Carlos Ramírez Márquez retomó en 2018 el Grado en Historia que dejó en el 78. Foto: PULL

Carlos Ramírez: la jubilación como una oportunidad para volver a la universidad

ULL

Retomar el Grado en Historia y terminarlo siempre fue una aspiración a la que Carlos Ramírez Márquez no quiso renunciar. Comenzó a cursarlo en el 77, un año enmarcado en fuertes protestas sociales y estudiantiles, pero tuvo que dejarlo debido a circunstancias familiares habiendo completado el primer curso. A partir de ese momento, se dedicó a trabajar e hizo el Servicio Militar. Décadas más tarde, ya prejubilado, se matriculó en la ULL para el curso 2018-19. A sus casi 63 años, preparado para empezar Cuarto en pocos meses, su experiencia en la carrera es más que positiva.

Con energía y recién salido del gimnasio, Ramírez expresa que tras la jubilación «no buscas solo ocupar tu tiempo, sino vivir una vida que te vaya enriqueciendo diariamente. Estudiar, hacer deporte… a mí, por ejemplo, me encanta la cocina». Además, está convencido de que, después de más de 35 años trabajando en el comercio, se deben aprovechar y disfrutar las oportunidades que van surgiendo. «Si te respetan las enfermedades, todavía te quedan muchos años por delante. No es cuestión de vivirlos en un sillón consumiendo telebasura», reflexiona.

El reto y el placer de formarse


Se decantó por volver a estudiar Historia ya que, para él, era un proyecto por terminar. Admite que a cierta edad es más complicado retomar el hábito de estudio y se necesita más concentración porque «es como si tu cerebro se hubiera quedado vacío y tienes que empezar a llenarlo de nuevo. Es un corte y, digamos, cuando vuelves a conectar el enchufe y vuelve la electricidad, hay que tener cuidado porque te puede dar un calambrazo».

Pese a ello, a Ramírez le gusta mantenerse activo y exponerse al reto, que también identifica como un placer, de aprender. Además, considera que «los cursos de la Universidad para mayores son muy light. Creo que la Universidad no está incentivando que ese grupo de gente se matricule en una carrera normal». En parte, opina que puede deberse a que la institución está orientada sobre todo a quienes acaban de salir de la EBAU y buscan salidas profesionales casi inmediatas.

Recuerda que, en varias ocasiones, fue un choque encontrarse en una aula con personas mucho más jóvenes que él. «El primer día, al entrar a clase, me preguntaron si yo era el profesor. Al principio la gente se queda un poco extrañada, pero luego nos vamos conociendo, se van viendo las circunstancias y todo es una normalidad» en la que es capaz de aprender del resto y viceversa, creando un ambiente de retroalimentación.

«Tenemos inquietudes y es una manera de eliminar el prejuicio de que ya no se hace nada al dejar de trabajar»


Según manifiesta, y también porque tiene amistades que, como él, deciden estudiar pasados los 55 años, la Universidad debería dirigirse con más ahínco a ese sector poblacional y atraerlo. «Es una segunda juventud que tenemos. No existe la meta de que esa carrera tenga una proyección profesional, pero en la dimensión personal sí. Tenemos inquietudes y es una manera de eliminar el prejuicio de que ya no se hace nada al dejar de trabajar».

Si bien es cierto que en su momento quiso dedicarse profesionalmente a la Historia, hoy piensa que será algo positivo y enriquecedor para su vida y formación, al margen del trabajo. Sus metas actuales son alimentar su curiosidad, bagaje cultural e, incluso, sus conversaciones, que se limitan cada vez menos a temas banales.

Desde su punto de vista, es posible que otras personas de su edad no se acerquen tanto a la Universidad «porque les da un poco de miedo matricularse, sentarse con gente joven y sentirse como de otro mundo, eso les echa atrás». También, debido a que, a menudo, disponen de menos tiempo para dedicarse íntegramente al estudio, ya sea porque trabajan, tienen personas a su cargo o deben ocuparse de atender la casa. Es por ello que, aunque recomienda que cualquiera que quiera estudiar a una edad avanzada lo haga, considera importante que los estudios no supongan un motivo de estrés añadido, y que se comiencen partiendo de la estabilidad.

«No es cuestión de admiración, sino de ilusión e interés»


En su caso, aunque tiene una situación económica estable, su hija ya es mayor y su esposa sigue trabajando, sucede algo parecido entre la actividad física y el cuidado del hogar. «Yo ahora tengo menos tiempo que cuando trabajaba, mucho menos. Es maravilloso levantarse por la mañana y decir: bueno, hoy tengo clase, tengo un examen, tengo que hacer un trabajo. Coger libros, leer, entrar en Internet. Estar continuamente en actividad. Mi vida es así, afortunadamente».

Ramírez insiste en que comenzar una carrera después de los 50 «no te va a aportar nada negativo, sino todo lo contrario. El tiempo que tardes da igual entre comillas, pero sí hay que ir con ilusión a clase». De hecho, explica que muchas personas de su círculo se sorprenden para bien de que continúe estudiando. «El comentario siempre es el mismo: jo, fabuloso, genial. Hay quienes hasta te dicen: fua, te admiro. No es una cuestión de admiración, es que, si quieres, lo puedes hacer, siempre y cuando tengas interés».

El movimiento estudiantil de los setenta


Aunque fuera durante un año, Ramírez pudo vivir el ambiente universitario del curso 77-78, que se enmarcó en un periodo muy convulso, cargado de protestas sociales. «Había un movimiento estudiantil muy fuerte, muy potente, muy aglutinador. Tirabas y si había que hacer una manifestación, una huelga o lo que fuera, vamos, tenía una capacidad de convocatoria brutal. En aquella época había una rama que estaba muy influida también por el Movimiento Para la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario (MPAIAC)», rememora.

Es por ello que, al compararlo con el contexto actual, encuentra que «el espíritu universitario ha desaparecido. No existe una mentalidad universitaria, solo gente que está matriculada». Es más, opina que «el estudiantado hoy, en la Universidad, no tiene una representación real. Está todo muy disperso. Al final resulta que el alumnado no tiene la capacidad de elección. Hay un corporativismo que hace que montones de planteamientos y necesidades se mueran ahí. Cuando llega el momento, existe una mayoría aplastante por parte del profesorado y de los claustros, que solo se nos acercan en periodo de elecciones».

«Hablando de tiros… ¿te suena un chaval que se llamaba Javier Quesada?»


No obstante, encuentra que es algo normal, debido a que durante su primera etapa universitaria se vivió el contexto de la Transición, el cual propició que el alumnado se movilizara y protestara con más fuerza y unidad. En la actualidad, la Universidad se ha descentralizado, mientras que antes «La Laguna era un hervidero de estudiantes en los bares. Había un ambiente muy universitario en la Heraclio Sánchez y en la Trinidad. Eran todo negocios de fotocopiadoras, bares, lavanderías. Por ahí iban los tiros. Hablando de tiros… ¿te suena un chaval que se llamaba Javier Quesada?».

Quesada, un joven que estudiaba Biología en la ULL, fue asesinado en 1977 por la Guardia Civil durante una protesta dentro del Campus Central. Ramírez, que vivía al lado del lugar, se encontraba «a 100 metros de él. Vi el momento en que entró la Policía Nacional y, después, la Guardia Civil. Vi el momento en que mataron a Javier. Entraron por la puerta trasera del colegio mayor San Fernando, pusieron la rodilla y abrieron fuego con los fusiles que utilizaba el ejército en aquel momento. Dispararon aproximadamente a unos 50 metros. No sé si fue un rebote de bala, pero no era para ir ahí a pegar tiros, eso está claro».