La historia de Francisco Elá, el abogado que abandonó Guinea para sobrevivir. Foto: Leo J. García

Vivir para contarlo

Sociedad

Francisco Elá Abeme lleva casi cuarenta años en el mundo de la abogacía, con más de cinco mil casos a sus espaldas, la mayoría con resoluciones favorables. Es uno de los abogados penalistas mejor valorados de España pero, para vivirlo y contarlo, tuvo que sortear antes un mar de conflictos y huir de su país. Con veintiséis años logró escapar de una muerte segura por no comulgar con los ideales del gobierno de Guinea Ecuatorial.

Su vida no ha sido fácil. Llegó al mundo cuando su padre celebraba su ochenta cumpleaños, con cuatro mujeres y un reguero de hijos. Recuerda que su progenitor «buscaba con locura un varón en casa». Lo consiguió gracias a su madre, una joven de apenas veinticuatro años que, pese a su analfabetismo, siempre supo inculcarle el valor de los estudios para alcanzar una vida con mejores frutos.

La política ha sido siempre una de sus grandes pasiones. A los quince años comenzó a participar de forma activa en la organización social de su pueblo. Su posición ideológica en aquellos tiempos, defensora a ultranza del partido de Atanasio Ndongo, lo convirtió en enemigo del régimen de Francisco Macías Nguema, lo que le obligó a tirar la toalla y desistir de su intento por dibujar un mejor futuro para su gente.

El 11 de agosto de 1968 se celebró el referéndum sobre la constitución de una Guinea Ecuatorial libre e independiente de la batuta española, dirigida en aquel entonces por Francisco Franco. Un 65 % de los guineanos apoyó la carta magna que dio paso a las primeras elecciones con supuestos tintes democráticos del país africano. Un mes más tarde, Macías fue proclamado el primer presidente del Estado centroafricano, apoyado por varias formaciones nacionalistas. En octubre llegó la tan esperada independencia para una población ilusionada por emprender, sin el yugo español de por medio.

Francisco Elá, emocionado al recordar su juventud. Foto: L. J. García

Recuerda la transición como una etapa agridulce: «Se firmó la independencia pero elegimos a un gobernante equivocado, que no querían ni los guineanos ni los españoles. Se convirtió en presidente porque tuvo la habilidad de reunir los votos suficientes para ganar las elecciones en la segunda vuelta, en los comicios de 1969». El objetivo español en aquel entonces era mantener una estrecha colaboración con el Gobierno saliente de aquella cita electoral.

Carrero Blanco había diseñado una serie de inversiones para reforzar la unión del pueblo guineano con los intereses españoles, mediante fondos ahorrados a través de los sindicatos madereros, de cacao y café. Las tensas relaciones entre los dos gobiernos bloquearon estas ayudas, fundamentales para generar un futuro próspero para la población guineana. Esto provocó una revuelta interna, incluido un intento fallido de golpe de estado contra el presidente de la época.

Pese a la situación convulsa que se vivía, sobre todo para aquellos opositores del Gobierno entrante, logró hacerse con una beca para formarse como diplomático en Camerún. Aprovechó la oportunidad «sin miramientos» aunque la experiencia solo le sirvió para reforzar sus ideales y criticar abiertamente lo que consideraba «un gobierno asesino y opresor». Regresó a su país ya convertido en un verdadero peligro para los intereses del presidente, marginado y apartado de todas las asignaciones gubernamentales, en embajadas y consulados. Para impedir su huida, las fuerzas de seguridad le retiraron el pasaporte y, con ello, sus aspiraciones de alcanzar una nueva beca para cursar estudios económicos en Europa.

«Abandoné mi país huyendo de una muerte segura, dejando atrás a mi madre y a mi bebé de nueve meses. Fue muy duro»


En 1971 tomó la decisión de abandonar Guinea Ecuatorial rumbo a Canarias. Tenía 26 años y lo hizo dejando atrás a un bebé de apenas nueve meses, a su mujer y a su madre, a la que nunca volvió a ver con vida. «Me despedí de ella, pidiéndole disculpas y anteponiendo mi formación frente al resto», relata emocionado. Fue su salida a una situación política insoportable, donde se ahogaban a los opositores y se condecoraban a los acólitos del Gobierno. Aquella fue la última vez que vio a su madre con vida porque murió cuatro años más tarde de un derrame cerebral. La pequeña de nueve meses que dejó tras partir rumbo a España logró salir del país siete años más tarde. Hoy vive en Canadá, con varios nietos.

Su viaje a España fue toda una odisea. Pese a su corta edad comenzó a impartir clases a personas mayores en un Instituto, en su mayoría altos cargos del Estado. Recuerda con nostalgia que uno de sus alumnos, Valentín Etame, se comprometió a hacerle el pasaporte y obtenerle el visado, «una ayuda sin la que nunca hubiese podido abandonar mi país». El viaje de huida lo hizo en el buque Ciudad de Pamplona. Le costó tres mil de las antiguas pesetas y duró nueve días. Su perfil pacífico y dialogante le salvó de un arresto inminente porque «jamás pensaron que llegaría a escapar para sobrevivir y contarlo».

Recuerda con una sonrisa la suerte inmensa que tuvo para poder huir de África: «Me topé con un médico de Santa Cruz de Tenerife, un ángel caído del cielo que me escondió en su camarote para no ser visto por las fuerzas policiales de la dictadura». El once de septiembre de 1971 logró embarcar, tras conseguir la documentación necesaria. Subieron a buscarle con una orden gubernamental, «para capturarme, juzgarme, y casi con total seguridad apalearme hasta acabar con mi vida», sentencia Francisco Elá. No lo encontraron. A bordo del buque español ya estaba en territorio internacional así que no consiguieron retenerlo.

«Llegué a Tenerife sin apenas recursos y, gracias a un paisano, logré convertirme en jurista y formar una familia»


Ocho días más tarde llegó por primera vez a las Islas Canarias, con las manos vacías, sin recursos, pero con la mochila cargada de optimismo y templanza. Recuerda que un paisano suyo, Eulogio, lo encontró y le ofreció hospedaje en una pensión familiar. A la mañana siguiente se fue con la documentación traída desde Guinea a la Universidad de La Laguna y consiguió matricularse en Derecho. Sorprendentemente afirma que no tuvo que presentar documentación alguna, pues tenía carta de recomendación. Recuerda que era el único negro de su clase y subraya con total seguridad no haberse sentido nunca discriminado y desplazado por su color de piel o procedencia.

Franco le había concedido una beca para que estudiase pero ese apoyo económico resultó incompatible con su situación de persona apátrida. Guinea Ecuatorial le había retirado la nacionalidad y España tampoco le otorgaba la suya «para no generar crispaciones con el país africano». Gracias al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) logró continuar sus estudios e independizarse. Para costear la recta final de su formación universitaria trabajó en el sanatorio psiquiátrico de la capital tinerfeña, donde conoció a su esposa Dulce María. Con ella tuvo cuatro hijos, todos residentes hoy en Tenerife. En 1980 y después de muchas dificultades cumplió su anhelado sueño: titularse en la licenciatura de Derecho.

El abogado guineano, en su residencia de La Laguna. Foto: L. J. García

El abogado tinerfeño, al margen de la batalla de intereses internacionales por el control de minerales, como el coltán o la bauxita, y la férrea dictadura, mantiene su oposición política en redes sociales. Dice que lo hace «por dignidad», porque se mantiene firme en sus convicciones e ideales y porque, afirma, «lucharé con ahínco por unas elecciones libres, que nos devuelvan la libertad y la justicia que un día nos arrebataron».

Después de toda una vida en el exilio afirma con total convencimiento su intención de regresar y optar a la presidencia del gobierno guineano para honrar a todos los caídos. Su mensaje sigue coincidiendo con el de su juventud: «Antes de morir me gustaría llevar la democracia a mi país». Para lograrlo no descartaría encabezar una hipotética lista electoral para optar a la presidencia, una realidad que aceptaría «con total orgullo y pleno convencimiento».

Fraternidad desde la distancia


La comunidad guineana en Tenerife la conforman unas doscientas personas, la mayoría exiliados del régimen africano. Desarrollan una intensa labor socio-cultural en la Isla a través de la Asociación de Ecuatoguineanos en Tenerife, Asoget, un colectivo apolítico pero muy crítico con la realidad económica y social que vive hoy su país natal. Dirigen un importante número de actividades a lo largo del año: foros temáticos en torno al racismo, la pobreza y la cultura africana, entre otros. También impulsan seminarios e incluso cursos formativos en colaboración con la Universidad de La Laguna. La Caja de Resistencia Migrante de Tenerife, ideada para recaudar fondos en favor de los guineanos más desfavorecidos en las Islas durante el periodo de confinamiento, fue la última acción firmada por la entidad.

La entidad tiene como principal objetivo ayudar a la comunidad guineana en Canarias, facilitando recursos y generando círculos de convivencia. Francisco Elá, vocal de la misma, describe a sus compatriotas tinerfeños como «unas personas muy formadas y preparadas para volver a su país y posibilitar la democracia allí». Afirma que la lucha política para devolverle la libertad a su país de origen está «más viva que nunca» y que no cesará en el empeño de derrotar a la dictadura actual para que se convierta en historia «lo antes posible».