La naturaleza está llena de belleza. Foto: A. Guillén

Por amor al arte

Opinión

Reflexiono mucho sobre el arte, casi tanto como me gusta. Antes de tomarme el atrevimiento de hablar de él, cabe destacar que no lo hago desde la teoría, sino desde la intuición y el amor que le tengo. Siempre llego a la conclusión de que hay tantas definiciones como personas y que nadie tiene del todo la razón. Me gusta pensar que entenderlo así, de alguna manera, implica democratizarlo.

Como dice el profesor Keating en El Club de los Poetas Muertos: «No leemos y escribimos poesía porque es bonita, leemos y escribimos poesía porque pertenecemos a la raza humana, y la raza humana está llena de pasión». Si eso es cierto, el arte no es patrimonio de las élites, sino parte de lo que somos. Dicho esto, no consigo definir el concepto, pero sí tengo clara mi manera de relacionarme con él.

Me apasionan la Sagrada Familia,  La voz dormida de Dulce Chacón, Cosiendo la vela de Sorolla, LUX de Rosalía,  Apolo y Dafne de Bernini. No creo que alguien dude de que todas estas obras son arte, lo son en el sentido más estricto de la palabra, es indiscutible. Pero para mí la idea es mucho más amplia. Va más allá de la escultura, la arquitectura, la pintura, la literatura, la música, la danza y el cine. Porque hay otras cosas que me provocan la misma emoción.

«Me importa más la experiencia que el nombre»

Me conmueve el cielo, una conversación, el repiqueteo de la lluvia en el cristal, la luz reflejada en el mar, las flores, la forma en la que algunas personas abrazan, la Luna, la metamorfosis de una mariposa… Nada de esto entraría en ninguna definición seria de arte, lo entiendo. Sin embargo, yo confío más en lo que siento que en lo que dicen que debo admirar. Me viene a la cabeza la Rima IV de Bécquer: mientras haya gente que se mire, que se diga cosas en voz baja, que se quiera, «¡habrá poesía!».

Con esto no pretendo romantizar el Mundo, me parece importante tener consciencia de lo que nos rodea. Solo que en medio de tanta desesperanza, elijo ver algo de belleza. Quien encuentra bonito lo sencillo habrá hecho algo complicado, y en el contexto social actual, nos lo ponen más difícil que nunca.

No me atrevo a llamar a todo arte. La palabra justa podría ser otra, se me ocurren: belleza, emoción, estética… No lo sé. Pero me importa más la experiencia que el nombre. Y la experiencia es la misma. Por eso, para mí, el criterio para reconocer ese algo (se llame como se llame) es la emoción que despierta.

«Suelo dar las gracias cuando salgo de un concierto, de un museo, del casco histórico de la ciudad, del teatro, del cine o cuando termino de leer un libro»

Suelo dar las gracias cuando salgo de un concierto, de un museo, del casco histórico de la ciudad, del teatro, del cine o cuando termino de leer un libro. Agradezco a quienes hacen al resto testigos de su arte. Compartirlo es un acto de generosidad, porque admirarlo es una manera de sentirse en compañía.

Y es que el arte no solo se comparte, igualmente acompaña. Si es para mí lo que me emociona, también es, a veces, lo que me ayuda a soportar lo que duele. Rosa Montero, en La ridícula idea de no volver a verte, dice que el arte en general, y la literatura en particular, son armas poderosas contra el Mal y el Dolor. Aclara que las novelas no los vencen (son invencibles), pero nos consuelan del espanto.

Además, añade: «aplastamos carbones con las manos desnudas y a veces conseguimos que parezcan diamantes». Lo pienso cuando escribo: si transformo estas lágrimas en palabras, quizá duela menos la razón por la que caen. Aunque no sé si terminan pareciendo diamantes, o si se le podría llamar arte. El nombre es lo de menos. Lo que importa es que, de alguna manera, funciona.

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