Según Vice Media Group, el 60 % de las personas de 20 a 30 años tienen una relación inestable. Foto: PULL

El imperio de lo efímero

Opinión

Una vez escuché decir a Pep Guardiola que «no se sabe cómo acaban las cosas, pero sí cómo quieres empezarlas». El proyecto de vida de todo individuo se fragua desde la prematura infancia, aunque no siempre de forma paciente y escalonada. A veces queremos que todo ocurra a una velocidad de infarto, casi imperceptible para la capacidad de asimilación de nuestro cerebro. Somos auténticos hooligans de la vida: anhelamos poder lograrlo todo con brutalidad, lo que nos hace carentes de cualquier habilidad reflexiva.

Las personas jóvenes, sobre todo, tenemos más premura para independizarnos o enamorarnos. Es por ello que adolecemos la gripe de la imprudencia, pues nos lanzamos a la piscina sin conocer su profundidad. Pero, ¿qué sería la vida sin el rasgo inherente de la equivocación? Pese a que nos pertenece desde el nacimiento, debemos buscar el equilibrio.

«La pubertad es el más importante eslabón de la interacción con los demás»

Cierto es que cuesta encontrarlo, y lo muestran las relaciones amorosas de nuestra generación. El temor a la soledad encierra la felicidad en el cajón de los trastos. Nos desesperamos por palpar al otro y a la otra para comprobar que es nuestro semejante, la persona correspondida con la que queremos sazonar la insípida individualidad.

Una prueba de ello, según El Mundo, es que el 46 % de los varones reconoce que tuvo su primera relación entre los diez y los trece años. Es decir, al mismo tiempo que respondíamos qué queríamos ser de mayor, nos inquietaba la fiebre del querer iniciar un noviazgo. Por otra parte, hay casos en los que se banaliza la importancia de la pareja y, en consecuencia, la consideramos una materia de consumo inmediato y no fructífero.

De esta manera menospreciamos los pros que puede aportar la otredad, los beneficios de tener un confidente con quien compartir momentos de sosiego e intranquilidad. En ocasiones, no intentamos enriquecer o invertir esfuerzos en salvar la relación. Más bien, la mente centra su visión en ahogarnos en la jarra de la indiferencia.

Como toda experiencia, hemos de analizar y ser conscientes de con quién estoy viviendo esto, o por qué lo disfruto o sufro con esa persona y no con otra. Existamos con actitud sin olvidar la aptitud.

No solo es la redacción periodística lo que me cautiva. Es también el deseo de conocer y transmitir, de dudar e investigar, de interactuar con la gente. Pero, sobre todo, tengo en mente aprender y sumar mi granito de arena a la sociedad. Por ello y mucho más, ¡adoro el periodismo!

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