«Entre el clic y el cambio hay un trayecto que no se recorre solo con una publicación». Foto: PULL

El eco no es movimiento

Opinión

Vivimos en la era de la indignación instantánea. Un conflicto estalla al otro lado del Mundo y, en cuestión de minutos, las redes sociales se llenan de mensajes, historias, lazos digitales, reposts y lemas. Nunca había sido tan fácil posicionarse. Nunca había costado tan poco parecer comprometido. Y, sin embargo, pocas veces tan difícil convertir esa visibilidad en cambios reales en la sociedad.

Internet ha transformado para siempre la manera de protestar. Sería absurdo negarlo. Muchos movimientos sociales contemporáneos se organizan, expanden o fortalecen gracias al entorno digital. Las redes han servido para difundir abusos, conectar causas dispersas y colocar asuntos incómodos en la agenda pública. En ese sentido, el activismo digital tiene un valor evidente pues da altavoz, acelera la conversación y rompe silencios.

Pero una cosa es visibilizar y otra, muy distinta, transformar. Ahí es donde aparece el problema del clicktivismo, también conocido como slacktivismo. Una forma de activismo con una baja implicación en la que el compromiso se reduce a gestos mínimos, como firmar una petición, compartir una publicación, cambiar una foto de perfil o dejar un simple «me gusta».

No se trata de despreciar las redes, sino de ponerlas en sus casillas. El inconveniente comienza cuando confundimos el eco con la acción. Cuando creemos que por compartir una publicación ya hemos cumplido. Sin embargo, el compromiso termina donde empieza la incomodidad, es decir, al cerrar la aplicación. Dicho de otra manera: apoyan una causa solo mientras hacerlo es fácil y cómodo; cuando exige esfuerzo real, dejan de implicarse. Esto nos hace sentir parte de una causa sin exigirnos casi nada a cambio.

«La conciencia no puede medirse solo en clics»

Lo preocupante no es que exista activismo digital. Lo preocupante es que muchas veces se quede ahí. Ya ocurrió, por ejemplo, con acciones masivas en redes que lograron una enorme difusión. No obstante, también recibieron críticas por sepultar información útil o por convertir la solidaridad en un gesto más estético que político, como pasó con Blackout Tuesday en 2020.

La tecnosocióloga Zeynep Tufekci lleva años advirtiendo de que las redes permiten reunir a muchísima gente en poco tiempo, pero que esa velocidad también puede debilitar el trabajo lento que sostienen los movimientos duraderos que conllevan organización, estrategia y constancia. Micah White, cofundador de Occupy Wall Street, lo comparara con una comida rápida, reflexiona que parece activismo, pero que le faltan los nutrientes esenciales.

Amnistía Internacional ha defendido durante años que la movilización online puede ser útil e incluso decisiva en algunos casos, como ocurrió en campañas internacionales de firmas, pero no como sustituto de la presión sostenida, sino como herramienta complementaria.

«Las redes visibilizan, pero no sustituyen»

La historia no la cambian los algoritmos por sí solos. La cambian las personas cuando se organizan, se exponen, se sostienen unas a otras y ocupan el espacio público. La cambian quienes acuden a una manifestación, quienes hacen huelga, quienes presionan a las instituciones, acompañan a las víctimas o convierten una queja en una estructura capaz de sostenerse en el tiempo. La pantalla puede encender una chispa, sí, pero una chispa no basta para mantener vivo un fuego.

Por eso el debate no debería plantearse en entre elegir internet o la calle, sino de qué ocurre después del clic. Si una publicación lleva a la conversación, la conversación a la organización y la organización a la acción, entonces las redes habrán servido para algo más que para proyectar una identidad digital. Pero si todo termina en un post compartido y una satisfacción momentánea, no estaremos cambiando nada, solo consumiendo causas.

En una época obsesionada con una reacción inmediata, conviene recordar algo básico. Apoyar una causa no es solo decir que importa, sino demostrarlo. Y eso, casi siempre, empieza cuando dejamos el móvil a un lado y salimos a la calle.

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