Acordes de paz en la Casa de Colón. Foto: E. Herrera

Una plaza reunida por la convivencia

Sociedad

La plaza del Pilar Nuevo, en la Casa de Colón, comenzaba a llenarse más allá de las sillas dispuestas mientras el murmullo de la audiencia se extendía por el espacio abierto. La Consejería de Cultura del Cabildo de Gran Canaria convocó a la ciudadanía el 16 de mayo a un acto abierto para celebrar Mayo Museos 2026 bajo el lema “Museos uniendo un mundo dividido” , en una cita que combinaba lectura y música con un mismo objetivo: pensar la paz desde lo colectivo.

El espacio al aire libre, lejos de dispersarse, se mantenía entre las conversaciones bajas y las miradas atentas. A las 19.00 horas, la consejera de Cultura del Cabildo de Gran Canaria, Guacimara Medina Pérez, tomó la palabra para abrir el acto, recordando que esa noche querían destacar la paz. La frase, breve y directa, marcaba el tono de lo que estaba por venir.

El protagonismo pasaba entonces a la lectura pública del texto del Cabildo de Gran Canaria por la unidad de un mundo dividido. Alicia Bolaños Naranjo, jefa del Servicio de Museos, y Franck González, director de la Casa-Museo Antonio Padrón, leyeron el texto compartido junto a responsables de distintos centros de la institución. Las palabras avanzaban de forma sencilla, sostenidas por el silencio de la audiencia.

Lectura del manifiesto por la paz. Foto: E. Herrera

La transición no rompía el ambiente, sino que lo mantenía. La directora de la Casa de Colón, Carmen Gloria Rodríguez Santana, presentó el concierto Acordes de Paz recordando que “las utopías están para soñarlas y no desalentarnos”, dejando suspendida una idea de que existe continuidad en la música.

El inicio era simple, timple y guitarra. Abraham Ramos y Kevin González comenzaron a tocar Imagine , de John Lennon, aunque el espacio era abierto, el público se encontraba expectante, atento a cada nota. Tras los aplausos, la escena se ampliaba con la voz de Mari Carmen Segura y la flauta travesera de Paulina Niemczycka . La música empezaba a expandirse y, con ella, la asistencia. Personas de los alrededores se acercaban, atraídas por el sonido, mientras dos pantallas al fondo proyectaban imágenes de los centros, añadiendo una capa visual al recorrido.

El repertorio continuaba con temas que no solo se sucedían, sino que estaban en línea con el sentido del acto. Después de El fin y el medio , la cantante agradecía la presencia antes de dar paso a Solo le pido a Dios. Con Revolución , de Amaral, dejaba caer una frase que invitaba a reflexionar: “muchas veces estamos silenciados por no molestar”. Después, Hallelujah dio paso a No dudaría , donde el público era invitado a sumarse, haciendo desaparecer la distancia entre escenario y asistentes. En Derecho de nacimiento , un solo de flauta abría el tema con precisión y dulzura, manteniendo por sí mismo la atención antes de que el resto de los instrumentos se incorporen.

El ambiente se volvió más cercano, más compartido. La cantante preguntaba a la audiencia si estaba cómoda antes de anunciar Todos somos pueblo como cierre. Sin embargo, el final se resistía a ser definitivo. Tras el agradecimiento de Abraham Ramos, que destacó la reciente consolidación del grupo, el público pidió otra más.

Cierre de la actuación musical. Foto: E. Herrera

La canción de la alegría surgió entonces como último gesto, coincidiendo con la caída del sol. En ese instante, una bandada de cotorras cruzaba el cielo, sumándose de forma inesperada a una escena que ya no pertenecía solo al escenario.

El acto concluyó con la intervención de Carmen Gloria Rodríguez Santana, quien agradeció la asistencia y pidió a firmar el manifiesto, prolongando fuera del escenario aquello que se había construido dentro. La plaza comenzaba a vaciarse lentamente, pero el eco permanecía. Entre las melodías y las palabras, la paz no había aparecido como una idea lejana, sino como algo frágil, compartido y, sobre todo, en construcción.

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