Un arma que se convertirá en su mejor escudo, un puente hacia mundos mejores que el nuestro. Foto: PULL

A favor de las armas

Opinión

O, mejor dicho, a favor de una sola: la literatura. Qué bonito es llegar a un lugar común cuando en ese vergel de tópicos aún los frutos permanecen maduros. Lo habrá oído una y mil veces, pero permítame insistir: ármese con un libro. Llévelo en el bolso, bajo el brazo, en la talega del pan o en el bolsillo si le cabe: nunca sabe cuándo podrán atacarle. Si, por ejemplo, asoma por la esquina un vil anglicismo, con pintas de matón y navaja en mano, aférrese bien al libro en cuestión y, sin importar si su tapa es dura o blanda, golpee con todas sus fuerzas. Con suerte, el quinqui de turno se dará por vencido.

Tampoco se preocupe demasiado por sus prejuicios. Que usted se haya vacunado con la prosa iberoamericana no quiere decir que no acepte en su casa a algún que otro extranjerismo desinteresado. Cuando lo haya sentado en su sillón y, solo por si acaso, revise de nuevo en su memoria lingüística para comprobar que efectivamente aquel visitante raro de pronunciar viene a sumar y no como un bicho parasitario. Supongo que esa es la mejor síntesis: procure que todo lo que le rodea venga a su mar.

Cuando nos embarcamos por primera vez en el océano de palabras, todo resulta ajeno y enrevesado. La algarabía y el bullicio de los comienzos se traduce en una marejada de símbolos que encriptan significados. «La eme con la a, ‘ma’«. Qué cansino todo. Sin embargo, cuando ya de adultos nos sumergimos en la lectura como hábito y placer, todo sigue resultando ajeno y enrevesado. Eso es lo bonito de la literatura. Ella no viene a salvarnos ni a darnos respuestas, sino que somos nosotros los que nos asomamos a ella en busca de nuevos interrogantes. Y no es fácil: requiere de esfuerzo y compromiso. El problema es que cuando nos hemos acostumbrado a vivir entre dédalos y preguntas, difícilmente podremos recuperar nuestra anodina cotidianeidad.

Por eso, ármese con un buen libro. Lea a Hemingway, Dante, Lorca, Victor Hugo, Márquez, Kafka y Woolf. Le aseguro que cuando se deje invadir por el poder de lo literario, no será capaz de apretar un gatillo, ni de humillar al que se equivoca, ni de someter al pobre, ni de comportarse como un viejo carca intolerante, ni de practicar la homofobia o el sexismo. En tiempos convulsos, no vote ultraderecha, simplemente lea. Con la literatura habrá vivido tantos mundos, tantas historias, que no habrá espacio para el odio ni la insolencia en su pecho. Serán tantas las figuras retóricas que lleve grabadas en el alma que de pronto su arma se convertirá en su único escudo. Contra las soflamas, contra los atentados depauperantes de la lengua y, sobre todo, contra su propia desidia… Úsela bien.

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