Atrapados entre redes

Opinión

La Real Academia de la Lengua Española define la red social como “una plataforma digital de comunicación global que pone en contacto a gran número de usuarios”. Por lo que engloba a personas muy diferentes, con distintas ideologías y culturas. Sin embargo, todas comparten una misma acción: la de estar inmersos en este mundo de apariencia, colgando fotografías retocadas y que reflejan solo lo mejor de nosotros. No obstante, la sociedad comienza a crear cuentas donde sube contenido no favorable, sin importar la opinión de los demás.

Las redes sociales se han llegado a convertir en hobbies del que muchas personas han sacado beneficio. Aquí entran en juego las influencers, que han conquistado la esfera pública, a través de la moda y de su estilo de vida combinado con su naturalidad y sencillez. Aida Domenech, más comúnmente conocida como Dulceida, Paula Gonu o Laura Escanes son algunas de las jóvenes que ya cuentan con más de un millón de seguidores en su cuenta de Instagram y que son muy potentes en otras plataformas como Facebook o Twitter.

El nacimiento de estas figuras públicas ha venido acompañado de polémicas debido a que influyen en la actitud de vida de los jóvenes, que tienden a imitar su forma de vestir y a copiar la personalidad, pero, ¿acaso no hemos tenido alguna vez un referente a lo largo de nuestra vida?

Un adolescente puede tener cinco o seis perfiles sociales diferentes


Según las estadísticas, el 75 % de los adolescentes atienden más a sus referentes que a las marcas en sí, por lo que las ventas se disparan gracias a estos personajes públicos. Además, tiende a unir a los individuos que comparten gustos y aficiones, y pasan a formar parte de un grupo en el que se sienten cómodos. ¿Aún siguen pensando que son una mala influencia?

Quizás el problema puede estar en cómo se educa a los niños en el manejo de las nuevas tecnologías, pues desde pequeños se les da un móvil o aparato electrónico que utilizan para algo más que ver dibujos animados. Poco a poco, comienzan a desarrollar su vida a través de una pantalla que ya simula hasta sus sentimientos y terminan por dedicar gran parte del día a las redes, pero, ¿dónde están los límites y quién debe ponerlos?

Un adolescente puede llegar a tener cinco o seis perfiles sociales diferentes y disponer de todas las aplicaciones que están de moda para no quedarse atrás, sin ser consciente de que la tecnología avanza mucho más rápido que la sociedad y esta no termina de adaptarse por completo a los cambios. Me pregunto, ¿cuál es la solución? Quizás todo acabe girando siempre en torno a la educación. ¿No creen?

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