Escribir este artículo va más allá de la mera visualización de una idea. Podríamos asegurar que viene de la pura reflexión cotidiana sobre la ética que tanto nos preocupa acatar y a la que tan poco tiempo le dedicamos. El proceso de escritura, sencillo; el de reflexión, años de dudas morales. Y verdaderamente creo que pienso en nombre de un sector de la sociedad cuando me pregunto: ¿debemos separar arte y artista? ¿Hasta qué punto podemos justificar esa separación? ¿Soy mala gente por consumir un arte desmoralizado?
En algún momento de nuestra existencia nos hemos planteado si deberíamos seguir valorando el arte que tanto nos gusta, pero que ha sido desplazado totalmente de la esfera pública y criticado socialmente por quién se encontraba detrás. Nombres como Kanye West (por sus declaraciones antisemitas), Pablo Neruda (cuestionado por sus confesiones de abuso y abandono), Pablo Picasso (criticado por su comportamiento cruel y misógino hacia las mujeres en su vida), y un largo etcétera, donde podría entrar, recientemente y de una manera más leve que los casos anteriores, Timothée Chalamet y sus declaraciones sobre el ballet y el teatro como «géneros muertos» en una conversación con Matthew McConaughey para la CNN.
Son varias las posturas respecto a este eje temático: por un lado, el análisis desde el autonomismo estético, es decir, la desvinculación total entre arte y artista, donde autores como Kant defienden la elaboración y consumo del arte por el arte. Por otro, desde el moralismo o intencionalismo, donde la posibilidad de separación es nula debido a la repercusión moral que cae sobre la sociedad. De manera intermedia podríamos no mojarnos en nada (de forma reflexiva, pues físicamente el rosco de las borrascas está a punto de completarse), con el contextualismo: la valoración del arte según el momento en el que lo consumamos.
«La libertad de pensamiento es la mayor garantía que se le puede asegurar a la ciudadanía»
Afianzándonos a una postura intermedia y con interés objetivo, dependiendo del caso podríamos elaborar una desvinculación, pongamos el ejemplo de Kanye West. El rapero realizó durante años declaraciones antisemitas en redes sociales y en algunos de sus temas. Durante años fue apartado de la esfera artística y pública, con millones de oyentes mensuales por ser el rapero más influyente de esta generación, pero con millones de seguidores que abandonaron al cantante. Recientemente ha confirmado que padece bipolaridad y ha pedido disculpas públicas por sus comentarios, pero el mensaje quedó calado en una gran parte de la sociedad. ¿Eras un antisemita por escucharlo? ¿O hacías lo correcto al apartarlo?
El punto de esta reflexión no tiene una finalidad conductista. La libertad individual es una de las grandes riquezas que nos ha aportado la democracia española. La libertad de pensamiento es la mayor garantía que se le puede asegurar a la ciudadanía. La pregunta no debe ser si somos malas personas por consumir un arte desvinculado de quien lo hace, la pregunta no debe plantearse como un juicio pertinente a la población que separa. La pregunta debe plantearse dentro de nuestras mentes: ¿hasta qué punto quiero sacrificar mi moral?










