Encontramos cosas que no tenemos en casa pero que nunca podremos llevarnos de vuelta. Foto: S. Carballo

¿Qué buscamos viajando?

Opinión

Las razones típicas que invitan a viajar pueden ser, por ejemplo, una excursión del colegio. En sexto de Primaria fuimos a Asturias y Cantabria, siendo de Lanzarote, la primera vez que veía tanto verde. También están las inmersiones lingüísticas. Fui a un intercambio de una semana en Rosenheim, Alemania. Campo hasta más no poder, casas tradicionales alemanas como las del pueblo de la Bella y la Bestia (era Francia pero cerca de la frontera). También cruzamos la frontera con Austria para visitar Salzburgo, la ciudad de Mozart. Luego tenemos los viajes de familia que para mí son fines de semana en Fuerteventura. Las mejores playa de Canarias, exceptuando Famara en Lanzarote (no me importa lo que digan).

Viajes para conciertos, en los que todo gira alrededor de tu ídolo pero si tienes la suerte de no ir directo al aeropuerto, recuerdas que tienes Madrid delante de ti al terminar el Eras Tour. Viajes con amigos, estos son la verdadera locura. Visitar las ciudades de tus amigos, esa es la oportunidad legendaria de ver un lugar como solo alguien de allí lo haría. Así pude conocer Gran Canaria y Granada. Están los viajes a los sitios que siempre quisiste ir: Londres, París, Madrid, Nueva York. No es que haya ido a todos, ni mucho menos.

Están los viajes de temporada baja, imprevistos, un ofertón de principios de año. Así llegué a visitar Londres, donde recordé la sensación que solía perseguir al viajar. Podríamos decir que es ir a un lugar donde, aunque sepas inglés, no entiendes nada de lo que dicen. Y ellos a ti tampoco. Poder ver los edificios míticos como el Big Ben. Visitar aquellos sitios que siempre has escuchado nombrar como Chinatown. Ver los lugares que viste en películas como Notting Hill…

«Me encanta haber llegado hasta aquí»

Sin embargo, aunque increíbles, las mejores sensaciones de viajar no fueron esas. Fue llegar a la parada de Westminster y no darte cuenta de que está el Big Ben a tus espaldas. Ir corriendo de un lado al otro en Saint Pancras Station y tener la ligera posibilidad de acabar en Bruselas porque no hay quien descifre las líneas de metro (aunque en realidad lo conseguimos). Salir corriendo de un ferry en el Támesis antes de acabar en las afueras de Londres, porque nadie te avisó de que el viaje de vuelta también se paga. Y por eso, tener que coger una línea cualquiera de metro que resulta ser la DLR  al aire libre y acabar teniendo un tour inesperado entre edificios y distritos de Londres. 

Todo eso me recordó a cuando nos llevaron a una isla en un lago de Rosenheim, en Alemania. Estaba con amigos en una zona preciosa con casas rodeadas de jardines y un sendero que nos llevaba hasta un muellito. Al igual, me vino a la cabeza cuando estaba en medio de un puente en el río Salzach en el centro de Salzburgo. En esas tres ocasiones pensé dos cosas: «¿En dónde coño estoy?” y “me encanta haber llegado hasta aquí». 

En realidad, para mí, ese es el sentimiento de viajar. No tener idea de dónde estás parado pero estar encantado de estar allí. No por tener la vista más espectacular frente a tus ojos ni por la arquitectura icónica o la trascendencia histórica. Sino por la aventura de haber llegado hasta allí. Es la sensación de estar perdido pero no del todo. Estar de pie en una esquina, mirar al horizonte de la ciudad y decir: «No conozco a ninguna de estas personas ni ninguno de los rincones de este sitio, pero me encantaría hacerlo». Es la posibilidad infinita de un lugar que no conoces en absoluto.

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