mercantilizan para aumentar sus ganancias a fin de mes. Al final, somos gente que quiere lucir ropas y visibilizar quiénes somos, pero si no hay un trabajo social, un reconocimiento y programas de inclusión en esas empresas, entonces falla el enfoque».

¿Cómo se puede hacer frente a esa mercantilización? «Hay que tener mente crítica. El Orgullo no es solo publicar en Instagram o comprarte una camisa. Es una reivindicación en la que no hace falta ser parte de la causa para defenderla. También, la cuestión está en cómo trabajan las empresas, en su base social. Por ejemplo, la FELGTB lleva un programa que se llama Yes we trans. Trabaja junto con entidades contratadoras en la inclusión de las personas trans, que tienen actualmente la mayor tasa de desempleo y discriminación dentro del colectivo».

«Deconstruirse y ser consciente de los privilegios trae como consecuencia tener que ceder espacios»


¿Las perspectivas interculturales, interraciales e interseccionales deben ser una base mínima en los movimientos LGTBIQ+? «Creo que es importante, principalmente porque todas las personas somos como una matrioshka. Las discriminaciones inciden de tal forma que una mujer trans migrante se verá afectada por su condición mujer, pero además por ser trans y, encima, migrante. Esa triple segregación debe tenerse en cuenta a la hora de hacer reivindicaciones el 28J. No dejar a nadie atrás. Debemos enfocarnos en la lucha conjunta, pero siempre sabiendo quién debe ser protagonista. Al igual que en el 8M son las mujeres quienes deben abanderar los discursos, aquí también tiene que haber un grupo que lidere, que es el colectivo LGTBIQ+. El resto, apoyar, no acaparar ni ocupar espacios que no les pertenecen».

¿Qué opinión le merece la consideración de un día del orgullo cisexual o hetero? «Cuando hablo con mis amistades sobre esto, siempre digo lo mismo: hagamos un ejercicio de empatía. Pongámonos en la piel de una persona LGTBIQ+ que va al instituto y que sufre acoso en el aula. En la de una mujer trans con una expresión socialmente masculina. ¿Cómo se sienten? ¿Cuánto sufren? Al lograr empatizar, reculan y se dan cuenta del error. Un día del orgullo heterosexual no hace falta por el simple hecho de que, a fecha de hoy, las personas heterosexuales no sufren discriminación, cosa que sí le ha sucedido al colectivo a lo largo de toda la historia».

¿El hombre medio blanco, hetero y cisexual se siente amenazado por el Día del Orgullo? ¿Por qué? «Yo creo que sí. Deconstruirse y ser consciente de los privilegios que tiene trae como consecuencia el tener que ceder espacios. Vivimos en una sociedad cisheteropatriarcial en la que, desde la infancia, se nos ha inoculado a través de la educación cuál es nuestro lugar y que no podemos cederlo. Es en esa pérdida de privilegios donde los hombres suelen presentar dificultades a la hora avanzar, tomándoselo a la defensiva».

¿El Orgullo se centra demasiado en la perspectiva masculina y gay, generando cierta invisibilización, o existe un balance equilibrado? «Eso lo vemos mucho. En este caso, los gais son los que más acaparan. Es una autocrítica que debemos hacernos, porque eso se ha traducido en que, hasta hace poco, habláramos solo del Orgullo Gay, la fiesta de los gais. Esto, afortunadamente, ha cambiado. Cada vez más, se habla del Orgullo LGTBIQ+, pero sí es cierto que los hombres, dentro del colectivo y de toda la población, tenemos que ser conscientes de nuestros privilegios y actuar en función de ellos. No podemos permitirnos hablar de una colectividad LGTBIQ+ y no abanderar la lucha de las mujeres trans, sobre todo cuando son ellas las que lucharon para que hoy podamos ir de la mano por la calle o decir te quiero sin miedo. Hay que hacer una reflexión interna e introspectiva, pero no dejarlo ahí, sino llevarlo a la acción y a la deconstrucción para ser mejores personas».

El habla como arma segregadora


¿Cuál es la violencia que encierra el lenguaje? Si es más sutil en unos casos que en otros, ¿cómo se le hace frente? «El español es muy rico, con muchos términos y sinónimos, y eso es muy bonito. Creo que donde está la violencia es en la manera de transmitir los mensajes, en las formas, y no tanto en las palabras, ya que es la gente quien las dota de significados. Eso lo combatimos dándonos la oportunidad de aprender y escuchar. A lo mejor habría que tener mayor asertividad a la hora de decir las cosas y recibir los mensajes».

¿Cuáles son las generalizaciones o bulos más peligrosos para el colectivo LGTBIQ+ aún presentes a día de hoy? «Sobre todo los que están vinculados a la realidad trans. Creo que todavía encontramos mucha sexualización en las mujeres, en concreto. El hecho de que haya algunas que no lleven a cabo una reasignación genital genera morbo. No solo de puertas adentro, sino también entre la sociedad heterosexual, y es algo que muchas reivindican y sufren. Otra cosa que solemos escuchar todavía en los centros educativos es el mito de que las lesbianas lo son debido a que no han probado otra cosa. Sigue perviviendo ese estereotipo de que no eres lesbiana por sentir una atracción hacia las mujeres, sino porque, como no te has acostado con ningún hombre, no sabes lo que significa».

¿Perduran estereotipos vinculados al sida y otras enfermedades de transmisión sexual? «Sí. Ahora, en el instituto, la juventud insulta a otras personas diciendo que son sidosas. Es algo que me llama la atención e, incluso, le pregunté a un chico abiertamente por qué lo hacen. Es por un estereotipo homófobo que se vincula al sida, que no el VIH, para generar más discriminación y serofobia hacia otra gente. Lo usan de modo súper común. También destacaría el uso del término transformer en referencia a la gente trans. Esa violencia de la que hablábamos continúa en las nuevas generaciones, aunque busca nuevas formas de transmitir los mismos mensajes».

¿Qué piensa sobre la persistencia del uso del masculino genérico? «Creo que es un error. Lo que no se nombra, no existe. Hemos visto en medios de comunicación y en noticias la dificultad que está teniendo el empleo desglosado de sustantivos y adjetivos como chica/chico o guapo/guapa. De modo que seguimos manteniendo esa violencia en el lenguaje. A eso hay que añadir la no binariedad, es decir, quienes no se identifican ni como hombres ni como mujeres y emplean la e, término neutral, para identificarse. Creo que ahí reside la magia y la riqueza que tiene el español. Si generalizamos con la o, más de la mitad de la población queda invisibilizada».

¿Qué opina de la frase «el Orgullo es todo el año»? «Estoy totalmente de acuerdo. Creo que es una reivindicación que hay que llevar en el ADN, no solo entre integrantes del colectivo, sino en toda la sociedad. El orgullo es un sentimiento que como personas LGTBIQ+ debemos tener todo el año porque hemos vivido mucha discriminación. Aunque es verdad que se han dado pasos hacia adelante. Antes solo hablábamos del 28J, pero ahora hablamos del mes del Orgullo. Ya a ver cuándo hablamos de los meses del Orgullo, hasta que tengamos el año entero, los 365 días».

«Queríamos ir a por una ley de máximos que reconociera a todo el mundo y no dejase a nadie atrás. Hoy, Canarias es vanguardia»


¿Qué consecuencias sociales y políticas tiene la invisibilización de las personas no binarias y las trans que no se someten a modificaciones corporales? «La principal es que continuamos viviendo en una sociedad donde los estereotipos de género, a pesar de querer romper con ellos, continúan. Me refiero a quienes no quieren llevar a cabo todo el proceso de transición hormonal. A lo mejor solo quieren el cambio de nombre y ya con eso son felices. Entonces, ¿qué nos encontramos? Segregación dentro del propio colectivo. Hemos inoculado roles, estereotipos y expresiones físicas o conductuales binarias, de tal manera que una persona trans no binaria puede no querer tener una expresión socialmente vinculada a un género u otro, pero al no reconocerse lo que es el no binarismo, esa gente no se ve identificada y continúa con una necesidad de passing».

¿De dónde sale el miedo y la polémica a la Ley Trans? «Siempre que lo he comentado con mi círculo cercano he dicho que las leyes, en general, son para ampliar derechos. Nadie puede quedar en los márgenes cuando lo que queremos es legislar. Creo que lo que sucede es una falta de empatía. Desde los movimientos sociales, en particular del movimiento feminista, tenemos que hacer una retrospección hacia la discriminación que se ha vivido en relación a la identidad. Cuánto daño nos ha causado identificarnos como mujeres o como lesbianas y, a partir de ahí, llevar a cabo un ejercicio de empatía y sororidad. No entender que hay mujeres trans que siguen sufriendo segregación es lo que lleva a comentarios como el de que van a violar a otras en las cárceles o en los baños».

¿Qué se siente al haber conseguido la aprobación de esta ley en el Archipiélago antes que en el resto del país? «La verdad es que ha sido un trabajo complicado y duro que comenzó en 2018 a través de un proceso participativo entre las entidades sociales LGTBIQ+ de toda Canarias. Yo recuerdo dinamizar una de las sesiones en Fuerteventura y teníamos mucha ilusión en ese momento. Queríamos ir a por una ley de máximos que reconociera a todo el mundo y no dejase a nadie atrás. Hoy, podemos tener una ley que es la vanguardia de España. La Ministra de Igualdad, Irene Montero, lo expresaba en muchas ocasiones en el Congreso. Creo que podemos sentir mucho orgullo, esa Canarias orgullosa que lleva como lema el Gobierno autonómico. Por fin no vivimos con una hora menos, tenemos diez años de avance social. Es cierto que la materialización y ejecución de la ley costará un poco, pero ahí seguiremos para luchar y reivindicar».

¿Cómo le gustaría concluir? «Para terminar, me gustaría decir a todas esas personas LGTBIQ+ que puede que nos lean que no están solas. Que pueden contar con una entidad como Diversas si creen que están pasando por una situación complicada. Hay profesionales detrás que les pueden apoyar de forma totalmente gratuita. Al final, cuando lo pasas mal, lo que más necesitas es que te tiendan una mano. A mí me hubiera gustado recibir ayuda en ese sentido. Por eso, quiero mandar un mensaje de apoyo y acompañamiento a toda esa gente».

 

Autora de la novela Vida (2020) y de muchos poemas y microrrelatos. Algunos de ellos son La bruja del pueblo, ¡qué arda en la hoguera!; Invasión neocolonial y Un globo a China. También bailo y disfruto de toda buena comida. Un fisco canaria, una mica catalana.

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