Dorina Gavrilita es violinista profesional formada en Moldavia, donde se graduó en la especialidad de violín. Su trayectoria la ha llevado a escenarios internacionales como Japón, así como a reinventar su carrera en bodas y eventos, donde adapta la música clásica a nuevos formatos. Su historia está marcada por la disciplina, la sensibilidad artística y una conexión profunda con la música desde la infancia.
¿De dónde nace su conexión con el instrumento? «Mi conexión con el violín empieza prácticamente desde que nací. Mi padre es violinista y crecí escuchando música clásica en casa. Recuerdo que me ponían discos de vinilo siendo muy pequeña. Sin darme cuenta, fui creciendo en un entorno musical que me llevó a conectar con el instrumento de forma natural. No fue una elección consciente al principio, mi padre me puso el violín en las manos y empecé a estudiar. Hubo momentos difíciles, pero con el tiempo y el esfuerzo, los resultados llegaron. Ahora le estoy muy agradecida por haberme dado esa oportunidad».
¿Cuándo tuvo su primer contacto con un violín? «Desde bebé ya tenía contacto con el instrumento, aunque obviamente no lo tocaba. Mi padre siempre lo tenía cerca. Empecé a estudiar de verdad con cinco años, cuando me preparaba para entrar en la escuela profesional de música. Ahí comenzó el trabajo diario».
¿Recuerda su primera actuación ante el público? «Desde pequeña hacíamos audiciones en salas de conciertos como parte de la formación. Pero actuaciones reales, con público que no estaba obligado a escuchar, llegaron a los catorce o quince años, cuando empecé a tocar en orquestas de cámara, en dúos o tríos con piano. También actué en salas filarmónicas y comencé a viajar».
«Japón marcó un antes y un después en mi vida»
En 2008 se trasladó a Japón para actuar junto al pianista Andrei Sirbu. ¿Cómo fue esa experiencia? «Fue una etapa muy especial, marcó un antes y un después. Recuerdo llegar con muchísima curiosidad, todo era nuevo y fascinante. El primer concierto fue muy intenso, sentí unos nervios increíbles, incluso temblaba mientras tocaba. Pero también fue una emoción única. Esa etapa lejos de casa me ayudó a conocerme mejor».
¿Qué papel tuvo Andrei Sirbu en su evolución artística? «Fue una persona muy especial en mi vida. Más que un compañero, fue un amigo y un guía. Aprendí muchísimo de él: la disciplina, la forma de entender la música y, sobre todo, la importancia del público. Me enseñó que no somos el foco, sino las personas que nos escuchan. Su forma de ver la vida y la música sigue presente en mí».
¿Hubo algún momento en el que sintiera que la música era su misión? «Sí, en un concierto infantil que hicimos cerca del hotel en Japón. Ver sus miradas, su entusiasmo… fue algo muy fuerte. Ese momento me hizo entender que la música podía transmitir alegría de una forma muy directa. Fue un punto de inflexión para mí».

«Aprendí a adaptar la música a cada momento»
Ha pasado de salas de concierto a bodas y eventos. ¿Cómo fue ese cambio? «En Japón empecé a experimentar con escenarios diferentes: bodas, eventos empresariales, conciertos en espacios poco habituales. Ahí entendí que la música debía adaptarse al contexto. Pasé de una estructura muy rígida de la música clásica a algo más flexible, con otros estilos y repertorios».
¿Cómo prepara el repertorio para una boda frente a un evento corporativo? «La base es escuchar a la persona. En las bodas, cada pareja tiene su historia y su propia banda sonora. Me gusta reunirme con las dos personas, conocer sus gustos y construir algo personalizado. En eventos corporativos, en cambio, el enfoque es diferente: busco música dinámica, positiva y adecuada al ambiente, sin ser invasiva. El equilibrio es fundamental».
Además de actuar, también da clases. ¿Qué le aporta la enseñanza? «Es muy gratificante. Cada estudiante es diferente, y encontrar la forma de transmitirle la música es un reto. Lo más bonito es ver los resultados, cuando entienden el ritmo, la melodía y disfrutan tocando. Los niños tienen algo especial, esa naturalidad con el arte que es maravillosa».

«El respeto es la base de todo lo que hago»
En su trabajo habla de elegancia y respeto. ¿Cómo se traduce eso en el escenario? «El respeto es fundamental. Significa dar siempre lo mejor de ti, independientemente del público. No hay conciertos pequeños o grandes. La elegancia, para mí, es ser adecuada en cada situación: en la forma de vestir, de tocar, de comunicar. Todo forma parte de la experiencia».
Si pudiera hablar con la Dorina de 2008, ¿qué le diría? «Le diría que no tenga miedo y que disfrute. Estaba muy preparada, pero no sabía todo lo que iba a vivir. Le diría que confíe más y que deje a un lado las preocupaciones para disfrutar del camino».










