En los tiempos que corren, marcados por la inmediatez, la ociosidad y los cambios en los hábitos de vida, la salud infantil se ha visto enfrentada a desafíos que preocupan cada vez más, como es la obesidad, suponiendo una de las mayores enfermedades del siglo XXI. Este no es un problema ajeno y concreto de una determinada región, sino que realmente es un acontecimiento que afecta a la población mundial. Específicamente, en nuestro archipiélago supone una grandiosa inquietud porque, a pesar de estar rodeados de playas, montes y de tener una gran oferta de actividades deportivas, la obesidad infantil en Canarias es de las más altas de España.
El sobrepeso no es algo pasajero ni propio de determinadas edades, sino que supone un gran riesgo para quienes no lo controlan desde que son infantes, pues ya son diversos estudios realizados por la Organización Mundial de la Salud los que aseguran que puede suponer riesgo de enfermedades crónicas en la edad adulta, tales como diabetes tipo 2, hipertensión arterial y enfermedades cardiovasculares.
¿Por qué hace décadas la obesidad no era una enfermedad preocupante? Una tarde, en una conversación con mi abuela, me comentó que «antes se alimentaban muchísimo mejor que ahora y todo lo que comemos hoy en día son cosas modernas que antes no existían». Al igual que mi abuela cuando era niña, toda la población optaba por productos naturales: leche de cabra recién ordeñada, pescado fresco, verdura, papas, etc. Sin embargo, lamentablemente, en la actualidad el exceso de peso en la población infantil ha provenido del progresivo abandono de los patrones alimentarios tradicionales de los que he hablado, en favor de dietas caracterizadas por un elevado consumo de productos ultra procesados, bebidas refrescantes y alimentos de alta densidad energética.
«La educación para la vida saludable debe comenzar en casa con la implicación activa de las familias»
Muchas veces tuve que oír frases y preguntas como: «Tienes que perder peso», «Tu peso es muy elevado para tu edad», «Aún eres joven para ese peso», «¿Crees que ese peso te conviene?» y cientos de comentarios más que venían por parte de familiares, quienes, de alguna manera, intentaban ayudarme, aunque yo lo interpretaba como mensajes negativos y ofensivos hacia mi persona. Pero, realmente, eran consejos de quienes más me quieren y apoyan.
Tras esa situación, entendí que la familia es fundamental para llevar una vida saludable cuando nos cegamos en no querer avanzar y mejorar. La educación para la vida saludable debe comenzar en casa, con la implicación activa de las familias, quienes son responsables de establecer límites claros y ofrecer alternativas de ocio saludable que reemplacen el tiempo frente a pantallas. Estos hábitos no solo contribuyen al control del peso y la prevención de la obesidad infantil, sino que también fortalecen la salud mental, la socialización y la disciplina en los menores.
Asimismo, la relación con el resto de quienes están en la niñez es un factor que puede aumentar el sobrepeso. Por ello, el entorno escolar es clave. La implementación de programas educativos que promuevan hábitos saludables de alimentación y ejercicio, junto con la mejora de los comedores escolares, ha demostrado reducir los índices de sobrepeso entre el alumnado. Las intervenciones escolares permiten también la transmisión de conocimientos nutricionales a las familias, creando un efecto multiplicador que fortalece la prevención desde edades tempranas.
En definitiva, es fundamental educar en una alimentación equilibrada, fomentar la práctica regular de actividad física y garantizar espacios de ocio que reduzcan el tiempo frente a pantallas, de manera que la infancia se desarrolle en un entorno seguro y saludable.










