Hay decisiones administrativas que se redactan con tinta, pero se sienten como si estuvieran hechas con silencio. El posible cierre del albergue de Ravelo (Adepac) no es solo una disputa de partidas, subvenciones o competencias institucionales, es, sobre todo, una consulta incómoda: ¿Qué valor le damos a la existencia de quiénes no votan? Que no protestan con pancartas o que no entienden de burocracia. Se habla de retirar una ayuda económica, la frase suena técnica, casi inofensiva. Pero cuando esa decisión deja en el aire a trescientos canes, ya no estamos ante un ajuste, sino ante un abandono. Renuncia al deber público, a la empatía colectiva y, en última instancia, a la idea de que una sociedad se mide por cómo trata a quiénes dependen completamente de ella.
Trescientos perros no son un recorte. Y no lo son porque no hablamos de mobiliario urbano que se deteriora, ni de un servicio que se puede pausar. Debatimos sobre seres vivos que necesitan cuidados diarios, atención veterinaria, alimentación, limpieza… y algo tan básico como no quedarse abandonados otra vez.
Resulta paradójico que en una época donde el bienestar animal ocupa cada vez más espacio en el discurso público, las soluciones sigan siendo tan frágiles a causa de números. Se llenan discursos con palabras como protección, compromiso o derechos, pero basta con que desaparezca una subvención para que todo ese vocabulario se convierta en papel mojado.
«Basta con que desaparezca una subvención para que el discurso público se convierta en papel mojado»
La manifestación convocada frente al Cabildo el 27 de febrero no fue solo una protesta, fue un recordatorio. Dio a entender que la gestión ciudadana no se tiene que limitar a equilibrar balances si el coste es dejar vidas pendientes de una resolución que se toma en un despacho. Si una institución se desentiende, cualquiera tiene que asumir ese vacío. Y muchas veces, ese alguien se vincula a un voluntariado que ya está desbordado.
Quizás el problema es que seguimos viendo a los albergues como un gasto y no como lo que realmente son: una inversión en convivencia, en tratado social y en humanidad. Rescatar un centro que protege a los animales no es solo salvar a esos trescientos perros, es evitar futuros abandonos, reducir problemas sanitarios y demostrar que el acuerdo no termina con las dificultades económicas.
Al final, la cuestión no es si hay 500 000 euros disponibles. La pregunta es si aceptamos que trescientos o más seres puedan depender de una línea que desaparece en un presupuesto.
Responsabilidad sí, pero también memoria. Lo que hacemos hoy dirá mucho de quienes decidimos ser mañana.










