Cuando hablo de emigrar, me mata la nostalgia. Cuando llueve no puedo evitar recordar la lluvia de Rubio o de Barinas, en Venezuela. Recuerdo a mi papá, quien salía afuera y se ubicaba donde caía el agua por las canaletas del techo, para bañarse por diversión. Yo me unía a la dinámica porque normalmente me decían que iba a coger gripe si jugaba bajo la lluvia. Entonces, no podía desaprovechar la oportunidad. Siempre me gustó estar bajo la lluvia, especialmente cuando jugaba al fútbol.
Hablando con un chico que conocí jugando al fútbol me preguntó por qué me gustaba Galicia si siempre estaba lloviendo. No supe explicarle que era precisamente por eso. Porque no es solo es la lluvia, el paisaje verde de Galicia también me recuerda a Venezuela.
Por ejemplo, cuando vivía en Lanzarote era diferente. La playa, el verano eterno, la tranquilidad y muchos elementos más que no me recuerdan a Venezuela. Ahora, en Tenerife, me encuentro con más situaciones que me despiertan esa vena emocional, todo lo asocio, todo me hace tener un recuerdo, una memoria, un flashback.
El 17 de marzo de este año Venezuela ganó el Clásico Mundial de beisbol, sería algo proporcional a lo que sintieron los españoles cuando España ganó el Mundial de fútbol en 2010. Nunca fui fan del béisbol, pero mi abuelo sí, y yo soy fan de él. Con mi abuelo vi todos los deportes que se televisaban: fútbol, béisbol, tenis, fórmula 1, lucha libre, boxeo. A mi no me apasionaban, pero me gustaba pasar tiempo con mi abuelo, así fuera estar sentados viendo una pantalla. Siempre fue muy expresivo, él comentaba lo «arrechos» que eran todos, parecía fácil de impresionar.
Esos días de campeonato me hicieron conectar de nuevo con el béisbol, y no por el deporte, sino porque no paraba de pensar en cómo lo estaría viviendo mi abuelo. Me fastidia tener que imaginarlo. Me hubiese gustado estar con él celebrándolo. Probablemente sea una de los días más felices de su vida de los últimos años. A veces no entiendo cómo un deporte puede generar tanto, pero bastante hemos sufrido para que nos quiten estas pequeñas alegrías, así que elijo seguir sin entenderlo.
«Lo jodido de emigrar: la constante reconstrucción de escenarios»
Así como ver béisbol, muchas cosas me hacen desear estar en Venezuela. Es lo jodido de emigrar: la constante reconstrucción de escenarios que pasaron y que se repiten pero en diferentes lugares, pero no con la misma gente, y en otras ocasiones: totalmente solo.
Es difícil de entender. Migrar no tiene nada que ver con mudarse o irse lejos de casa dentro del mismo territorio. Es una sensación inexplicable, la constante llamada de la tierra que me vio nacer. Se siente como un reclamo, una demanda. No es que no quiera estar aquí, pero es que sí quiero estar allá.
El único aliciente a esta melancolía fue ir a Venezuela en febrero del año pasado. Ahora mismo llevo un año y cuatro meses sin estar en casa. Duele en el alma que no tengo una cuenta atrás para volver, sino un conteo ascendente de días sin estar allá.
Sigue lloviendo, pero ahora con más fuerza. No sé cuándo va a parar ni cuándo voy a dejar de sentir esta nostalgia irremediable.
