Hace meses que esta frase me ronda la cabeza. Hace meses que temo ese futuro no tan lejano que se aproxima poco a poco. Cada vez veo más en redes sociales a mujeres manifestando abiertamente que no se consideran feministas y, sinceramente, me pregunto cómo. Cómo hemos llegado a este punto de desconocimiento y desinformación en el que parece que ignoramos nuestro pasado. Cómo damos por olvidado que todo lo que hoy poseemos es gracias a los años de lucha de miles de mujeres que un día decidieron dejar el miedo atrás.
En Estados Unidos no deja de crecer el movimiento Repeal the 19th, una campaña que pide explícitamente en plataformas digitales que las mujeres no puedan votar y que, por lo tanto, desaparezca la decimonovena enmienda de la Constitución estadounidense, la cual protege el derecho al sufragio femenino. Este discurso defiende la premisa de «un hogar, un voto», donde sea el hombre quien tome la decisión, ignorando también a las parejas homosexuales en su totalidad.
Esta corriente no solo está conformada por hombres, sino también por mujeres que respaldan dichas medidas. Helen Andrews, una reconocida escritora y comentarista política conservadora, publicó un artículo titulado La gran feminización, que se ha convertido en una especie de biblia para quienes siguen este pensamiento, ya que sostiene que la presencia femenina en la vida pública podría representar una amenaza para la civilización, por lo que deberían ser excluidas de inmediato de la política.
Hay influencers difundiendo estas proclamas, e incluso personas en el gobierno actual de Estados Unidos apoyando estos planteamientos. A pesar de que no se estima un cambio radical en el voto femenino de la noche a la mañana, el colectivo que forma parte de la iniciativa asegura que la enmienda podría estar derogada en una década. Diez años que no son nada; diez años que pasan volando con la rapidez a la que corre el planeta ahora mismo. En estos instantes no dejo de pensar en Simone de Beauvoir: sé que basta una mínima crisis política, económica o religiosa para poner en cuestión los derechos de las mujeres. Y, sin ir más lejos, esto lo vemos en la otra punta del Mundo.
«El hecho de que hoy tengas derechos no significa que los tendrás mañana»
Las mujeres afganas perdieron oficialmente todas sus libertades con el nuevo decreto que permite el matrimonio infantil. En Afganistán, ellas no pueden estudiar después de los 12 años, no pueden trabajar o mostrar su cuerpo, no pueden salir de casa solas sin la autorización de un hombre, ir a un parque, a un salón de belleza… nada. Y lo más enfermo de todo: les han quitado su propia voz. No pueden hablar en público, ni cantar, ni reír fuerte; no pueden relacionarse, expresarse, ser ellas mismas. No. Nada.
Y por si fuera poco, la ley las ha dejado completamente desamparadas. Cerraron todos los refugios para mujeres y desmantelaron la protección contra la violencia doméstica; si un hombre las golpea da igual, no tienen a dónde pedir ayuda, no tienen a dónde correr. La ONU ya lo documenta, y Human Rights Watch lo reconoce como el ataque más completo contra los derechos de las mujeres en cualquier lugar del planeta.
Actualmente, mujeres de países desarrollados europeos, como es el caso de España, tienen el valor de no considerarse feministas en pleno 2026, ignorando por completo que el feminismo es un movimiento global. Esto no va por naciones. Aquí, no eres silenciada, tienes la oportunidad de opinar libremente. En otra parte del Mundo no tienes derecho, ni siquiera, a asomarte a una ventana. En otra parte del Mundo, una mujer desea ser como tú.
A pesar de todo esto, en la sociedad continúan las violaciones, la violencia machista, el maltrato doméstico, los insultos por la calle y las desigualdades simplemente por el hecho de nacer mujer. Aun así, hay personas que lo niegan. Que niegan la necesidad de seguir luchando. No podemos parar ahora y mucho menos intentar darle la vuelta a lo que realmente es el feminismo: la verdadera igualdad. Podemos conseguir todo lo que nos propongamos, ni un paso atrás. El feminismo no puede, ni ahora ni nunca, morir.










