La belleza del territorio es parte de nuestra cultura. Foto: D. Esquivel Díaz

¿A mí qué me importa una tabaiba?

Opinión

Cuando era pequeña solía veranear en Playa Cardones, Arico. Todas las Semanas Santas y las vacaciones las pasaba allí de acampada con mi familia, jugando al escondite en la famosa Antigua Leprosería de Abades y buscando burgados en las fajanas con un cubo de plástico. Con el tiempo, cada vez éramos más y más acampando, tantos, que hasta había competencia por conseguir la primera línea de playa. Como era de esperar, las acampadas quedaron ilegalizadas debido a la cantidad de gente que ocupaba el espacio y la de residuos que se generaban.

Esto me enfadó mucho. Con once años solo podía cabrearme porque ya no dormiría viendo las estrellas, oliendo a humo de la chuletada y quemada por estar todo el día jugando bajo el sol, pero también entendí la necesidad de proteger el espacio para preservarlo.

Al año siguiente encontramos otro sitio para acampar, la Playa del Puertito de Adeje. Aquí fue donde vi mi primera tortuga marina y donde aprendí a hacer una fontana tirándome al agua… Aquella fue mi última acampada ahí.

Tiempo después se anunció un novedoso proyecto cerca del pueblo de Armeñime, que desciende hasta la Playa del Puertito, llamado Cuna del Alma. Se trata de un macroproyecto de lujo, impulsado por inversores belgas que ofrece «una exclusiva comunidad residencial de lujo ecológico» según indica su página web.  El enclave abarca una superficie de cuatrocientos mil metros cuadrados, que colinda directamente con espacios naturales protegidos como la Zona de Especial Conservación (ZEC) Franja Marina Teno-Rasca y el Sitio de Interés Científico (SIC) de La Caleta.

Como a cualquier persona canaria con un mínimo de respeto por nuestra idiosincrasia, me molestó. Me hice una pregunta que hasta el día de hoy sigo pensando: si nos pidieron renunciar a estos espacios para protegerlos, ¿por qué hay quienes sí transformarlos?

«Quizás la erosión más profunda no sea la del suelo, sino la de los vínculos que nos unen a él»

Hace unos meses asistí a la presentación del libro Magos, Mahúros, Mahoreros o Amasikes, del famoso activista Hupalupa. Durante el coloquio, una mujer tomó la palabra. Se expresaba con una mezcla de rabia y tristeza. Contó cómo veía desaparecer paisajes, senderos y rincones que habían formado parte de su vida por culpa de la masificación y la gentrificación, algo por lo que muchas personas no muestran preocupación al respecto. Y entonces pronunció una frase que se me quedó grabada: «Hay gente que piensa: ¿a mí qué me importa una tabaiba?».

Aquella pregunta no hablaba realmente de una tabaiba.

Hablaba de una forma de mirar el territorio. De pensar que una planta es solo una planta, que un barranco es solo un barranco y que una fajana es, posiblemente, un próximo beach club. Hablaba de la incapacidad de entender que los espacios naturales son mucho más que los elementos que los componen. Son los escenarios donde construimos nuestros recuerdos y nuestra identidad como pueblo.

Cuando pienso en Playa Cardones no pienso únicamente en arena y mar. Pienso en las noches de acampada con mi familia, en las carreras entre tiendas de campaña, en el olor de las brasas y en los burgados que encontraba. Cuando pienso en el Puertito de Adeje no veo solo una playa, veo la primera tortuga marina que observé y el lugar donde aprendí a tirarme al agua sin miedo, donde conocí el Atlántico.

Quizás el verdadero problema es que nos han enseñado a medir el valor de la tierra en metros cuadrados y no en recuerdos. Nos venden utopías de inversión, desarrollo y progreso, pero rara vez nos preguntan cuánto cuesta perder un lugar que forma parte de quienes somos.

Por eso sí me importa una tabaiba. Porque detrás de cada tabaiba hay un paisaje. Y detrás de cada paisaje hay historias, afectos, sueños y una identidad colectiva que no puede recuperarse una vez destruida.

 

Lo último sobre Opinión

Por amor al arte

Todo lo que emociona es una experiencia, sobre todo humana, que nos
Ir a Top