En seis meses cumpliré veinte años, y, al soplar las velas, siento que comenzará una cuenta atrás. En los próximos diez años, siguiendo la narrativa tradicional llena de expectativas, debería graduarme de la universidad, conseguir un empleo fijo en un puesto alto, comprarme una casa, escribir un libro, tener amistades, viajar por todo el Mundo, dominar cuatro idiomas, casarme y formar una familia. Sin embargo, en la situación actual, para la mayoría de la juventud estos ideales parece que ya no existen.
Aunque el contexto social y económico ha cambiado de manera drástica, las expectativas siguen siendo las mismas. Se espera que a los veinte años tengamos definida nuestra carrera profesional, contemos con experiencia laboral, y, sobre todo, que seamos independientes en el ámbito económico. Disponemos de una década para construir un camino sólido y alcanzar el éxito. La realidad, sin embargo, es distinta. Sueldos bajos, alquileres inaccesibles y estabilidad laboral casi inexistente.
En generaciones anteriores, esta etapa vital significaba la entrada en la adultez. A los veinticinco años, era común que, tras esfuerzo y sacrificio, tuvieras la posibilidad de acceder a un trabajo indefinido, obtener un préstamo hipotecario y considerar la posibilidad de tener hijos. Hoy, todo esto parece cada vez más lejano y una vida con la que solo puedes soñar desde la habitación de tu infancia.
“En Santa Cruz de Tenerife, el precio medio de un alquiler es de 1131 euros”
El mercado laboral ha cambiado, y el acceso a una vivienda digna se ha vuelto un lujo. Durante el último trimestre de 2024, el precio medio del alquiler en la provincia de Santa Cruz de Tenerife se situó en 1131 euros al mes. El Salario Mínimo Interprofesional es de 1184 euros. Esta desproporción contribuye a que la edad media de emancipación se haya elevado hasta los treinta años, frente a los veinticuatro años de media en la Unión Europea.
La promesa de que estudiar un grado universitario aseguraría el éxito profesional ha quedado obsoleta. Antes, una titulación era sinónimo de estabilidad y riqueza. Hoy, ese mismo diploma se ha vuelto vacío. Se ha transformado en una simple carta de presentación, un requisito más dentro de un mercado laboral saturado y precario, donde predominan los contratos temporales y los bajos salarios.
La independencia se ha convertido en un lujo al que no podemos aspirar debido a las escasas oportunidades que nos ofrecen. La vivienda, una necesidad básica, ha pasado a ser un bien inalcanzable para la mayoría. A menos que pertenezcas al privilegiado grupo de aquellos que, gracias a una popularidad efímera en redes sociales, tienen la posibilidad de acumular riqueza.
“La mayoría de la juventud no aspira a lujos ni a mansiones”
Es irónico que, en un momento en el que la población joven está más formada que nunca, el esfuerzo no garantice nada. España permanece en una continua fuga de cerebros. En 2013, durante la Gran Recesión, se calcula que alrededor de 460 000 personas migraron en busca de un futuro mejor, porque en su país no se tomaba en cuenta su formación. En 2022, la cifra se establece en 380 000 personas, lo que demuestra que el problema persiste.
Apenas el 14,8 % de las personas jóvenes viven fuera del hogar familiar, pese a las mejoras salariales y a la disminución de la tasa de paro. Sin embargo, habría que revisar la calidad de esos empleos que reducen la cifra. La lectora Sara García Martínez ya lo comentaba en una carta a la directora en el periódico El País: «Soy joven, tengo toda la vida por delante, llevo semanas con un tic en el ojo, pero no pasa nada porque soy joven. Me encanta ser joven, pero hoy significa precariedad, ansiedad, incertidumbre y soledad».
La mayoría de la juventud no aspira a lujos ni a mansiones. Lo que queremos es la seguridad de que el esfuerzo tendrá recompensa, que, con trabajo y sacrificio, podremos acceder a lo básico: vivienda y trabajo digno. Porque, como dice mi madre, ni de amor ni de ilusiones se vive.










