Las celebraciones populares pueden ser una oportunidad para aumentar la cohesión social. Foto: PULL

Que viva la fiesta

Opinión

Cada año por estas fechas, el mes de mayo da el pistoletazo de salida a la temporada de festejos populares en la isla de Tenerife. Con la Romería de Tegueste marcando tradicionalmente el inicio del calendario, las plazas se llenan de música, color y folclore. Pero hay algo más allá de lo superficial que escapa a nuestra mirada. Al contrario de lo que pudiera parecer, esta etapa de celebración me sirve como un momento de reflexión.

Las fiestas populares son la excusa perfecta para reencontrarse. Atraen a la población que se marchó hace tiempo del barrio o del pueblo y movilizan a quienes viven allí pero apenas coinciden en el día a día. Durante los festejos, la gente recupera la calle, charla cara a cara y comparte lo que ha pasado en el último año.

Nos miramos a los ojos y, en un contexto positivo, hablamos de los problemas que nos afectan. En un mundo tan individualista, donde el éxito se mide por la autonomía personal y la autosuficiencia, este ejercicio de sinceridad compartida tiene un peso enorme. Reconocerse en la otra persona y validar las dificultades de la vecindad no es solo un acto de empatía, sino una forma de resistencia frente a la soledad del cada uno a lo suyo que impera en la modernidad.

«Vivimos en la época de la atomización social. Este proceso desintegra los vínculos comunitarios y deja al individuo aislado»

Vivimos en la época de la atomización social. Este proceso desintegra los vínculos comunitarios y deja al individuo aislado, como un átomo separado de un cuerpo mayor que pierde la protección y el sentido de la colectividad. Según los últimos datos del CIS, la participación activa en organizaciones sociales cayó a mínimos históricos y se sitúa en el 22,3 %. A la par, aumenta la soledad no deseada. Este fenómeno ya no solo afecta a las personas mayores. Ahora se extiende como una epidemia silenciosa entre jóvenes y personas adultas que, pese a la hiperconexión, carecen de redes afectivas en su entorno físico.

¿Cómo puede la fiesta popular protegernos de este aislamiento? Gracias a las comisiones de fiestas. Su trabajo consiste en organizar los festejos para abrir un espacio común para celebrar. Esta colaboración es lo que el sociólogo Robert Putnam define como capital social: las redes y la confianza que nos ayudan a organizarnos por el bien de todo el mundo.

Como resultado de este trabajo colectivo, las comisiones transforman nuestras plazas en lo que Eric Klinenberg llama «palacios del pueblo». Las fiestas convierten el espacio público en esa infraestructura social básica, un escenario vivo donde la música y el encuentro permiten que la gente conecte de verdad. Esta convivencia se extiende el resto del año gracias al uso de los locales comunitarios de la asociación.

La fiesta es una oportunidad para recuperar los lazos rotos. Sirve para transformar nuestra realidad en una menos individualista en la que nos vuelvan a importar el resto de las personas. Por eso, que viva la fiesta. Es la oportunidad que no debemos desaprovechar para mantener abierta esa puerta a lo colectivo que cada año se vuelve a inaugurar justo cuando parece que el individualismo está a punto de cerrarla por completo.

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