Hay un momento del día que se repite más de lo que nos gustaría admitir: abrir los ojos, coger el móvil y ver que no hay ningún mensaje nuevo. Levantarse y no ver notificaciones de amistades, familiares o planes pendientes se ha convertido en una sensación incómoda para muchas personas, aunque estemos en un entorno lleno de conexiones constante. Esa ausencia de interacción inmediata puede generar una especie de inquietud silenciosa que acompaña el inicio del día y que, en muchos casos, influye en cómo se percibe el propio estado de ánimo desde primera hora.
Vivimos en una paradoja. Pasamos horas en redes sociales viendo cómo viven otras personas: fotos de planes, risas, viajes, grupos que parecen siempre activos. Y, sin embargo, muchas veces cerramos la aplicación con una sensación de vacío. No porque no tengamos gente alrededor, sino porque no sentimos esa conexión en nuestra propia vida.
A veces el día se convierte en una rutina silenciosa en la que el móvil es más compañía que la gente. Lo desbloqueamos una y otra vez, no para hablar necesariamente con alguien, sino para sentir que hay movimiento, que no estamos completamente desconectados del mundo. La psiquiatra Marian Rojas Estapé, ha señalado en distintas entrevistas que la sobreexposición a redes sociales puede aumentar la sensación de comparación constante y afectar al bienestar emocional.
«El uso constante de las plataformas digitales puede hacer que la soledad se perciba con más intensidad»
Y es así. Sin quererlo, empezamos a medir nuestra vida social con la de quienes nos rodean. «Ellos siempre tienen planes», «ella siempre está con gente», «yo no recibo tantos mensajes». Esa comparación alimenta una sensación de estar quedándose fuera de algo que parece que le ocurre a todo el mundo menos a quienes lo sienten así.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la salud mental no depende únicamente de factores individuales, sino también de las relaciones sociales y del entorno en el que viven las personas. Aun así, el uso constante de las plataformas digitales puede hacer que la soledad se perciba con más intensidad. Y es ahí donde el miedo empieza a crecer: miedo a no tener a nadie, a no encajar, a que el silencio del teléfono sea una señal de desconexión social.
Quizá el problema no es la soledad en sí, sino cómo la interpretamos. Estar solo no siempre significa estar vacío, aunque muchas veces lo sintamos así. Aprender a convivir con esos momentos sin convertirlos en algo negativo es parte del proceso de entendernos mejor.
Porque no hay nada más contradictorio que estar rodeado de conexiones y, aun así, sentir que no hay nadie.










