Cambiar de dirección no implica fracasar, sino adaptarse. Foto: PULL

La presión de decidir demasiado pronto

Opinión

A los dieciséis años llega una de las primeras decisiones que, sin previo aviso, empieza a pesar más de lo que debería. Elegir entre ciencias, letras o artes  ya condiciona tu futuro. Luego, a los dieciocho, el siguiente paso es escoger una carrera universitaria  casi sin replantearte si es lo que verdaderamente quieres hacer y sin tener claro a qué quieres dedicarte. Además, no ir a la universidad está, en muchos casos, mal visto, llegando a recibir comentarios despectivos como «no sirves ni para estudiar».

Este modelo, asumido durante años como algo normal, plantea una exigencia silenciosa pero constante: tener claro el futuro demasiado pronto. La pregunta ¿qué quieres hacer con tu vida? deja de ser una simple curiosidad para convertirse en una especie de prueba, una expectativa que rara vez se ajusta al momento vital en el que se formula. Porque, en realidad, no es tanto una cuestión de falta de interés o de ambición, sino de tiempo para explorar, equivocarse y cambiar.

En el entorno universitario esta presión no desaparece, se transforma. Conviven quienes llegan con una vocación definida con quienes han elegido por descarte o por inercia, pero en ambos casos aparece una sensación compartida, la de tener que avanzar sin detenerse demasiado.

«Las redes sociales han contribuido a construir un escaparate en el que los logros se visibilizan y las dudas se silencian»

Las decisiones académicas, las prácticas, las primeras experiencias laborales o, incluso, la especialización, se perciben como pasos que deben encajar en una línea continua, sin interrupciones. En ese contexto, detenerse o replantearse el camino se interpreta con frecuencia como un retroceso.

A esto se suma un factor cada vez más presente: la comparación constante. Las redes sociales han contribuido a construir un escaparate en el que los logros se visibilizan y las dudas se silencian, generando una percepción distorsionada del progreso. Ver a otras personas avanzar o al menos, aparentarlo, intensifica la sensación de ir tarde, aunque cada trayectoria responda a ritmos y circunstancias diferentes. La consecuencia es una presión añadida que no siempre se reconoce, pero que influye en la toma de decisiones.

Sin embargo, cada vez son más quienes cuestionan esta lógica. Frente a la idea de un camino único y lineal, comienza a abrirse paso una visión más flexible, en la que cambiar de dirección no implica fracasar, sino adaptarse. Se empieza a normalizar que no todas las decisiones son definitivas y que el desarrollo personal y profesional no responde a un esquema fijo. Esta mirada, aunque todavía minoritaria, plantea una alternativa necesaria a un modelo que, en muchos casos, genera más incertidumbre que seguridad.

El problema, por tanto, no reside únicamente en tener que elegir, sino en cómo se plantea esa elección. Exigir claridad absoluta en etapas marcadas por el descubrimiento personal resulta, en cierto modo, contradictorio. A los dieciocho años, muchas personas aún están construyendo su identidad, definiendo intereses y cuestionando expectativas, lo que dificulta asumir decisiones que se presentan como permanentes.

Plantear el futuro como una única elección cerrada no sólo limita, sino que también condiciona la manera en la que se vive el presente. La presión por acertar puede llegar a eclipsar el proceso de aprendizaje, convirtiendo una etapa de exploración en una carrera por no equivocarse. Y, sin embargo, es precisamente en el error, en el cambio y en la duda donde se construyen trayectorias más reales y sostenibles.

En este contexto, abrir el debate resulta fundamental. No tanto sobre qué estudiar o qué salidas profesionales ofrece cada opción, sino sobre las expectativas que rodean esas decisiones. Cuestionar la necesidad de definir el futuro de forma temprana implica reconocer que los caminos no siempre son rectos y que el tiempo de cada persona no responde a un patrón único.
Porque, al final, no tener todas las respuestas no significa estar perdido, sino estar en proceso. Y quizás el verdadero cambio pase por asumir que el futuro no se decide de una vez, sino que se construye, poco a poco, a lo largo del camino.

 

Lo último sobre Opinión

Correr y conectar

El 'running' en grupo gana presencia en Tenerife con quedadas organizadas, recorridos
Ir a Top