Por las calles de Errachidía

Sociedad

La melodía de los pájaros, la brisa de la tarde que acaricia tu cara, el cielo rosado con risas de niños al fondo. El olor a tierra mojada en un territorio desconocido. Todas esas sensaciones son habituales en Errachidía, una pequeña aldea de 300 habitantes ubicada al sureste de Marruecos. En este poblado, que guarda un pasado militar, predominan las dunas y los paisajes fascinantes. Incluso, se aprecian camellos y animales deambulando por la carretera. Se escuchan varias lenguas y se observan miradas llenas de amor y humildad. De esos sitios que te sanan el alma si estás triste apenas llegas.

Es fácil desvincularse del ruido en el que se suele estar absorto al arribar a esta comunidad. Desprenderse de ese bullicio que causa la inadvertencia de los placeres cotidianos que hoy resultan ser un lujo. Como el simple hecho de respirar aire fresco, de abrazar a un familiar o de movilizarse sin restricciones.

Dentro del contraste entre montes, zonas desérticas y vegetación se encuentran pueblos con seres espléndidos. Practicantes de principios de vida excepcionales. Su esencia comunitaria sugiere que han aprendido a vivir como iguales: compartiendo trozos de pan y gotas de agua. Acciones que, por elementales, olvidadas.

Un día de juegos y risas con la sociedad marroquí de Tazouca. Foto: D. Deyán

En esta localidad se respira un aire distinto. No se utilizan gafas para mirar el horizonte desde una óptica egoísta. Distinguen las casas hechas con barro y las bicicletas reparadas por un sinfín de generaciones. Al adentrarse por sus angostas calles, se percibe el olor a pan recién hecho sin ninguna instrumentaría sofisticada.

Errachidía fue construida a principios de siglo XX al estilo militar. Foto: D. D.

La labor que cumple cada integrante de las familias es admirable. Destaca su gastronomía, que fusiona la delicia y la belleza. Su esmero en generosidad se evidencia en consignas como «donde come uno, comen cien».

Plato de comida típico al estilo marroquí. Foto: D. D.

«Yo también fui un niño»


La iniciativa surge con el fin de sentar las bases para alcanzar un futuro deseable y proporcionar acceso a la educación. Haddani Abdelali, fundador y responsable de la admisión de voluntarios y Redouane Issoummer, creador y encargado de logística, crearon un colegio hace nueve años, en 2012. Con su testimonio y lema «yo también fui un niño», querían que el pueblo tuviera una formación distinta a la suya. En la casa de estudio, que aporta tranquilidad antes de entrar, crecen a ojos vistos obras fruto de turistas que han dejado marcada su tinta.

La marca abismal que deja en el corazón


Enseñar idiomas, practicar alguna asignatura, pintar, cantar y componer obras son algunas de las actividades que se realizan en estas citas. Pero, quizá, una de las cosas más seductoras de estos encuentros es la marca abismal que deja en el corazón. La posibilidad de diferenciar entre un antes y un después.

El colegio creado por Initiative Association en 2012 es el único en la aldea. Foto: D. D,

«No vas a ir a resolver problemas como si en esos lugares los tuvieran» 


Sobre las lecciones que comparte subraya que «no vas a ir a resolver problemas como si en esos lugares los tuvieran, sino a descubrir, durante el camino, que, quizá, eres tú quien tiene retos que afrontar». Destaca el arenal de Merzouga, la perla del desierto del Sahara en Marruecos. El color anaranjado de la arena y los atardeceres presenciados representan un recuerdo indeleble en su memoria.

Del mismo modo sucede con la retroalimentación al conversar con personas de habla bereber, un conjunto de etnias provenientes de África del norte. Suelen tener numerosas historias de expediciones y de temporadas caminando sin rumbo por la inmensidad del baldío. Son capaces de comunicarse en varios lenguas debido a la afluencia de trotamundos que conviven en sus tierras.

«No tenemos actitudes egoístas con lo que nos sobra»


¿Por qué piensas que la pobreza es mala? Es la interrogante que plantea un residente. La acepción no solo se refiere a la riqueza material. Incluye la falta de valores y la carencia en el alma. No se puede negar la situación desfavorecida que se padece, pero se puede relatar la opinión matizada de un ciudadano marroquí.

Son amplias las teorías sobre el resentimiento prolongado hacia los países del llamado primer mundo. Empezando por la explotación de su abundancia y la rentabilidad que se genera a partir de ella. Sin embargo, coexisten posiciones divergentes. Una filosofía que responde con una lección estremecedora. «Disfrutamos de todo y lo sabemos. No poseemos codicia por el dinero, no nos falta sustento, y tampoco tenemos actitudes egoístas con lo que nos sobra», concluye el poblador.

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