No existen sobrenombres de herencia verdaderamente femenina. Foto: Alex Hockett

¡Que viva la madre que te parió!

Opinión

Los apellidos de mujer no son precisamente Armas de mujer. No son nada, porque no existen. Por su origen y transmisión, los apellidos siempre han pertenecido y pertenecerán a los hombres. No cabe una mujer en la ecuación, aunque en su vientre se forme cada minúscula parte de todo ser humano. Tu sobrenombre materno no es más que aquel que tu abuelo dio a tu madre y a su vez, el que otro hombre le dio a él. Nunca ha sido, propiamente, una herencia femenina.

Nuestros apellidos nos señalan con el dedo, intentan prescribir nuestro camino. Plantean la obligatoriedad de ser parte de algo, de asumir como propias las vidas cargadas a la espalda. Un distintivo masculino nos marca como un sello y se antepone al hecho de que existimos por la acción de una madre. Y es que, desde una perspectiva histórica, la capacidad de dar vida nunca ha sido lo suficientemente relevante como para poder ponerle a esta un nombre completo.

«En nuestra propia identidad llevamos escrita una historia que permanece inalterable»

Se cree que los alias que escondemos tras nuestros nombres existen por la mera indicación de una característica, profesión o peculiaridad compartida por los miembros de un mismo clan. La transmisión patrilineal de los apellidos obedece a una hegemonía masculina que se remonta al pasado más lejano. En nuestra propia identidad llevamos escrita una historia que permanece inalterable, a pesar de la conquista femenina de los derechos.

Aunque haya contadas excepciones muy recientes, jamás se ha pretendido reconocer los alias cargados en el lado materno del nombre, aunque sean falsos apellidos de mujer. Escribimos con inclusividad de género, pero no trazamos el sobrenombre de nuestra madre para recortar espacios y ser más reconocibles, aunque con ello neguemos parte de lo que somos. No contemplamos que nuestra identidad también se forma gracias a ellas.

Ni siquiera las recordamos cuando celebramos nuestra trayectoria, como cuando en una ceremonia resuenan los aplausos y nos preparamos para recibir un premio, otorgado a un nombre de un solo apellido. Si la fortuna nos sonríe nos levantamos, y solo entonces puede que alguien se acuerde de quien no se tiene en cuenta. Quizás, alguien entre la multitud grite: «¡Que viva la madre que te parió!».

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