Crucero en el puerto de La Luz y de Las Palmas. Foto: PULL

Yo tampoco me mudo ni borracho

Opinión

Hace no tantos años, vivir en un barrio o en un pueblo no era una cuestión de poder adquisitivo, sino de pertenencia. Pero hoy la lógica se ha invertido: donde antes había un vecindario, ahora hay quienes visitan; donde había historia, ahora hay escaparates; donde había silencio, en este momento hay ruido de cientos de hoteles. La gentrificación no hace ruido, pero sí conmueve la realidad de quienes se ven en la obligación de marcharse porque sus vidas ya no caben en el lugar que un día llamaron hogar. Asimismo, llegan nuevas inversiones, suben los precios de la vivienda, la cafetería de tu vecino Paco ahora es una cafetería de autor y los barrios están llenos de espacios culturales modernos.

Lamentablemente, el problema de la gentrificación no es la mejora en sí, sino quién puede beneficiarse de ella. Cuando el alquiler se duplica en pocos años, e incluso en la renovación del contrato, las familias trabajadoras no tienen margen de maniobra. Se ven presionadas a abandonar, perdiendo no solo sus casas, sino también su círculo social, su identidad y su historia en ese lugar. Lo que antes era un pueblo vivo, donde las llaves estaban en las puertas e incluso se quedaban abiertas, y donde todos se conocían, acaba convirtiéndose en un espacio diseñado para el consumo, en el que ya nadie se conoce y las culturas ya no son igual que antes.

Este no es un fenómeno que ocurra de forma aislada. Detrás de cada cambio hay decisiones, dinámicas e intereses económicos que priorizan la rentabilidad antes que la identidad. Durante los últimos años, hemos podido ver cómo cada vez hay más letreros de viviendas vacacionales y menos lugares en los que vivir de alquiler. Ahora, las casas ya no son lugares donde criar, crecer o desarrollarse, sino que se han convertido en alojamientos destinados a plataformas como Airbnb, pensados para quienes quieren visitar nuestras islas, sin tener en cuenta el bienestar de la sociedad canaria.

«El lugar que me ha visto crecer se está convirtiendo en un espacio para quienes nos visitan»

Soy de un pueblo muy pequeño, un lugar donde, al menos por ahora, los cambios no se notan con la misma intensidad que en otros sitios. Allí la vida sigue teniendo ese ritmo tranquilo. Nos conocemos y mantenemos esa sensación de hogar que no se puede comprar. Pero aún así, es un sitio donde poco a poco ya se ha empezado a adaptar para la llegada del turismo: una decena de restaurantes, tiendas de souvenirs,  excursiones turísticas, playas llenas y calles abarrotadas a diario. De alguna manera, el lugar que me ha visto crecer se está convirtiendo en un espacio para quienes nos visitan.

Sé que la explotación de mi pueblo es realizada por el vecindario, pero aunque comprenda que todo el beneficio que se genera se queda en casa, soy crítico y consciente de que de un momento para otro, la tierra de mi familia acabará igual que las grandes ciudades, como el Puerto de la Cruz, donde hay cientos de hoteles y espacios destinados al turismo. La falta de oportunidades ha hecho que me tuviera que trasladar hasta Tenerife para poder estudiar, pero en muchas ocasiones me pregunto si en unos años me tendré que ir o si podré vivir en mi pueblo. Surgen cientos de preguntas más que me aterran día a día. No puedo predecir el futuro, pero sí tengo claro que me gustaría vivir aquí.

No tengo ni idea que pasará de aquí a unos años, pero sí tengo claro que no se puede seguir especulando con el precio de la vivienda ni mirando hacia otro lado como si no fuera un problema real e incluso sin tener en cuenta las cintas de personas que se han tenido que marchar de sus viviendas. En definitiva, como comenté, espero poder seguir aquí, nadando en nuestras playas, caminando por nuestros bosques y  paseando por nuestras calles. Es decir, no quiero marcharme de la tierra de mi padre, donde me crió mi madre.

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