Un agente de la Policía Local informa a dos jóvenes sobre la normativa vigente. Foto: PULL

El fenómeno de El Cuadrilátero: ¿violencia juvenil o inmadurez pospandémica?

Sociedad

Isaac Daniel, un joven natural de Tenerife, escribía en la madrugada del pasado 17 de octubre el siguiente tuit: «4:00 a.m. en El Cuadrilátero. El vídeo me lo han pasado. Llamar animales a todos los que participaron en esto, se queda corto…». Junto al texto de 280 caracteres, adjuntaba una prueba gráfica en la que se demuestra lo que las autoridades advierten que ocurre cada fin de semana en la conocida plaza lagunera: la excesiva concentración de jóvenes en un macrobotellón en donde se superan los decibelios con gritos, golpes y botellazos.

El Gobierno de Canarias decidió, el pasado jueves 21 de octubre, acabar con la situación decretando el área como «zona de riesgo para la salud pública». A las 20.00 horas del viernes 22 de octubre ya estaba el protocolo en marcha. La vigilia policial comenzaba a establecerse en las calles adyacentes. El vecindario, en vilo, otra noche más, a la espera de una solución efectiva. El objetivo: conjugar el derecho al ocio con el descanso vecinal.

La dinámica es simple. Desde las 22.00 horas, cientos de estudiantes se desplazan a diferentes comercios para hacerse con el ingrediente perfecto de la noche: el alcohol. El tintineo de las botellas de cristal en las ligeras bolsas de plástico es la antesala de lo que se experimentará en cuestión de horas, el desmadre juvenil. Siempre ha ocurrido. Generación tras generación, estudiantes de la ULL acuden cada fin de semana a estos bares y pubs con el objetivo de disfrutar de una noche de ocio. Sin embargo, algo ha cambiado. Ahora, la edad de quienes acuden a esta cita de sábado es cada vez más temprana.

«Rara vez ocurría lo que está pasando ahor


Carmen, una vecina que lleva más de 20 años viviendo en esta zona, explica que «cuando el ambiente era principalmente universitario, solo se trataba de ruido y de ambiente festivo, pero rara vez ocurría lo que está pasando ahora». La violencia, los hurtos, el daño al mobiliario urbano y los residuos que amanecen de resaca tras un sábado noche alocado es lo que realmente está causando una incesante preocupación al vecindario.

La inseguridad que se inspira ya no solo atormenta a las familias y a personas mayores. Paula es estudiante de Enfermería y, aunque habitualmente reside con su familia en Arafo, los meses lectivos vive como inquilina en un piso compartido de la zona. «Nada más terminar mis clases, me voy a mi otro lugar de residencia. Quedarse aquí supone despertarse cada media hora por las peleas que hay», explica. Los daños van más allá del insomnio: «Yo no tengo garaje y, hace varias semanas, el retrovisor de mi coche amaneció completamente destrozado».

Primer día del plan de actuación policial establecido por el Gobierno de Canarias como «espacio de riesgo de salud pública». Foto: PULL

En cuanto a comercios, bares y locales de ocio, cualquiera diría que están haciendo el agosto. «Estoy de esto, hasta aquí», relató el dueño de una de las cafeterías adyacentes al Cuadrilátero, mientras se tocaba la frente en un gesto de hastío. Otros profesionales de la hostelería, sin embargo, simplemente reconocían que los cristales y la basura que se generaba cada fin de semana era su gran dolor de cabeza. En lo que respecta a la venta de alcohol a menores, la reacción es incómoda: negación absoluta. No obstante, el Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna ya clarificó que han sido más de tres los locales sancionados por cometer esta actividad ilegal.

Quienes acuden a estas celebraciones, sin embargo, también son críticos con la situación. Silvia, una estudiante de Derecho, admite que, desde el mes de septiembre, suele frecuentar los bares del Cuadrilátero acompañada de sus amigas. «No es justo que a la juventud se nos asocie con las personas que solo buscan problemas. Al final, lo único que queremos es salir a pasar un buen rato», explica.

La espiral de la violencia


Juan Martínez Torvisco, psicólogo social e investigador de la Universidad de La Laguna, destaca como el alcohol, la influencia social y la noche son los tres factores que determinan lo visto cada fin de semana. “El individuo en soledad no presenta el mismo comportamiento que cuando va en manada. Y si eres contrario a las opiniones mayoritarias de tu grupo, acaban desplazándote’”, esclarece Martínez.

A la presión de la influencia social, se le suma el ansia de ocio tras un largo periodo de confinamiento: «La juventud quiere recuperar el tiempo perdido, y una vez tienen libertad, la confunden». Perciben la realidad social con sensación de invulnerabilidad, algo que se agrava con la ingesta de alcohol: «Para ellos no existe el peligro y la bebida alcohólica les incita a percibir la realidad de otro modo».

La Policía Nacional durante la detención a tres jóvenes en el Cuadrilátero. Foto: PULL

Marca Z, una generación inmadura


Bajo los efectos de la embriaguez, las personas se vuelven aún más viscerales. Surge, entonces, la llamada «espiral de la violencia». Martínez explica cómo «el individuo alcoholizado es vulnerable. De esta forma, cualquier cosa que le ocurra, ya sea un golpe involuntario, un empujón o un roce por parte de otro individuo, le afectará de manera exponencial». Es ahí donde empieza un proceso helicoidal que solo tiene una salida: la violencia.

La generación que ahora celebra botellones y ejerce la violencia constituye la «adolescencia de la pandemia». Un grupo social que, privado de experiencias de vida y harto de confinamientos y restricciones, tiene vacíos en el arduo proceso del desarrollo personal. Y serán los procesos incompletos los que se traduzcan en una inmadurez que los acompañará en su vida adulta. No han tenido el privilegio de equivocarse, enamorarse o desenamorarse. Tampoco han podido desarrollar un óptimo aprendizaje de las relaciones sexuales. Todas sus experiencias han pasado a un segundo plano, en favor de la salud pública.

Información realizada conjuntamente con Carla Domínguez López.

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