Cada vez es más común ver a menores de edad entrar a tiendas de cosmética con una lista de productos que muchas personas adultas ni si quiera saben pronunciar. No buscan un bálsamo de labios ni una crema hidratante normal: quieren sérums, ácidos y rutinas de diez pasos. Como si su piel necesitara una rutina profesional. Lo que antes era un juego con maquillaje de juguete se ha convertido ahora en una rutina casi experta. Y ahí es donde empieza el problema, la obsesión de necesitar probar cualquier producto de alta cosmética porque lo han visto en redes sociales, sin tener idea de los daños que puede causar en una piel tan joven.
Como maquillador profesional, y tras haber trabajado en tiendas de cosmética incluida Sephora, he visto este cambio de primera mano. Recuerdo perfectamente a una niña de no más de doce años que se acercó a mí preguntándome por retinol. No sabía en concreto qué hacía, pero lo había visto en un vídeo de Tik Tok que me enseñó de referencia y me dijo que lo necesitaba. Su piel, sana y sin manchas, no requería nada mas que una limpieza básica. Aún así insistía. No era una elección informada, era tendencia.
La industria de la belleza siempre ha sabido vender aspiraciones y deseos, creando la idea de que ciertos productos o rutinas pueden transformar no solo la apariencia, sino también la identidad y la confianza de las personas. Sin embargo, hoy esas aspiraciones están llegando demasiado pronto, incluso a menores que aún no tienen la madurez para comprenderlas. Las redes sociales han convertido el autocuidado en un espectáculo constante, donde se muestra con lujo de detalles cada paso de rutinas interminables, y donde parece que cuanto más compleja o extensa es la rutina, más válida y necesaria se percibe. Esta presión por imitar tendencias puede hacer que el cuidado personal pierda su sentido original y se transforme en una carrera por cumplir estándares impuestos desde el exterior, más que en un hábito saludable y consciente.
«Se imitan rutinas de belleza de influencers exponiéndose a riesgos innecesarios»
No se trata de demonizar el interés por la estética ni de prohibir. Cuidar la piel y experimentar con hábitos saludables puede ser positivo. Sin embargo, existe una diferencia clara entre jugar, aprender y desarrollar una rutina con criterio y obsesionarse con productos y tendencias que no comprenden del todo. Cuando la preocupación reside en supuestas imperfecciones que ni siquiera existen, lo que vemos deja de ser cuidado y se convierte en una presión externa que puede afectar a la propia percepción. Este fenómeno muestra cómo el deseo de imitar estándares de belleza puede superar la necesidad real de proteger y mantener la salud de la piel.
La influencia de las redes sociales, los vídeos virales y la cultura de la apariencia hace que estas rutinas se perciban como obligatorias, más que como opciones de cuidado real. Por eso, el foco debería desplazarse del lineal de la tienda a la educación y la orientación, enseñando a menores a distinguir entre lo que es tendencia y lo que constituye un cuidado genuino, con hábitos sencillos, seguros y conscientes que respeten su desarrollo y bienestar.
