Fotograma de la película 'La vida de Adèle'. Foto: PULL

Señores de Vox, les saludan los hijos de la auténtica doctrina

Opinión

Viernes, siete de la tarde. Me reúno con una amiga a tomar un café e intentar dejar a un lado la tediosa rutina que nos ha tenido ensimismados desde el lunes. La conversación va pasando por fases, desde la más pura banalidad hasta los temas más serios que nuestras cabezas son capaces de gestionar. A estas alturas, ya sabemos que pensamos totalmente diferente y muchas veces evitamos discutir. Hoy no estoy demasiado cansado y me decido: “¿Por qué vas a votar a Vox?”.

Lo que yo pensé que generaría un silencio, se convierte en el principio de una enumeración de argumentos que, aunque yo considere disparatados, escucho atento, como quien intenta descifrar un enigma. De repente, un golpe directo a la sien. “No quiero que adoctrinen a nuestros hijos, diciéndoles que pueden ser niños o niñas o gustarles una cosa u otra y que todo vale”. Mi mundo, de repente, se viene abajo. Me deja sin argumentos. No por no tenerlos, sino por lo que me desconcierta que suelte una frase así en medio de una conversación con una persona homosexual. No voy a negar mis ganas de llorar en ese momento. Aún no sé si por rabia, incredulidad o impotencia.

Sigue exponiendo sus pros y contras y comenzamos a hablar de la lucha feminista. “Yo si que estoy de acuerdo con que se den charlas concienciando a los niños sobre la igualdad entre el hombre y la mujer”, afirma. En este momento del debate ya me había noqueado. A pesar de sorprenderme esa especie de doble rasero, no era capaz de decir una frase ordenada e inteligible.

Ya han pasado unas semanas y una gran cantidad de reflexiones han hecho mella en mí. ¿De dónde viene mi orientación sexual? ¿He sido adoctrinado? Aún recuerdo a una profesora de Primaria que, ante mi llanto, me puso en el foco de toda una clase. Si me llamaban maricón era porque yo no jugaba con los niños al fútbol, decía. Analizando mi infancia me he dado cuenta de que se me ha inculcado una doctrina a lo largo de toda mi vida, pero en sentido contrario.

Dentro del armario, encerrados por la norma


Desde comentarios sobre la pluma, hasta que cuestionen mi falta de deseo sexual por una chica. Nunca vi a dos hombres ni a dos mujeres besarse en alguna serie de dibujos. La televisión y el cine hacían de los gais unos personajes caricaturescos que siempre tendían al ridículo. Incluso alguna vez recibí alguna reprimenda por mi forma de comportarme: “Van a pensar que eres mariquita”. Aún recuerdo cuando, a los ocho años, mi hermano me explicó qué era una mujer lesbiana. Durante el tiempo que había vivido antes ni siquiera podía imaginarme que dos chicas podían ser pareja. Ser homosexual no era algo normal y yo lo creía. Con esta idea llegó lo que llaman el despertar sexual y con él, mis creencias se derrumbaron. Era uno de esos bichos raros.

Normalizar que dos personas se puedan amar, sean del sexo que sean, no es adoctrinar. Darle valor a los sentimientos de dos personas no es ir en contra de la naturaleza, ni por supuesto un insulto a ninguna religión. Somos hombres y mujeres y nos queremos, sea cual sea la forma en la que nos combinemos. No buscamos un mundo homosexual, pero tampoco vamos a aceptar de buena gana uno completamente heterosexual. Queremos que un chaval de 12, 15 o 18 años pueda sentirse cómodo con su sexualidad, que no necesite pasar un proceso que, a muchos, les cuesta su estabilidad mental, su familia o el techo bajo el que dormir. Eso es proteger a los niños. Eso es desadoctrinar. Y por muy complicado que parezca, no me cansaré de repetírselo a mi amiga, la del café, a Rocío Monasterio o a cualquiera que intente hacerme sentir dudas sobre quién soy.

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